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Full text of "Ensayos. v1. El sermón de la paz"

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ENSAYOS 

Tomo I 
EL SERMON DE LA PAZ 



Ministerio de Educación y Cultura 



BIBLIOTECA ARTIGAS 
Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 
Dr. Daniel Darracq 

Ministro de Educación y Cultura 
Juan E. Pivel Devoto 

Director del Museo Histórico Nacional 

Arturo Sergio Visca 
Director de la Biblioteca Nacional 

Abelardo García Víera 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 
Vol 154 
Juan Zobrilla de San Martín 

ENSAYOS 
TOMO I 

EL SERMON DE LA PAZ 



Cuidado del texto a cargo de las Profe^ras Elisa Silva Cazet y 
María Angélíca Lissardy de Monsekrat. 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



ENSAYOS 



Sdección y Prólogo de 
ARTURO SERGIO VISCA 



TOMO I 
EL SERMON DE LA PAZ 



MONTEVIDEO 

1978 



PROLOGO 



Semblanxa 

La imagen popular 

Cuando el 19 de mayo de 1879 el entonces joven 
poeta Juan Zorrilla de San Martín, que tenia 23 años 
de edad, recitó, en Piedra Alta (Florida), su poema 
La leyenda patria, logró, y el suceso es único en la 
historia del país> enfervorizar hasta el delirio a una 
multitud que sintió, según ha escrito Gustavo Gallinal, 
que en esos estrofas ^rompía a hablar el aJma colec' 
tivi^** La resonancia multitudinaria obtenida por la 
recitación del poema no fue, meramente, un éxito lite- 
rario fulminante: fue, en verdad, como lo subrayaba 
el mismo poeta cuando rememoraba el suceso, un he* 
cho histórico. Y lo fue porque el contenido y el tono 
del poema, trasmitidos con magnética fuerza a través 
de la recitación de su propio autor, eran los apropia- 
dos para conmover lo más hondo de una conciencia 
colectiva que requerie ávidamente, por imperativo de 
las propias circunstancias históricas, afianzar su sen- 
timiento de nacionalidad. La leyenda patria^ tal como 
lo ha señalado Raúl Montero Bustamante, tuvo la vir- 
tud de aglutinar las conciencias individuales en con- 
ciencia colectiva, proporcionándole savia nutricia con- 
que alimentar su sentimiento de nacionalidad. El poe- 
ma se convirtió desde el momento de su recitación, 
según expresó Francisco Baiizá, en **la profesión de 



vn 



PROLOGO 



fe patriótica de l(i generación actual"^ y, confirman i:l o 
este juicio, casi 30 años después, en carta del 26 de 
marzo de 1906, el propio poeta le expresó a Miguel 
de Unamuno que La llanda putria^ a pesar de '^ser 
tan desaliñada y balbuciente^ vive entre nosotros la 
vida populnr\ Así era, en efecto, y el autor del poeina 
fue visto y sentido, con justicia, como el poeta de hi 
patria por antonomasia. 

Esta íniaíi:en se consolidó, años más adelante, cuando 
aparece Tabaré (1888), donde plasmó, a la vez, y con 
esplendidez que injustamente le negarían generaciones 
posteriores, una intensa visión épico-lírica de la natu- 
raleza uruguaya y una certera intuición, transreal por 
poética, y por poética, veraz, de la raza charrúa, ega 
^*estirpe indómita^^ que duerme "el sueño de la tierra'\ 
pero que es también un ingrediente de la conciencia 
nacional. Con este poema, Juan Zorrilla de San Mar- 
tín cierra, a los 33 años de edad, la primera etapa de 
su labor creadora: la del poeta en verso. Tras la pu- 
blicación de Tabaré^ abandona el verso y se vale de 
la prosa como instrumento expresivo (aunque el poeta 
subsiste y se revela, con nítida presencia, en sus pá- 
ginas en prosa). Al morir, 43 años después de publi- 
cado Tabaré, sus admirables páginas de prosista su- 
man varios millares. Sin embargo, la imagen que per- 
dura en la conciencia popular es la del Juan Zorrilla 
de San Martín de la primera etapa. Tabaré, afortuna- 
damente, como don Quijote o Hamlet, es conocido 
hasta por quienes no han leído el poema. Pertenece a 
esa estirpe de creaciones que tienen vida fuera del texto 
y se incorporan a la conciencia colectiva. La leyenda 
patria, aunque sin la arrolladora popularidad de otras 
épocas, continúa viviendo, también afortunadamente, 
y según la escpresión del propio poeta, la vida popular. 



vm 



PRO I.O G o 



Esta imagen popular de Juan Zorrilla de San Martín 
no es inexacta, pero es, eso sí, incompleta. Tan impor- 
tante como el poeta es el prosista que la imagen popu- 
lar no recoge. Su prosa, lo que es peor todavía» no es 
bien leída y, por lo mismo, debidamente valorada, 
ni siquiera por la mayoría de las clases cultas del país. 

Para compktar la imagen 

Guando se lee atentamente el Tabaré^ es fácil perci- 
bir que hay en él, no obstante su sólida unidad sus- 
tancial, una rica diversidad de matices^ El poema, 

como es sabido, reúne lo lírico con lo épico, fusión 
que ya de por sí indica que en el poema hay una dua- 
lidad de tonos. Esa dualidad, además, se diversifica en 
multiplicidad, porque lo lírico se escinde en varios 
tonos y lo mismo ocurre con lo épico. No es necesario 
aquí extenderse sobre este punto, ya que la única fi- 
nalidad de las anteriores afirmaciones es hacer notar 
que esa complejidad del poema es un trazo que tam- 
bién caracteriza la creación en prosa del autor de La 
leyenda patria. Su prosa, en efecto, como su Tabaré, 
no obstante su sustancial unidad de espíritu, muestra 
una notable variedad de inflexiones. Ellas componen 
una gama que comprende lo lírico y lo épico, deno- 
tando que el pasaje del verso a la prosa no quiebra 
la unidad de la creación del autor; lo oratorio y lo 
periodístico, dos modos de comunicación, como en 
La leyenda patria, con auditorios multitudinarios; lo 
meditativo, como expresión de un sentir y pensar muy 
íntimos, y lo ideológico, como razonada objetivación 
de sus convicciones acerca de la realidad del pasado 
o del presente. Como ocurre con lo lírico y lo épico 
de Tabaré, estos diversos modos expresivos presentan 
también una rica escala de matices. 



IX 



PROLOGO 



Esta inicial visión genérica de la labor en prosa de 
Juan Zorrilla de San Martín, hace bien notoria la im- 
portancia de la misma. Si además se toma en cuenta 
otro rasgo de esa creación prosística, esa importancia 
se hará aún más evidente. Ese rasgo podría destacarse 
así: toda su ct-eacion en prosa nace de un doble nú* 
cleo emocional generativo (su sentimiento religioso 
cristiano y su fervor patriótico) pero se explaya a Ira- 
vés de una amplísima escala de temas e ideas (cuya 
enumeración no es posible realizar sin riesgo de sim> 
plificarla traicionando su riqueza). Base y cúspide, al 
mismo tiempo, de la creación prosística del poeta de 
Tabaré es su monumental La epopeya de Artigas 
(1910), cuya segunda edición, ampliada y corregida, 
abarca casi 1.500 densas páginas. Si su obra en prosa 
se limitara tan sólo a La epopeya de ArtigaSt ya, sin 
más, sería Juan Zorrilla de San Martín una cima de 
la prosa hispanoamericana. La estructura de la obra es 
una concepción monumental» Como exactamente ob- 
serva el Prof. Juan E. Pivel Devoto, la obra está plás- 
ticamente construida como una pirámide coronada por 
la figura del héroe: **Hay, en primer lugar ^ un suelo 
patrio^ un escenario natural; después un protagonista 
individual; biego^ un pueblo entero^ y, por encima^ 
Art^as, ¡efe y conductor De La epopeya de 

Artigas, imponente como conjunto, pueden, además, 
desprenderse pasajes que se constituyen como peque- 
ñas obras maestras: los retratos de personajes históri- 
cos, la descripción del Exodo^ los paisajes, la muerte 
del héroe. , . Obra maestra como creación histórica y 
de pensamiento, lo es también por la esplendidez de la 
creación estético-verbal. La epopeya de Artigas con- 
grega en sí todas las inflexiones señaladas como ex- 
presiones de la prosa del autor. Como juicio global, es 



X 



PROLOGO 



válido el de Domingo Luis Boidoli que luego de afir- 
mar que La epopeya de Articas es "i*na epopeya mo- 
derna'\ agrega: , .su modernidad radica en que Zo* 
rriUa no simidó una sabia e intemporal inocencia ko* 
marica para evocar sus héroes^ sino que se sirvió de 
todos sus conocimientos históricos^ sociológicos^ filo- 
sóficoSf jurídicos, etc. Esos conocimientos le dieron los 
materiales dispersos que la poesía debía estructurar 
para formar organismos vivos^\ 

Conviene señalar, tras estas palabras que valoran 
con exactitud La epopeya de Artigas^ que la misma se 
sitúa, temporalmente, casi exactamente en el centro de 
la segunda etapa creadora del autor; 22 años transcu* 
rren entre la publicación de Tabaré, que cierra la pri- 
mera etapa, y la primera edición de La epopeya de 
Artigas, y 21 entre esa edición y la muerte del poeta 
en el año Las dos alas temporales que se abren 

a ambos lados acogen, cada una, otras tres obras en 
prosa: Resonancias del ceanino (1896), Huerto cerra" 
do (1900) y Conferencias y discursos (1905) la prece- 
den y la siguen Detalles de la historia rioplatense 
(1917), El sermón de la paz (1924) y El libro de 
Ruth (1928)» A estos libros debe sumarse un conjunlo 
de ensayos, destinados, sin duda, a formar un nuevo 
libro y que fueron recogidos en la edición de Obras 
completas (1930), El conjunto de estos libros y en- 
sayos configuran un mundo de sentimientos, ideas y 
creación estético-verbal de tan alta jerarquía como el 
constituido por La epopeya de Artigas. Una sustantiva 
unidad de espíritu vincula estas obras con la última ci- 
tada, pero, además, la amplían, por su diversidad te* 
mática y de modos creadores, extraordinaiiamente va* 
riados» 



XI 



PROLOGO 



La imagen total 

Afirmar, como ya se ha hecho, que, excepción hecha 
de algunos especialistas, especialmenle en historia, la 
creación en prosa de Juan Zorrilla de San Martín es 
práeticemente desconocida por la mayoría de quienes 
constituyen los sectores cultos del país^ no es una au- 
dacia. Una encuesta, realizada personalmente, entre 
profesores, estudiantes y lectores cultos, me ha permi- 
tido comprobarlo. No se ignora, desde luego, que el 
poeta de Tabaré es también el prosista de La epopeya 
de Artígoí y do otros libros de ensayos. Pero ninguno, 
entre los interrogados, y no son pocos, ha leído seria* 
mente esas obras. Y, por consiguiente, se desconoce 
su real dimensión creadora* La situación es cultural* 
mente dramática; la obra de uno de los mayores en- 
sayistas hispanoamericanos, uruguayo, no se ha inser- 
tado, como debe, en la vida de su propio país» Es fá- 
cil, mediante una rápida especulación imaginativo, 
hacer ver lo absurdo de esta situación : 

— Si el autor de Tabaré sólo hubiera escrito este 
poema y La leyenda patria sería, como lo es, el poeta 
de la patria por antonomasia, y^ además^ un gran poeta 
sin aditamento calificativo alguno; 

, — si no hubiera escrito ambos poemas, pero si La 
epopeya de Artigas y sus ensayos, sería, como lo es, 
uno de los grandes prosistas de Hispanoamérica; 

— en consecuencia: si cualquiera de los dos secto- 
res — verso o prosa — de su obra, aisladamente con- 
siderado, le confiere estatura de gran creador, es reta- 
cear su auténtica dimensión mantener en sombra uno 
de ellos. 



xn 



PROLOGO 



La imagen total de Juan Zorrilla de San Martin se 
integra, pues, con la de un gran poeta y con la de un 
extraordinario ensayista. Ambos, por otra parte, están 
íntiniamente relacionados. La creación ensayística con- 
tinúa y amplía, con vastas resonancias, la del poeta. 
La epopeya de Artigas es una proyección en más am- 
plio ámbito del espíritu que anima a La leyenda pttíria 
y Tabaré^ y, por lo tanto^ desde la perspectiva abierta 
por la obra maestra en prosa se ve más hondamente en 
uno y otro poema. La misraa correlación existe entre 
las obras citadas y sus otras obras ensayisticas y sus 
discuraos y conferencias. Ver a Juan Zorrilla de San 
Martín, es, ante todo, ver su obra como un todo 
de sólida estructura cuyas partes, por ende, son ínter- 
dependientes. La Biblioteca *^ Artigas" - Colección de 
Clásicos Uruguayos, cumpliendo con la imprescindible 
tarea de reincorporar a la conciencia cultural del país 
la creación en prosa del autor de Tabaré, ha reimpreso 
ya Conferencias y discursos y La epopeya de Artigas. 
Prosiguiendo esta tarea, se editan estos tres volúmenes 
que recogeu la labor ensayística realizada en la última 
década de la vida del escritor. Ellos se componen con 
los dos últimos libros publicados por él El sermón de 
la paz y El libro de Ruth^ y los ensayos escritos en sus 
años postreros y que destinaba a la composición de un 
nuevo libro. Escritos una década después de la publi- 
cación de La epopeya de Artigas, el meditad or se 
mueve dentro de una temática distinta a la de su obra 
maestra en prosa. Pero el aliento de un idéntico espí- 
ritu es visible en los estupendos ensayos que estos vo- 
lúmenes convocan. Previo al estudio de este conjunto 
de textos es conveniente una breve referencia al género 
literario — el ensayo — al que pertenecen. 



xni 



PROLOGO 



Conocimiento y creación 

La pretensión de expUcitar aquí una especie de teo- 
ría del ensayo sería absurda. El tema, muy debatido, 
tiene vastas ramificaciones y exigiría, para un planteo 
y desarrollo cabal, extenso espacio. El objeto de las 
lineas siguientes es, pues, tan sólo, destacar algunos 
rasgos definitoríos esenciales que sirvan de encuadre 
general para los ensayos que componen estos tres volú- 
menes. De esos rasgos^ se indicarán aquí solamente los 
siguientes: 

— ^EI tema de un ensayo puede ser de la más diversa 
índole: filosófica, estética, histórica, sociológica, eco- 
nómica... En realidad, no hay tema que no admita 
su ingreso al cuerpo del ensayo. El ensayo, pues, no se 
define por el tema o gamas de temas sino por el modo 
en que los mismos son tratados. ¿Cuál es el modo de 
tratamiento ensayístico de un tema? Ese modo se po* 
drá inferir de los rasgos que se señalarán subsiguien- 
temente* 

— ^El ensayo es vehículo expresivo de ideas o pensa- 
miento. En esto «epecto, el ensayo se vincula con el 
tratado, con la monografía erudita o investigativa, con 
la tesis doctoral. Pero difiere radicalmente de estos gé- 
neros literarios, no obstante la inicial vinculación con 
ellos, en dos puntos capitales: en el ensayo no se pos- 
tula explícitamente una tesis que exija demostración 
sino un punto de vista libremente expresado; en el en- 
sayo, y por grande que sea la base erudita que lo fun- 
damente, se prescinde del aparato crítico que la evi- 
dencie. La muy difundida definición de José Ortega 
y Gasset, según la cual el ^*ensayo es la ciencia menos 
h prueba €xpticita'\ hace resaltar, con brevedad inci- 
siva» los trazos antes indicados. 



XIV 



PROLOGO 



— ^Dentro del cuerpo del ensayo caben maneras de 
expresión que corresponden a otros géneros literarios: 
el recuerdo personal, la descripción, la prosa de ento- 
nación lírica, los ingredientes narrativos. La función 
de estos elementos en el ensayo no es meramente para- 
men tal o adjetiva. Son en él, asimismo, modos de ex- 
presión de conocimiento y es incluso afirmable que 
valen como auténticas pruebas explícitas en sustitución 
de las de otra índole que, según la definición de Ortega 
y Gasset, se excluyen del ensayo. 

— ^El ensayo, por consiguiente, combina la más ri- 
gurosa especulación conceptual con la creación imagi- 
nativa y aun poética. Cabría decir que en el ensayo se 
expresan ideas sentidas y pensadas como verdades ob- 
jetivas pero comunicadas desde una perspectiva subje- 
tiva personal Por eso, el ensayo puede prescindir de 
la prueba explícita pero no de la rigurosa ordenación 
lógica conceptual (aunque al ensayista se le otorga una 
cierta libertad para ramificar el tema central introdu- 
ciendo subtemas que se entretejen con el central). Ún 
ensayo, valga la paradoja, puede constituir una espe- 
cié de ordenada divagación. 

—La solidez estructural del ensayo depende, y esto 
se infiere sin esfuerzo de todo lo antes dicho, de la des- 
treza del ensayista para correlacionar la vértebra con- 
ceptual y los ingredientes imaginativos o líricos que 
introduzca en su texto y que requieren ser incluidos 
con exacta dosificación^ ya que no deben oscurecer 
sino, por lo contrario, iluminar, la fundamental sus- 
tancia conceptuaL Kn caso contrario, el ensayo dejaría 
de serlo y se constituiría en otro modo de expresión 
literaria. 



Áx 



PROLOGO 



La validación de todas las afirmaciones que antece- 
den requeriría, obviamente, extensos desarrollos y 
pruebas. Esa elaboración critica no tiene por qué ser 
acometida aquí, ya que, tal como antes se subrayó, 
esta visión general del ensayo sólo procura dibujar el 
marco dentro de] cual se encuadran los que estos tres 
volúmenes recogen. 

Estos tres volúmenes 

Con una excepción, a la cual se hará referencia líneas 
más abajo, todos los textos que integran estos tres vo- 
lúmenes se sitúan dentro de la descripción que del en- 
sayo se ha hecho. Pero se debe anotar que El sermón 
de la paz es un extenso ensayo que compone de por 
sí un libro, mientras que El libro de Ruth recoge una 
serie de ensayos de varios temas, por lo que es preciso 
analizar por separado uno y otro libro. El tercer vo- 
lumen se compone, como El libro de RwA, con un 
conjunto de ensayos. Se estudiarán, asimismo, separa- 
damente, porque, a diferencia del libro recién citado, 
no fueron ordenados para componer un libro por su 
propio autor. Queda así establecido el plan al que se 
ajustarán las páginas que siguen. En cuanto a la ex* 
cepción mencionada, está constituida por el conjunto 
de Pensamientos que se incluyen en el tercer volumen. 
Obviamente, no son ensayos. La unidad de espíritu 
que los vincula a ellos justifica que integren estos tres 
volúmenes. 



XVT 



PROLOGO 



El sdrmón de la paz 

Preámbulo 

Entre las composiciones incluidas en Notas de un 
himno (1877), juvenil poemario de clara filiación 
becqueriajna del autor de Tabaré^ figuran dos, Credo,.^ 
y ¡Patria mía!j sumamente significativas. En la pri- 
mera, expresa el joven Zorrilla su fe religiosa: su fe 
cristiana de hombre universal; en la segunda, canta 
con ingenua pujanza su fe patriótica: su fe de hombre 
amorosamente consustanciado con la región de la tierra 
en la que ha nacido* Estos dos sentimientos, intima- 
mente unidos, constituyen la raíz afectiva de la vida y 
obra del creador de La epopeya de Artigas, Estos dos 
sentimientos nunca fueron vividos por él como contra- 
dictorios, pero cuando en 1914 estalla la primera gue- 
rra mundial, experimentó la necesidad de fundamentar 
doctrinariamente la compatibilidad del amor a la propia 
tierra con la fe cristiana que poslula el amor a todos 
los hombres por igual. Esa necesidad la cumple con 
El sermón de la paz, libro que para Dardo Regules es 
'*una revisión de In teoría del patriotismo**. El libro, 
concebido por el autor como ^^un libro místico^ de 
lecturas espirituales^* y como ^^sermón caritativo que 
quiere hacer am>able ío propio^ sin odio a lo ajena y 
sin, envidia", se divide en cuatro partes subdividldas, 
a su vez, en capítulos: Exordio (El alma de las cosas^ 
La idea de patria); Proposición (La guerra. La uní- 
dady Luces y sombrctSy Signo de vida y de paz) ; Pero- 
ración (Americanos en España, La Sociedad de las 
Naciones); Epílogo (Contento^ ^. Continencia, Puesta 
de sol)u Esta cuidadosa distribución del material, evi- 

XVII 

2 



PROLOGO 



dencia el deseo del autor de articular metódicamente 
su pensamiento. Y, efectivamente, a través de sus cua- 
tro partes y sus diez capítulos, el libro compone un 
cuerpo de doctrina unitario y preciso. No es fácil ex- 
poner brevemente el pensamiento que el libro explaya. 
Es un pensar rico y matizado, donde el razonamiento 
no queda nunca reducido a tin frío esquema lógico 
sino que conf5erva el calor emocional desde el que crece 
y que se hace presente en sutiles desviaciones de la lí- 
nea lógica verlebr adora. El ensayista borda con esas 
desviaciones sutiles (un acorde lírico, la expresión afo- 
ristica de un pensamiento, un recuerdo, un paisaje) 
el tema principal y lo enriquece, para volver luego, 
también de modo sutil, a él. Despojado de sus matiza- 
clones, se expondrá ahora lo que constituye lo sustan- 
cial del pensamiento vertebrador de El sermón de la 
paz. 

La doctrina 

En El sermón de la paz, Juan Zorrilla de San Mar- 
tín expone una concepción de la patria y del patriotis- 
mo fundamentada en dos núcleos de sentimientos e 
ideas que es posible exponer por separado aunque, 
desde luego, están íntimamente trabados. La raíz del 
primero de estos dos núcleos se halla en la visión 
— cabe decirlo así — del hombre en estado natural, 
con prescindencia de toda consideración política, social 
o histórica. El hombre, por el solo hecho de nacer y 
vivir en una detenuinada región de la tierra, es un 
ser radicado: vive y convive en contacto con las for- 
mas definidas que asume la naturaleza en cada región 
y, voluntaria o indeliberadamente, se consustancia con 
ellas. El contorno natitral que rodea al hombre deler- 



xviir 



PROLOGO 



mina uno de los polos del sentimiento de patria: el 
establecido por la comunión del ser humano con la 

sociedad de las casas. El sentimiento de patria co- 
mienza, pueg, en el amor al terruño, a lo próximo, a 
lo qtie, en forma más o menos vaga, se siente comó 
prolongación del propio yo. "El sentímUnto de patria^ 
o térra patrum^ o patrimonio colectivo — afirma el 
autor — existe en el fondo de todo 
la juxturaleza; radica en él quiza'. Para hacer sentir 
esa convicción, Juan Zorrilla de San Martín narra, en 
la primera parte de El sermón de la paz, los pormeno- 
res que rodearon la construcción de su casa levantada 
en un pequeño terreno de Punta Carreta o Punía Brctva 
y se muestra a sí mismo gozosamente identificado con 
la naturaleza del Uruguay: con las colinas de dóciles 
ondulaciones; con las madreselvas, cuyo perfume "trae 
vuelos de risas en el aire**; con el Rio de la Plata, de 
tonos verde-azulados, que se transforman y tornasolan 
pero **sin que el agua pierda su fluidez, ni olvide su 
terrestre procedencia**; con el ombú, que es "órtoi 
que con más pasión se abr<tza a su madre** ^ la tierra. 
Este primer núcleo de ideas y sentimientos, fundarneu'» 
tado en la visión del hombre en estado natural, se com- 
pleta con el segundoj que supone una concepción casi 
mística o sobrenatural del alma nacional concordante 
con su concepción histórica providencialista. Una na- 
ción es una persona colectiva con un alma sustancial y 
más nación es "id que más se acerca a la total simpli- 
cidad o indivisión del ente, al número uno primordioT*, 
de donde es lógico inferir que "e/ alma de un pueblo, 
como la de un hombre, na puede ser considerada una 
resultante, sino una s<da fuerza sustancial, en que los 
diversos modos de actividad colectiva no kan de ser 
distribuidos entre sujetos diferentes. Esta ahna de pue- 



XIX 



PROLOGO 



blo, por otra parte, como el alma de hombre, es forma 
de un cuerpo orgánico, no hecho por conglomeración, 
sino engendrado, conglutinado por el alma 
Y aún agrega: **Los pueblos son espíritus^ ante todo; 
form^ sustanciales de ¡os cuerpos colectivos que se 
nutren de un pedazo de planeta'\ y, por eso, "cí único 
medio de salvar a una nación que decae o se desnatu- 
raliza^ es volverla a sus orígenes, recordarle su unidad 
primordial, en que reside la facultad de amarse a sí 
mismo, y a sus semejantes como a sí propia. Es el ob- 
jeto de la estatua del lieroe: recordar el origen"* La 
idea de patria así concebida no se opone a la armo- 
niosa relación entre naciones. Cada nación es una per* 
sona colectiva, pero todas son **de la misma especie**, 
tienen "el mismo origen'^ e "idéntico destino". Es po- 
sible, por consiguiente, el amor entre naciones y la 
coexistencia pacífica, porque el amor es siempre posi- 
ble "entre semejantes^ entre seres, digámoslo así, de 
la misma especie y capaces de conocerse mutuamente**^ 
El sentimiento de patria, vivido dentro de esta con- 
cepción, abre un camino seguro del amor universal 
entre los hombres, ya que "uno concentra y cultiva el 
amor id hombre en el que profesa a los que le son más 
próximos o parecidos, y le están ligados por el amor 
común a las cosas, y por las comunas cualidades y de- 
fectos. Sólo por ahí se va al amor a la humanidad, y 
hasta al amor a Dios, Si no amas a tu hermano a guien 
ves, dice Juan, el Evangelista, ¿cómo amarás a Dios 
a quien no ves?** En cuanto al problema de la guerra, 
y en acuerdo con la postura doctrinaria expuesta, sólo 
tiene una solución: "la depuración evangélica del con* 
cepto de patriotismo". Sintetizado de este modo, el nú- 
cleo sustancial del pensamiento que ha guiado la mano 
del ensayista^ es necesario agregar que ese núcleo se 



XX 



PROLOGO 



completa, en la tercera parte, con una doctrina de de- 
recho internacional, correlacionada con las ideas ver- 
tebradoras del libro y fundamentada en la visión de la 
unidad del mundo de lengua hispánica y se cierra con 
un Epílogo que retoma el tono de la primera parte: el 
autor vuelve a reubicarse en su paisaje y, coneustan- 
cíado con él, cálidamente reflexiona como en un monó- 
logo interior» 

Los valores poéticos 

£n El sermóri de la paz se arquitecturan un conjunto 
de ideas rigurosamente razonadas* Es, sin lugar a du- 
das, un libro de sólido contenido doctrinario y concep- 
tual. Pero es, también, la obra de un extraordinario 
artista. Son páginas de un prosista que domina con 
plenitud su instrumento verbal y que demuestra cómo 
la prosa, sin perder sus cualidades intrínaecas^ puede 
ser, al mismo tiempo, intensamente poética. El pasaje 
del poeta en verso al prosista fue, en el autor de Ta- 
baré^ sólo un cambio del medio expresivo externo pero 
no una modificación de su actitud espiritual profunda: 
el poeta que abandonó el verso después de 1888, tras 
de componer el Tabaréy subsiste en el prosista de las 
obras posteriores, que recogen la memoria del verso 
en una prosa sensibilizada de música, de música inte- 
rior y de rítmica música en palabras. Tanto como 
ideas, los ensayos de Juan Zorrilla de San Martin de- 
jan en la memoria del lector on mundo de imágenes. 
El propio autor dice, hermosamente, que El sermón 
de la paz es un libro "<íe imágenes pensativas'*. Queda 
fuera del plan de este prólogo el estudio cabal de las 
cualidades sobresalientes de la prosa de Juan Zorrilla 
de San Martin, Pero» en su defecto, se propondrán 



XXI 



PB0L060 



algunos ejemplos que permitirán sentir e intuir esas 
cualidades. 

El pensamiento de Juan Zorrilla de San Martín nace 
desde raíces emotivas intensamente vividas, pero con- 
cluye, al fin» en conceptos muy nítida y precisamente 
delineados, y es una de las cualidades sobresaliente^ 
del estilo de El sermón de la paz la fidelidad con que 
expresa unitariamente esa conjunción de lo emotivo y 
lo conceptual, sin que lo primero enturbie los perfiles 
de lo segundo ni lo segundo despoje de calidez a lo 
primero. Así es visible en este breve fragmento: 
amor, sociedad de las dmas^ función de un orden su- 
perior ai fisiológico, presupone la existencia de dos 
wndades distintas^ capaces de vivir la una en la otra, 
de fundirse sin confundirse^ sufriendo o esperando en 
la esperanza o en dolor ajenos". Este mismo fragmento 
hace ostensible cómo el poder de síntesis (en estas po- 
cas lineas hay un conjunto de ideas cuyo desarrollo 
podría llenar varias páginas) no impone rigidez al rit- 
mo de la prosa (la corriente verbal se desliza con se- 
rena fluidez). La presencia de imágenes pensativas 
(vale decir: imágenes plenas de contenido conceptual) 
es otro rasgo saliente de la prosa de Juan Zorrilla de 
San Martín, como es evidente en estas líneas: **El perro 
corre tras la piedra que le tiran, y la muerde; pero el 
fiombre busca la fuerza oculta que tira la piedra desde 
el corazón orguüoso*\ Hay, además, en las páginas dd 
libro, fragmentos que constituyen pequeños poemas en 
prosa, delicadamente elaborados: Las tardes realmente 
beüas son ésas: las que huelen a madreselva; por ellas 
he llegado a creer en este nuestro pobre sentido del 
olfato^ tan desacreditado por algunos. Y no kay para 
tanto. Que $i bien está en lo cierto quien afirma que 
ese sentido tiene mucho de contacto material, y no la 



XXII 



PROLOGO 



pureza de la vibración sonora, na ej tan irracional 
como pudiera creerse la analogía entre una ráfaga de 
madreselvas y una melodía de BeÜini, que^ al caer de 
la tarde, sale, de un piano desconocido, por una ven- 
tana abierta en lo aUo. Yo concibo perfectamente un 
poema hecho de olorei; el de la madreselva me trete 
vuelos de risas en el aire, voces de niños que juegan 
antes de irse a dormir; el de las azucenas parece cantar 
la Salve en mi memoria^ como una voz de armordum^*. 

Para cerrar esta selección de muestras de la prosa 
de El sermón de la paz, se transcribe un fragmento de 
carácter descriptivo, donde los elementos del paisaje 
están sensibilizados por la emoción del poeta: ^^El cua- 
dro es noble y transparente por dojide quiera que se le 
mire: una acuarela de tonos ocres y violetas, qiie pu- 
diera borrarse con una esponja. Una gaviota blanca 
que se abre sobre el cielo azul, basta para animar el 
aire, como si fuera una palabra; el amahU pájaro se 
acerca silencioso, permanece a pocos metros de nues^ 
tras cabezas^ nos deja ver bien su cuerpo modelado en 
algodón, los movimientos de su cabeza triangular ter- 
minada en largo pico amarillo, su^ ojos coma cuentas 
de vidrio". 

Epilogo valoralivo 

Un juicio valorativo sobre El sermón de la paz im- 
pone, ante todo, responder a estas dos preguntas: ¿qué 
valor debe atribuirse a la concepción de patria que el 
libro defiende? ¿qué valor debe asignarse a la doc- 
trina de derecho internacional postulada en relación 
con la concepción de patria expuesta? Una vez respon- 
didas estas dos interrogantes, que se refieren a lo que 
constituye el centro en que estribó el autor para la ela- 



xxni 



PROLOGO 



boración de su ensayo, es posibleí acceder a la valora- 
ción total de la obra, que, en verdad, admite valora- 
ciones desde otras perspectivas. 

El concepto de patria expuesto por Juan Zorrilla de 
San Martín en El sermón de ¡a paz se íundamenta, 
primerOj en la idea de que el hombre es un ser radi- 
cado^ y, segundo, en que esa radicación genera un 
sentimiento de comunidad con el ámbito — natura- 
leza y alma colectiva — en el que está radicado. El 
ser humano, por consiguiente, se experimenta como 
parte del un todo con el que es solidario. Si bien se 
piensa, esta concepción traduce emotiva y sentimen* 
talmente una fórmula de riguroso valor filosófico. Y 
es la fórmula que fundamenta, y rauy rigurosamente, 
el pensar filosófico de José Ortega y Gasaet: '*Yo soy 
yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo 
a mí mismo^\ No es é¿to afirmar, desde luego, que el 
autor de El sermón de ¡a paz haya elaborado su con- 
cepción a partir de la formulación orteguiana, ya que, 
en rigor, el concepto de patria postulado por Juan Zo- 
rrilla de San Martín proviene de vivencias experimen- 
tadas por él ya en su adolescencia. Al subrayar, pues, 
que entre la formulación orteguiana y la concepción 
del poeta de Tabaré hay coincidencias, sólo se procura 
destacar cómo la posición del segundo no es un mero 
estremecimiento emotivo sino una formulación de va- 
lor perdurable y con amplias ramificaciones en el or- 
den del pensamiento, que se vincula estrechamente con 
la concepción providencialista de la historia, con reso- 
nancias religiosas, que sostuvo siempre el autor de 
Tabaré. {Y todavía cabe señalar que esa concepción 
providencialista no impide que el autor acuda, para 
sostener el por qué de la formación de ana patria, a 
argumentaciones históricas, geográficas, étnicas, lin- 



XXIV 



PROLOGO 



güísticas. Tal es lo que hace, en La epopeya de Artigas 
y en otros trabajos, cuando sostiene su teoría del Uru* 
guay como país — o patria — subtropical atlántica^ 

En cuanto a la doctrina de derecho internacional, 
puede parecer ingenua a quien la interprete superfi^ 
ciabnente y estime que se elude la consideración de 
complejos problemas de orden económico y social, ex- 
playando, por lo mismo, un pensamiento idealista ca* 
rente de consistencia. En realidad, el autor ha procu- 
rado entrar tan sólo al corazón del problema sin pro- 
ponerse la explicitación de normas prácticas, pero con 
la convicción muy firme de que cualquier norma prác- 
tica debe partir de los puntos de vista que en El ser^ 
món de la paz se plantean. Y por lo mismo, cita la 
opinión del político inglés Lloyd George: "No veo, 
por mi parte, más camino de salvación que encauzar 
la política internacional por la vía cristiana del amon.J^ 
Al adherir a esta afirmación, Juan Zorrilla de San 
Martin piensa que en esas palabras se halla la clave 
de las posibles soluciones para los distintos problemas 
pero no, desde luego, la fórmula práctica de cada solu- 
ción, aunque sin una profunda vivencia de ese punto 
de partida, que, según afirma Lloyd George, debe en- 
cauzar la política internacional, no hay solución perdu- 
rable y valedera. Como ocurre en muchas ocasiones, 
el pensamiento del autor de El sermón de la paz tiene 
la apariencia de un ingenuo idealismo y, sin embargo, 
está entrañado en el corazón de la realidad* 

Las valoraciones qne anteceden responden a las pre- 
guntas que se plantearon al comienzo del presente ca- 
pitulillo. De acuerdo con lo que allí también se afir- 
mó, es posible acceder ahora a una valoración de 
El sermón de la paz encarada desde otra perspectiva 
que hará visible bu dimensión total. La concepción de 



XXV 



PROLO.OO 



patria y la doctrina de derecho internacional defendi- 
das por Juan Zorrilla de San Martín en su ensayo se 
fundamentan en una visión del hombre en la que en- 
tran consideraciones de orden hiátórico, ético, metafí- 
úco y religioso. Esa visión se trasluce implícita pero 
nítidamente a través del enf rentamiento del tema cen- 
tral: la conciliación del sentimiento patriótico y la 
amistad entre naciones. Pero se manifiesta, asimismo, 
y en forma explícita, en los muchos pasajes donde el 
ensayista fundamenta conceptualmente su posición doc- 
trinaria y en los que accede, con rigor, a especulacio- 
nes filosóficas. Como ejemplo de lo afirmado, puede 
servir especialmente el capítulo 11 — La unidad — de 
la s^unda parte del libro. Esa visión, además, se trans- 
parenta en el núcleo emotivó de los pasajes de entona- 
ción lírica o poética. En ellos hay (como la hay, según 
Antonio Machado, en todo gran poeta) uíia filosofía 
implícita. En consecuencia: por su contenido. El ser- 
món de la paz es un ensayo de índole filosófica cuya 
temática abarca una extensión mucho más amplia de 
la que concreta y circunstancialmente da origen al li- 
bro. Es, en este aspecto, un texto de Valores perdura- 
bles que trascienden la limitación que podría imponer- 
le el propósito definidamente actual — del momento 
histórico — en que se genera. A todo lo cual se agrega 
la Jerarquíia poética y estétiea del ensayo, ya suficien- 
temente subrayada. 

Encarado desde esta perspectiva, no es audacia afir- 
mar que El sermón de la paz se ubica entre los textos 
de más alta jerarquía entre los que síb han escrito en 
Hispanoamérica, Pero es necesario saber leerlo. Esto 
es: como un sondeo en realidades concretas para lle- 
gar a la expresión de un sentir y un pensar que tras- 
cienden el estribamiento concreto que los promueve. 



XXVI 



PROLOGO 



Así, por ejemplo, en el capítulo IV — Signo de vida 
y paz — de la segunda parte, capílulo en el cual el 
autor se refiere a Ukranía, interesa menos la exactitud 
de lo que sobre Ukranía se afirma que las inferencias 
socio-filosóficas que extrae de su visión de la realidad 
histórica. La Ukrania que el ensayista ve es casi, y él 
mismo lo dice, una creación poética: una estilización^ 
Ella vale como un instrumento eficaz para dar consis- 
tencia a su pensamiento, convirtiéndolo en imugeil* 
Conviene tener en cuenta estas afirmaciones y recordar 
que si bien El sermón de la paz es un libro denso de 
pensamiento, es también obra de un ensayista en el 
que perdura indine el poeta aunque se exprese en 
prosa. De un poeta que no entra en **el número de los 
que juegan incompatibles la verdad y la belleza'* y que 
siempre creyó que lo que "se siente intensamente^ baje 
su aspecto beüo inclusive^ no es por eso irreflexivo^. 



XXVJI 



PROLOGO 



El libro de Ruth 

Catorce textos 

Cuatro años después de la publicación de El sermón 
de la paz, Juan Zorrilla de San Martín hizo conocer 
un nuevo volumen de ensayos: El libro de Ruth 
(1928), El primero de estos dos libros, como ya se ha 
dicho, liene su origen en la intensa conmoción que en 
su autor produjo la primera guerra mundial, y, aun- 
que trasciende la finalidad que se propone inicialmen* 
te, es un libro escríto, así puede afirmarse, con un 
sentido militante o doctrinario en sus contenidos ético, 
social y religioso^ Es^ además, un libro estructurado 
como un ensayo unitario, aunque congrega diversidad 
de temas. Libro de distinto carácter es el segundo. No 
nació motivado por un acontecimiento externo, sino 
que fue formando, según expresa el autor, "sin pro- 
pósito deliberado y concreto'^ a lo largo de años, y 
con la sustancia de sus '^mejores horas y más intensas". 
No es tampoco un ensayo unitario sino una conjunción 
de ensayos varios. Lo doctrinario, por fin, no está ex* 
cluído de estos ensayos, porque el autor, obviamente, 
no eludió nunca la expresión de sus conviccionea reli- 
giosas, pero carecen del tono militante visible en las 
páginas de El sermón de la paz. Lo doctrinario ad- 
quiere en El libro de Ruth un tono de unciosa persua- 
sión. En cuanto a los ensayos incluidos, suman trece 
más un breve epílogo, debiéndose agregar que algunas 
partes del libro habían sido publicadas muchos años 
antes, aunque sufrieron variantes al ingresar al volu- 
men: Lo bello en la música y Palabra y silencio apa- 
recieron en Mundial, París, en febrero y mayo de 



XXVIII 



PROLOGO 



1913; En el principio^ De la historia. La lengua intC' 
ñor y Actividades inertes^ en Fray Mocho^ Buenos 
Alies, el 25 de octubre de 1913, el 20 de diciembre 
del mismo año, el 21 de diciembre de 1915 y el 29 de 
diciembre de 1916. 

En las líneaa que anteceden^ ae ha dibujado, me* 
diante su cote] o con El sermón de la paz, una caracte* 
rización global de El libro de Ruth. Es necesario ahora 
penetrar más profundamente en el sentido del libro, se- 
ñalando particularizadamente el contenido de cada uno 
de sus ensayos. No es ésta una tarea fácil. El peti- 
samiento de Juan Zorrilla de San Martin (y con 
esto se completan afirmaciones ya hechas en relación 
con El sermón de la paz) mantiene en todo momento 
una sólida coherencia interna; en los puntos de vista 
sobre un tema definido gravitan sus convicciones so- 
bre otros que le son concomitantes, de tal modo que 
es posible afirmar que en cada una de sus concepción 
nes están implícitamente contenidos la totalidad de los 
centros vertebradores de su pensar y su sentir (que, 
por lo demás, están entre si indisolublemente unidos^ 
porque su pensar es un modo del sentimiento y éste 
una forma del pensar). El contenido de cada ensayo, 
puede, sin embargo, ser señalado, como se hizo con 
El sermón de la paz, esquematizándolo mediante una 
reducción a las lineas vertebradoras esenciales. Asi se 
hará, a fin de lograr, a través de un rápido recorrido 
por los ensayos, según el orden que aparecen en el 
libro, un diseño de le constelación temática que el 
mismo configura. 

Núcleos temáticos 

En el ensayo inicial, titulado De la dignidad de las 
letraSf el ensayista procura precisar qué es lo que da 



XXIX 



PROLOGO 



a las letras y de acuerdo con lo que el ti^ulo enuncia, 
su particular dignidad. Para ello, busca, primero, el 

motor, no para todos visible, de esa misteriosa activi- 
dad que incita a algunas ^^criaturas racionales a en- 
gendrar su verbo en la contemplación de si mismas^ 
sostenida angustiosameiOe hasta la aparición de la Be- 
Ueza en su forma predestinada y presentida 
Ese motor "ej una función del compuesto humano o 
del espíritu visible, extirpada por la carne en los más 
hombres, predominanie en pocos, plena en los hombres 
plenos que podríamos üamar de reproducción espiri- 
tual En ese acto de auto-fecundación, el hom- 
bre ama su propm perfección relntiva^ en la criatura 
que se ha formado en su palabra, y que, como luz de 
biz, ha condensado en una claridad inaccesible. No 
anhela otra cosa: ver aqueUa criatura, para dar objeta 
a su necesidad de amar; verse y amarse ü sí mismo 
fuera de sí mismo, en su propio verbo, que no es su 
propia persona, aunque sí su propia indivisible sus- 
tancia\ Es esa capacidad de reproducción espíritu/d 
lo que confiere su dignidad a las letras» Pero el autor 
s^ interroga» hacia el fin del ensayo, para qué existe 
esa función en las almas fuertes. Y en una página, 
cuya intensidad emocional le comunica eni^onación 
mística, se expresa la sospecha de que tal función pue- 
de ser reveladora de la semejanza del creador con Dios 
y de la participación en su esencia* El segundo ensayo, 
titulado Actividades inertes, aunque por su tema pa- 
rece distante del primero, está, sin embargo, vincu- 
lado a él. ¿Qué validez tiene el famoso aforismo que 
afirma que '*es preciso hacer las cosas aunque se hagan 
mal?*' Para llegar a una respuesta, el ensayista recorre 
un sutil itinerario conceptual, no despojado de humor 
e. ironía, que le permite afirmar, contra el aforismo. 



XXX 



PROLOGO 



que ^^el hombre que siente tener algo que esperar , por' 
que algo espiritual se está construyendo en él^ que es* 
pere; que no haga; que tenga desalquilada el alma 
algún tiempo siquiera^ para recibir al enviado que ha 
de venir por su intermedio a los demás hombres 
Esta actividad inerte, y de aquí la relación con el en- 
sayo anterior, es la que se requiere para el ejerticio 
de esa función de reproducción espiritual en donde ra- 
dica la dignidad de las letras. El ensayo concluye cOn 
estas líneas: *'Es€ chasquido de palabras, es preciso 
hacer i azuza a los mulos^ pero ahuyenta a las alondras: 
al sabio enamorado de una hipótesis; al poeta llamado 
por una estrella; al místico, enamorado de Dios, lle- 
vado por un arcángeV*. El tercer ensayo. Decadencia 
y Renacimiento, se vincula también con los dos ante- 
riores. Su núcleo temático está constituido por el aná« 
lisia de las causas por las que de una época de extraor- 
dinario florecimiento artístico y literario se pasa a 
otras de decadencia, y de éstas, a un nuevo renacer 
del esplendor perdido. En el ensayo se hacen muy pe- 
netrantes afirmaciones en relación con este tema pero 
el mismo sirve para que el autor agregue nuevos mú^ 
tices a las concepciones estéticas defendidas en los dos 
textos anteriores. Sostiene que en las obras geniales 
suele verse sólo **la mínima porción de sustancia. esp¿- 
rüual que pudo entrar en su frágü envoltura de lineas 
o colores o sonidos** ( - - - ) y no suele advertirse "la 
enorme cantidad que queda fuera del molde, y flota 
en tomo de lo que de ¡i se ha Sacado, como un nirnbó^ 
sutüísüno'\ Es, sin embargo, en ese nimbo donde re- 
side la genialidad de la obra estética, o, dicho de otro 
modo, donde esa genialidad se revela: *'Ese sustancial 
resplandor es la forma intangible, la cosa existente sin 
la materia de que está hecha^ ^nque sea material, la 



XXXI 



PROLOGO 



sustúTicia eterna. Lo beUOy lo sublime, sobre todo^ en 
la obra de arte, no está en ella; lo que no está escrito 
es el poema; lo no modelado es la estatua". De este 
modo, el ensayista ha dado un paso más en la exposi- 
ción de su doctrina estética de carácter espiritualista 
y trascendental iniciada en el primer ensayo del libro 
y continuada, desde otra perspectiva, en el segundo. 
En el cuarto ensayo. Lo bello en la música^ la doctrina 
se amplia. En este ensayo, muy rico en penetrantes in- 
flexiones de pensamiento, el autor postula sus puntos 
de vista sobre la esencia espiritual del arte musical. 
En acuerdo con lo sostenido en los ensayos anteriores, 
esa esencia espiritual (y, por ende, lo bello en la mú< 
sica) no se halla en la mera vibración sonora (o, por 
lo menos, no solamente en ella). Según el ensayista, 
la música, que es pensamiento sin palabras, despierta 
en el hombre el recuerdo de "una humana lengua 
innata, como el canto del pájaro, no convención^ co* 
mo las ([ue hoy hablamos, sino surgida del simple con* 
tacto del hombre con la naturaleza de que forma part¿^. 
El hombre ha olvidado esa lengua innata, música pri- 
mordial, que '^recibió de Dios en el paraíso" y es "Za 
que los genios musicales quieren hablar recordando^'. 
De donde se concluye que **ese recuerdo es la Belleza 
en el sonido^^^ Los tres ensayos siguientes, Actores r 
artistas. Palabra y silencio, El orador y la elocuencia, 
se mantienen temáticamente en el mismo orden de 
ideas. En el primero, el ensayista analiza lo que dife- 
rencia al creador del intérprete; en el segundo, el valor 
del silencio y la palabra; en el tercero, el ser del orador 
y la elocuencia. Tras estos siete ensayos, que abarcan 
aproximadamente la primera mitad del libro, el autor 
entra en otras vías temáticas, El contenido del octavo 
ensayo, La fe réUgiosa, del noveno, La lengua interior^ 



xxxn 



PROLOGO 



y del décimo, NietzschCy Carfyk^ PascaL.,, se rela- 
ciona con las convicciones religiosas del autor. Desde 
diferentes perspectivas, se analiza, en los dos primeros, 
müy breves^ el qtié de la religión y de la fe. El tercero 

completa ese análiais a través del estudio comparativo 
de los tres escritores que su título menciona. Ese es- 
tudio, desde luego, está realizado desde un punto de 
vista personal, tal como se señala en las líneas inicia- 
les: Anoto algunas de las resonancias que siento en 
mi espíritu, tras la lectura de algunos filósofos que 
me he dado a releer^ no se si a estudiar^ en este año 
que va corriendo El análisis de la postura anti- 
cristiana de Federico Nietzsche constituye el núcleo de 
este ensayo. El cotejo del pensador alemán con Carlyle 
y Pascal está dirigido a precisar, por contraposición, 
los puntos de vista sostenidos en relación con el anti- 
cristianismo nietzscheano. En Carlyle destaca el *'5¿- 
lencio sagrado ante la Persona heroica de Jesucristo j 
que lo distingue de Nietzsche^\ y en Pascal ve el polo 
antagónico del autor de Asi hablaba Zar alustra, por- 
que Pascal es un gran cristiano y un hombre genial» 
"con^ la claridad profunda y la luminosa sencillez que 
imprime su carácter a tales videntes de sí mismos'\ En 
lo que a Nielzsche mismo se refiere, sostiene que no es 
el creador de una filosofía sino, meramente, de un 
procedimiento^ consistente en postular "eí cristianismo 
al revés*\ Es ese procedimiento el que ofrece interés 
para ser estudiado, porque "sugiere reflexiones comu- 
nicativas o pintorescas, s¿ uno se defiende, como es 
razÓRf del primer movimiento de enojo o natural irri* 
tación que provoca, que él quiere provocar^ en los 
cristianos, con svts cínicas irreverencias contra la Per- 
sona de Cristo". A partir de estos puntos de vista, 
elabora el autor su texto, conciliando la sagacidad del 

xxxin 

a 



PROliO GÓ 



análisis con la expresión de su fe religiosa. Una gama 
muy amplia de ideas correlacionadas con el tema nu- 
clear, expresadas con delicado vigor, entiquecen el en- 
sayo, uno de los más intensos y originales del volu* 
men. En el siguiente^ Ve la historia, expóne una con- 
cepción de ella en la cual se integran historia-arte e 
histona ciencia. Es, por una parte, ^^obra de belleza 
O de arte, es decir, de invehción o descubrimiento de 
espíritus vidbles, de ta verdad trascendental contenida 
en un cúmulo de verdades^* , pero, por lo mismo, decir 
que la historia es obra de arte, **ej decir que la es cien* 
tífica por excelencia labor de investigación de la ver- 
dad o realidad recóndita que está en todas las cos€ts y 
todos los hechos como su esencia y a la que se U^ga 
por medios experimentales, de experiencia no sólo ex- 
terior sino interior^ muy difíciles de apreciar*^, Kl tema 
del ensayo siguiente, En el principio^ ég de índole so-» 
cial, ética y religiosa. El punto de partida para sus 
planteos se halla en esta pregunta implícitamente for- 
mulada: ¿el problema de la humana felicidad queda- 
ría resuelto mediante una ordenada distribución de las 
riquezas*' de acuerdo con iin buen principio regula- 
dor? Admitido que así sea, ¿cuál es ese principio? 
Los caminos espéculativos recorridos a lo largó del 
ensayo son muchos, pero, y en acuerdo con sus con- 
vicciones religiosas, en todos ellos se encuentra la mis- 
ma idea: no hay más Principio que el Verbo y el 
Verbo es Caridad, que no debe confundirse, aclara el 
énsayisfa, ni con limosna ni cóú beneficencia» La ile- 
puracióii de los conceptos dé Caridad y Propiedad son 
núcleos temáticos medulares del ensayo y sobre ambos 
conceptos, y sus rela<;ionés con la Justicia^ la Líber* 
tad y la Igu4}Mad, se razona sutilmente en estas pági- 
ifas. Cierrán^ el volumen una hermosísima glosa de 



xxxfv 



P R-O LOGO 



El libro de Rmh^ del Antiguo Testamento, y un EpU 
logo en el que se explica por qué se ha dado al libro 
el . titulo que lleva. 

Síntesis final 

,La finalidad del recorrido efectuado a través de los 
ensayos que integran El libro de Ruth ha sido, por 
una parte, poner de manifiesto la amplitud del pano- 
rama de ideas que dibujan las páginas del libro, y 
que se hace notorio en la variedad de temas enfrenta- 
dos^ y, por otra, evidenciar cómo esas ideas, sólida- 
mente trabadas entre sí, constituyen un mundo de pen- 
samiento coherente. Por eso, se ha señalado el conte- 
nido nuclear de cada ensayo considerado como unidad 
independiente, pero, al mismo tiempo, se ha procurado 
subrayar las correlaciones entre los contenidos con- 
ceptuales de las distintas unidades. Esas correlaciones 
evidencian que El libro de Ruih no es una mera suma 
de textos arbitraria o azarosamente reunidos en un 
volumen, sino, en verdad, un libro compuesto como 
totalidad coherente, ya que un pensamiento vertebra- 
dor correlaciona todos los ensayos. Ese pensamiento 
es el siguiente: el corazón de la vida del ser humano 
se halla en su sentimiento religioso, pero no hay anta- 
gonismo entre Religión, por un lado, y Ciencia, Arte 
y Poesía, por otro. En un breve texto, que figura en 
el volumen III de esta edición, ese pensamiento queda 
precisa y nítidamente expresado» En ese breve texto, 
titulado Luz de Luz^ se lee: "¿a poesía es hija de la 
fantasía) que concreta y combina sensticiones para 
despertar sentimientos, por medio de la imagen^ como 
la ciencia lo es del entendimiento que abstrae para 
descubrir verdades por medio del raciocinio. Pero am- 

XXXV 



P R o L o G O 



bas son operaciones parciales de un atma sola, de ¡a 
misma. La religión que lo es total del idmUf que €s 
toda su vida, principio y fin, como decimos^ está 50- 
bre esas operaciones**. Sentada esta preeminencia de 
la religión, concluye: . ,sí no hay arHagonismó entre 
la ciencia y el avíe, menos puede haberlo entre ambas 
y la religión; menos deben excluirse. El arte es her- 
mana mayor de la ciencia, la precede, como hemos 
dicho, en los hombres y en los pueblos, Pero la Reli' 
gión es la hermana primogénita de ambas; ¡as precede 
y las refunde y las conditce^\ Este pensamiento está 
presente» asimismo, en El sermón de la paz, donde 
afirma que el problema de la guerra sólo puede en- 
contrar solución en la depuración evangélica del sen- 
timiento de patria. Del mismo modo, sería afirmable 
que en El libro de Ruth procura una depuración evan- 
gélica de algunas . nociones fundamentales de estética, 
ética y sociología^ 



PROLOGO 



Otros ensayos 

El volumejt III 

El volumen III de esta edición de Ensayos de J'uan 
Zorrilla de San Martin está integrado por un conjunto 
de textos que no llegaron a integrar libros y que fue- 
ron incluidos en la edición de sus Obras Completas 
(Montevideo, Imprenta Nacional Colorada. 1930). De 
ello?, algunos completan la reimpresión de Huerto 
cerrado y otros, la de El sermón de la paz. Los prime- 
ros son los siguientes: Sentidos espirítuules. El monó' 
logo de fíamlet, Muerte experimental^ Segismundo y 
Dante, Sobre renovaciones^ Piedras vivas; los segundos 
llevan estos títulos: Pensamientos^ Aplausos, alaban- 
zas, Humildad^ Oh, la gloria. Para ver a Dios, Afina- 
ción de alma. Musical^ Luz de Luz, Príncipe y gaucho. 
Ahorro y riqueza. El misterio de ¡a muerte. Estos tex- 
tos se reeditan aquí en el mismo orden en que apare- 
cen en las Obras Completas, con la excepción de El 
misterio de la muerte, que ha sido ubicado en el quinto 
lugar porque constituye una unidad con los cuatro an- 
teriores. Esos cinco ensayos, en efecto, fueron publi- 
cados en las Obras Completas con la aclaración de que 
pertenecían a un libro inédito y tienen, además, simi' 
litud temática. Todas las páginas que integran el vo- 
lumen III, conviene subrayarlo, mantienen una total 
Unidad de espíritu, por su pensamiento y por su ela- 
boración literaria, con El sermón de la paz y El libro 
de Ruth, Lo expuesto, en ambos aspectos sobre esos 
dos libros, hace innecesario, pues, extenderse en exceso 
sobre estos otros textos, sobre los cuales se harán, si^ 
embargo, algunas rápidas observaciones. 



xxxvn 



PROLOGO 



Notas al margen 

Sobre renovaciones y Piedras vivas fueron publica- 
dos como prólogos de sendos libros: Antplo^uf poé- 
tica de la Academia de Literatura de Santa Fe y Co- 
legio del Salvador, desde su fundación, el 1^ de mayo 
de 1868, hasta mayo de 1918. El primero, donde el 
autor expone algunos puntos de vista sobre poesía, 
tiene un fragmento particularmente interesante: el ca- 
pitulillo IV, donde narra algunos de sus recuerdos en 
relación con Rubén Darío a quien conoció personal- 
mente, y, al mismo tiempo, emite un juicio sobre la 
creación del nicaragüense, fallecido en el año en que 
el trabajo fue escrito; el segundo es una sintética y 
emotiva historia del Colegio del Salvador, donde 
Zorrilla cursó estudios. Los Pensamientos publicados 
a continuación de esos dos prólogos fueron, en su ma- 
yoría, dados a conocer por primera vez en Proteo 
(Buenos Aires, agosto de 1916) y La semana univer- 
sal (Buenos Aires, 18 de enero de 1912), Algunos 
tienen la concisión y el pulido del aforismo: ^Sólo 
viviendo con bxs manos abiertas podremos morir con 
las manos llenas*'^ **Un libro sabe generalmente más 
que su autor'\ ^^Suspirar es Uom^r^\ '^Dar por inter- 
medio de los que no pueden dar es dar dos veces'*; 
otros desarrollan con más amplitud una idea. Muchos 
de estos pensamientos están extraídos de o pasaron a 
diversos ensayos. En conjunto, dan una idea del pen- 
samiento general del autor. Los breves textos titulados 
Oh, la gloria. Para ver a Dios, Afinación del alma. 
Musical y Luz de Luz, reiteran, con distinta forma, 
puntos de vista expuestos en los ensayos de El libró 
de Ruth, Son en sí mismas, páginas muy hermosas, 
pero, quizá, sólo sean el germen de los desarrollos más 



xxxvni 



PROLOGO 



amplios que aparecen en el libro citado. Por lo con- 
trario, los ensayos titulados Aplausos, alabamos, y 
AhorrQ y riqueza desarrollan con amplitud puntós de 
vista sólo insinuados en El libro de Ruth, donde, ade- 
más, están encarados desde una distinta petspeetiva. 
Con el mismo libro se vihculan por su espíritu, auhque 
accediendo a nuevo« ternas^ Humildad y Príncipe y 
gaucho. En el primero, junto con una profunda es- 
peculación sobre la humildad ofrece el autor, en rela- 
ción con su tema, una sutil interpretación del perso- 
naje don Quijote; en el segundo^ coteja la actitud mo- 
ral de Hamlet con la de- un infeliz, gaucho que ha 
matado y se resuelve en favor del segundo. Por la 
originalidad de su enfoque y el cuidado en su elabo- 
ración, estos dos ensayos se ubican en un nivel parejo 
al de los que forman El libro dé Ruth. Idéntica valo- 
ración corresponde a lo» cinco (Sentidús espirUnalei^ 
El monólogo de Hamlet, La muerte experimental^ 5e- 
gismundo y Dante y El misterio de la muerte) que al 
ser íecogidos en las Obras Completas fueron indizados 
tomo pertenecientes a un libro inédito. Todas estas 
páginas giran en tomo al problema de la muerte. Para 
su elaboración, el autor hace pie en dos ideas funda- 
mentales que, expresadas de diversos modos, aparecen 
en distintos lugares de su labor ensayística: la primera 
de ellas es la de que existen sentidos espirituales^ dis- 
tintos de *^los que nos ponen en relación actual con el 
universo que nos envuelve^* y que pueden definirse 
^*como órganos de relación con otros universos'*; la 
segunda es la de que la muerte es, hasta cierto punto, 
una ciencia experimental que, en algunos santos, o mís- 
ticos, alcanza su máxima plenitud. A través de estos 
cinco ensayos enfrenta y confronta diversas vivencias 
de Id muerte: la de los egipcios y los griegos, la de 



XXXIX 



PROLOGO 



Hamiet, la de Segismundo, la de Dante, la de Santa 
Teresa, sobre la cual expresa: "Descorporizada hasta 
donde es compatible con la vida mortal; muerta por^ 
que no muere, ella puede conducirnos hasta el extremo 
del camino transitable por el cuerpo vivo, y hacemos 
ver la muerte de cerca, y decirnos lo que en la muerte 
ocurre (,..)"• El ensayista accede al tema de la muer- 
te desde los ángulos de visión que le proporcionan es- 
tas dos ideas y lo hace en páginas estremecidas de sen- 
sibilidad y pensamiento, en las que, al mismo tiempo, 
va insertando temas laterales que enriquecen extraor- 
dinariamente el tema nuclear. 

Vn libro posible 

El conjunto de textos comentados en el capitulillo 
anterior constituyen^ por las correlaciones temáticas y 
el tono, una unidad con El sermón de la paz y El Ubro 
de Ruth, Es preciso señalar ahora que han quedado 
fuera de esta selección algunos textos ensayísticog del 
autor de Tabaré que, por su tono y tema, constituyen 
una unidad distinta y que pueden componer otro vo- 
lumen unitario. Todos esos textos se refieren a la pri- 
mera guerra mundial, pero en ellos se enfrenta el tema 
desde un ángulo de visión distinto al de El sermón de 
la paz. En este libro, no se analizan los hechos, sino 
que se expone, teniéndolos en cuenta, una doctrina, 
mientras que en esa otra serie de ensayos se analizan 
hechos y personajes y se denuncian concretamente los 
factores que segán él ensayista fueron causas de la 
guerra. 

Diez de esos ensayos fueron reunidos en un volumen 
postumo titulado Las Américas (Montevideo, Edito- 
rial Ceibo, 1945) ; dos, El canto de Aegir y La famiUa 



XL 



PROLOGO 



románica, figuran en la edición de Obras completas^ 
ampliando la anterior edición de Detalles de historia; 
seis, La prcfecía de Ezequiel^ Los deberes d*' la victO' 
Ha, Lo vencido. El Vtuguay y la guerra. El espíritu 
vencedor y Foch, el francés, «e publicaron en la Re^ 
vista Nacional, entregas de febrero de 1938, noviem- 
bre de 194(), febrero de 1944. marzo de 1945, setiem- 
bre de 1945 y setiembre de 1951, indicándose en todos 
los casos que el texto publicado pertenecía a un libro 
inédito titulado La profecía de EzequieL Sobre estos 
dos libros. Las Américas y La profecía de Ezequiel, 
proporciona algunos datos la Advertencia (segura- 
mente escrita, aunque no firmada, por Raúl Montero 
Bustamante) que figura al frente del mencionado en 
primer término. Se lee allí lo siguiente: *^ZorriUa de 
San Martín comenzó a escrihir este Hhro en hs días 
más dolorosos de la guerra de 1914 y lo concluyó ya 
terminada la tragedia. No lo dio entonces a la estampa 
por ¡a misma razón que reservó la publicación de otro 
libro, titulado La profecía de EzequieL también iné- 
ditOf y que tiene íntima correspondencia con éste. Con- 
cepiuó el autor que ambos deberían ser libros postu- 
mos o, por lo menos, que su publicación debía ser Se^ 
morada algunos años, pues los temas que en ellos se 
tratan éxigían que se tomara distancia de los sucesos 
que los inspirarojC\ Pero estos dos libros no fueron 
los únicos en que trabajó el autor en esos años. Tra- 
bajó aun, un tercerO' que se titularía El canto del 
emperador o El canto de Aegir y cuyos originales se 
custodian en la Biblioteca Nacional del Uruguay, Cons- 
tituyen un conjunto de 130 hojas. De ese libro,, los tres 
capítulos iniciales pasaron a El sermón de la paz: los 
dos primeros capítulos constituyen la primera parte 
de este libro y el tercero, el capítulo primero de la se- 



XLI 



PROLOGO 



gunda parte. Los capítulos IV y V, La familia romá- 
nica y El canto de Aegir, se integraron, como ya se 
ha dicho, a Detalles de historia, en la edición de Obras 
completas. Corresponde señalar, porque es un dato un 
tanto desorientador, que, no obstante integrar el con- 
junto caratulado por Zorrilla de San Martín como 
El canto del emperador^ el capitulo que pasó a ser el 
inicial de El sermón de la paz, fue publicado como 
adelanto de La profecía de Ezequiel en la Revista del 
Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay (Monte- 
video, agosto de 1920). Cabe anotar, para completar 
estos datos, que algunos de los ensayos que forman 
Las Américas^ fueron incluidos en la edición de Obras 
Completas y otros fueron publicados postumamente en 
la Revista Nacional. En ésta se publicaron el Preám' 
buloy noviembre de 1939, y los capítulos Vil y VIIÍ, 
Wilson y Las catorce Bases, en noviembre de 1941 y 
junio de 1942; en la edición de Obras completas, los 
capítulos I y II (Ariel y CaXibán americanos. La ad- 
vertencia al Presidente Monroe), en Detalles de histo- 
ria» los capítulos V y VI (A mi América española^ La 
religión de América) en Huerto cerrado y el capítulo 
IX (Democracia), en Conferencias y discursos, tomo 
III, 

El conjunto de textos a los que se acaba de hacer 
referencia constituyen, como ya se ha dicho, una uni- 
dad, tanto por su tema como por el tratamiento ensa* 

yístico que el autor dio al mismo. Habría, por consi- 
guiente, la posibilidad de componer un libro que reu- 
niera junto con Las Américas los capítulos de La pro- 
fecía de Ezequiel publicados en la Revista Nacional y 
El canto del emperador, cuyos originales se conservan 
en la Biblioteca Nacional (con exclusión naturalmente, 
de los capítulos que pasaron a El sermón de la paz 



PROLOGO 



pero incluyendo los dos. La familia románica y El 
curtió de Aegir, ingresados en la edición de Obras com* 
en el volumen titulado Detalles de historia). 
Este libro daría la visión que de la guerra de 1914 
tuvo el autor de Tabaré, Y sería, sin lugar a dudas, 
un libro importante no sólo por los puntos de vista 
sustentados en reláción con la guerra del 14 sino tam- 
bién por la riqueza de puntos de vista sobre otros te- 
mas, relacionados con el central, que el ensayista aglu- 
tina en torno a ese. 

Epilogo - RMumen 

Estos tres volúmenes de Ensayos de Juan Zorrilla 
de San Martín reúnen dos libros, El sermón de la paz 
y El libro de RutK cuidadosamente elaborados para 
su publicación, realizada en vida del autor, y un con- 
junto dé ensayos que no llegaron a constituir libros, 
aunque fueron incorporados a la edición de sus obras 
completas. De este conjunto de ensayos, cinco, Sen- 
tidos espirituales. El monólogo de Hamlet, Muerte ex- 
perimental, Segismundo y Daníe^ El misterio de la 
muerte, estaban destinados a componer un libro que, 
evidentemente, quedó inconcluso; dos, los titulados 
Sobre renovaciones y Piedras vivas, fueron escritos 
como prólogos a sendos libros; diez, entre los que se 
incluyen algunos textos, como Pensamientos, que no 
son estrictamente ensayos pero que se incorporan sin 
esfuerzo a ese modo de expresión, fueron publicados 
en revistas o permanecieron inéditos hasta su inclusión 
en la edición de Obras completas. Todos estos textos 
configuran una creación ensayística dotada de sólida 
unidad de espíritu, proveniente de las correlaciones 

XLIII 



ENSAYOS 



temáticas entre los distintos ensayos y de la identidad 
de tono que los vincula* Esa creación ensayística cons- 
tituye un mundó de ideas v sentimientos muy rico en 
inflexiones y, al inismo tiempo, muy coherente en su 
estructura total. Es, asimismo, trazo característico de 
esa creación la armoniosa conjunción de lo concep- 
tual y lo intuitivo poético: el pensar de su autor crece 
desde cánidas raíces emotivas que, sin destruir la ni- 
tidez de sus conceptuaciones, dan temperatura vital a 
sus ideas, y, a la inversa, los pasajes en que predomina 
el tono lírico se sustentan en una raíz conceptual. En 
estos ensayos, por fin, el autor expone pensamientos 
de valor universal, pero expresados desde un yo que 
hace sentir una voz personal inconfundible» Estos ras- 
gos son definitorios de la fisonomía de la labor ensa- 
yística de Juan Zorrilla de San Martin y deben dibu- 
jarse muy visiblemente st se quiere componer esa ima- 
gen total del autor de Tabaré a la que se ha hecho 
referencia en las páginas iniciales de este trabajo. 

Arturo Sergio Visca 



XLIV 



WÁN ZMRILLA DE SAN MARTIN 



Nació en Montevideo el 28 de diciembre de 18S5, hijo de 
Juan Manuel ZorrilJa de San Martín y de Alejandrina del 
Pozo. Entre 1865 y 1873 cursó estudioi en Santa Fe y Mon* 
tevideo. £n 1877 se licenció en Leyes y Ciencias Políticas en 
Chile. Hacia 1872 scj inició en la literatura. Más tarde escri- 
bió La Estrella de Chiles y publicó Notas de un himno (1877)* 

Regresó a Montevideo en 1878« contrajo matrimonio con El^ 
vira Blanco e ingresó en la magistratura. Obtuvo la Cátedra 
de Literatura de la Universidad. Fundó y dirigió: El Bien 
Público. En 1879, dio a conocer el poema La leyenda patria en 
la inauguración del Monumento a la Indepedencía (Florida). 

Bajo el gobierno de Santos, fue perseguido por su actividad 
periodística. Emigró a Buenos Aires en 1885 y participó en Iob 
praparatívos de la Revolución del Quebracho. Enviudó en 1887 
y regresó a Montevideo. Fue elegido diputado para la XVI Le- 
gislatura (1888-1891). Publicó en 1888 el poema Tabaré, del 
cual había hecho conocer fragmentos en 1883 y 1886. En 1889 
contrajo segundas nupcias con Concepción Blanco. 

En 1891 fue designado Enviado Extraordinario y Ministro 
Plenipotenciario ante España y Portugal. Con igual jerarquía 
paeó en 1894 a la Legación de París y desempeñó en 1897 
una misión especial ante la Sinta Sede. Separado de su cargq 
bajo Cuestas, regresó a Montevideo en 1898. Reasumió la direc« 
ción de El Bien, publicó Huerto cerrado (1900), y dictó la 
Cátedra de Derecho Internacional Público hasta 1904, 

Nombrado Jefe de Emisión del Banco de la República en 
1903, en él actuó desde 1905 como Delegado del Gobierno. Este 
año abandonó la dirección de El Bien, y ocupó la Cátedra de 
Teoría del Arte en la Facultad de Matemáticas. En 1907, 
el Gobierno le encargó una memoria sobre la personalidad de 
Artigas, la cual se convirtió en La epopeya de Artigas (1910), 

En 1916 fue electo para la Convención General Constitu- 
yente, representando a la Unión Cívica. Publicó Detalles de 
la hisloria ríoplatense (1917) y El sermón de la paz (1924), 
En 1925 se le tributó un homenaje nacional. Editó en 1928 
El Libro de Ruth y falleció en Montevideo el 3 de noviem* 
bre de 1931, 

Fuera de los títulos mencionados, Zorrilla de San Martín 
publicó en vida las siguientes obras: El Bien Público, Diario 
Católico (Mont, 187B); ¡ Jesuítas! por Paul Feval y ¡Jesuítas^ 
por Imn Zorrilla de San Mardn (Mont. 1879); Ofelia (Mont. 
1830) ; Descubrimiento y conquista del Río de ¡a Plata (Ma* 
dríd, 1892); Re9onancíai del Camino (París. 1896);Con/eren- 
rias y discursos (Mont. 1906); Discurso del Monumento (Mont. 
1923); Híspano americanismo (Mont. 1923); Obras completas 
(Mont. 1930). Luego de su muerte han aparecido: Las Améri" 
cas CMont. 1945) ; Maris SteU<f <Mont. 1951) y Discursos, ar- 
tículos y notos de Derecho Internacional Pubtieo (Mont. 1^5). 



XLV 



CRITERIO DE LA EDICION 



Ha sida expuesto por el Sr. Arturo Sergio Viaca én el E^í- 
ItKgo-Rbsumen de su Prólogo. Se ha actualizado la ortografía. 



r- 



ENSAYOS 

EL SERMON DE LA PAZ 



EXORDIO 



CAPITULO I 

EL ALMA DE LAS COSAS 
I 

Llevaron, dicen, a Bernardino de Saint Fierre, el 

autor de "Pablo y Virginia", siendo niño, del campo 
en que se había criado, a la ciudad, por la primera 
vez. 

Cuando estuvo Junto a las torres de la iglesia, lo 
vieron mirar hacia arriba embelesado. ¡Cómo vuelan!, 
oyeron que decía . . . 

No eran las torres, aunque alguien pudiera creerlo, 
lo que volaba y llamaba su atención; eran las golon- 
drinas que, en torno de las veletas, daban vueltas en 
el aire, o ee posaban, una al lado de otra, en las altí- 
simas cornisas. El niño campesino no veía en las torres 
otra cosa que un nuevo elemento de relación, para 
apreciar la belleza y la alegría de los pájaros, sus ami- 
gos, sus recuerdos. 

No es otro el objeto, si bien se mira, y si alguno 
tienen, de las bellas cosas visibles que no nos despier* 
tan sensuales apetitos: el conducirnos al goce de las 
invisibles que alimentan de vuelos el alma humana. 
Esta, a diferencia de la del bruto con sus cinco senti- 
dos corporales, cuenta con una especie de sexto sen- 
tido, el estético, la vista de lo recóndito, el oído de lo 
inaudito, por cuyo mayor o menor desarrollo se mide, 
me parece, el grado de perfección de un organismo in- 



4 



[3] 



JUAN ZORBILLA DE SAN MARTIN 



teligente* Ese sentido se encuentra, no muy desarro- 
llado^ pero sí muy puro, en el niño* porque ciertos 
deseos no han despertado en él. La persistencia de la 
niñez en la vida es el poeta, el artista, cuyas obras 
tienen por objeto el darlo a aquella nobiUsinia facul- 
tad; despertarla si está latente, estimularla o desarro* 
Haría si ha aparecido- Ella es lo intermedio entre lo 
sólo espiritual y lo sólo material; vigoriza, aun en el 
orden sensible, la diferencia entre el hombre y el 
bruto. El hombre es el solo animal que tiene necesidad 
de lo superfluo, que no ha de confundirse con lo frí- 
volo- 

Por ahí se podría llegar, si no me equivoco, al ver- 
dadero objeto moral del arte, que bien puede ser, entre 
otros» el de atenuar nuestros apetitos groseros, con la 
revelación de otros deleites, capaces de hacer amable 
la vida; el de hacernos advertir las golondrinas que 
salen de las torres, hasta presentarnos como insignifi- 
cantes las torres mismas, por altas que sean; el de im^ 
pedir que el niño que muere paulatinamente en el hom- 
bre se muera del todo antes que nosotros. 

La compasión que nos inspira nuestro semejante 
que carece de uno de ios sentidos comunes, el sordo, 
por ejemplo, el ciego sobre todo, puede servirnos para 
apreciar la piedad que despierta en los elegidos el su- 
jeto incapaz de percibir y gozar aquellos goces» Está 
privado de lo mejor de la vida; es un mutilado. 

Los animales, que sólo viven para buscar la propia 
conservación y la de su especie, carecen por completo 
de aquella facultad; no miran las encinas a cuya som- 
bra caminan, ni la proyección del encinar sobre el 
cielo azul; desean sólo y comen las bellotas, que re- 
conocen por el olfato. Por eso los animales, entre los 
que hay artesanos, excelentes, no tienen artistas: por- 



ENS AYOS 



que no perciben el alma de las cosas, ni crean, por lo 
tanto, los signos de revelarla, para hacer a los otros 
participante» de sus propias visiones. Que no otra cosa 
es el artísta: el que nos toca el hombro, y nos hace 
advertir lo invisible; lo que miramos sin ven 

Como los animales no tienen fantasía, no saben de 
remordimiento, ni de virtud, ni de honor. En el sim- 
ple instinto no cabe la abstracción, el vuelo» porque 
el alma puramente instintiva vive y muere o se di- 
suelve con el organismo, según su naturaleza. Todos 
sabemos que la naturaleza de un ente se conoce por 
sus operaciones, y que éstas se distinguen por su ob- 
jeto. Eso fue dicho la primera vez, si no me equivoco, 
por el filósofo griego; pero hoy es axioma de la filo- 
sofía perenne* El alma humana j como nadie lo ignora, 
conoce y quiere cosas inmateriales, espirituales, por- 
que ella lo es; una cosa o sustancia espiritual, capaz 
de operaciones que no se conciben en la sola materia. 
El bruto no puede percibir talts objetos o existencias, 
ni, por consiguiente, amarlos ni odiarlos. No es reli- 
gioso, ni artista, ni nada parecido. No hay en él natu- 
raleza para tales fundones; no hay sujeto para tal ob- 
jeto, como no lo hay en el hombre grosero para per- 
cibir las golondrinas de las torres, ni la pureza de las 
cosas desnudas. Los hombres en que toda niñez ha 
sido extirpada no perciben los cantos de los aires; 
huelen la estatua; arrancan con los ojos los graciosos 
pliegues que envuelven la belleza para revelar su miste- 
rio; comen carne de alondras. 

II 

Y bien: buscaremos algo de niñez en nuestras mi- 
radas. 



[5] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



En un extremo de Montevideo, mi ciudad natal, so- 
bre el Río de la Plata, en una pequeña punta llamada 
Punta Carreta o Punía Brava, tengo yo un pedazo de 
terreno, que adquirí, cuando aquello era un desierto, 
por poquísimo dinero. Lo he cultivado por mí mismo, 
lo cavo, lo riego, y le llevo arbolea vivos y semillas. 
Hasta puede decirse que yo he hecho esa tierra, como 
el holandés la suya, porque le he sustituido^ en gran 
parte, la ¿rena y la conchilla de que estaba formada 
por tierra negra vegetal. 

Sólo yo sé la influencia de ese solar sobre el úl- 
timo tercio de esta mi vida que voy viviendo; por él 
he sabido de las estaciones, y del beneficio de las llu- 
vias, y del brillar de las estrellas en su plenitud; mu- 
chos matices del año hubieran pasado inadvertidos 
para mí sin el; no me daría cuenta del momento en 
que florecen los árboles y cuajan los frutos; éstos, 
completamente muertos, me servirían sólo para comer. 

Por él, en cambio, las tristezas de las plantas me 
dan tristeza, y puedo así, con cierto derecho, compar- 
tir también sus alegrías, como si fuera un hermano: 
una cabeza de cardo caída sobre el pecho nos parece 
una persona; una mangana a medio madurar, arran- 
cada por el viento, nos da idea de una hermosura in- 
sepulta; uno la recoge, la mira con pena; no se re- 
suelve a dejarla en eí suelo para nadie; se piensa en 
las hormigas, en los pájaros, en alguien que pueda 
quererla. 

La casa que allí he construido no es grande, y es 
también de muy poco precio; pero como está dada 
de blanquísima cal, puede, por su color de porcelana, 
satisfacer, me parece, el gusto más exigente. Es per* 
fectamente amable, dígase lo que se quiera, con sus 
inocentes líneas, y sus techumbres ingenuas. 



[6] 



ENSAYOS 



Nada puede darse de más insignificante que esa mi 
casa; pero no lo es para tni, por cierto. Como el te- 
rreno con ia naturaleza, esa obra de arquitectura me 
pone en contacto también con ella, con la naturaleza* 
y me habla familiarmente del arte más propicio a in- 
corporarnos a la tierra que habitamos. Y si alguien 
dijera que no es el caso de hablar de arquitectura 
cuando se trata de una casa dada de cal y con techum- 
bre de tejas coloradas, ese dictamen no tendría maldito 
mi asentimiento; juzgo, por el contrario, que es la 
c«casión más propicia para hablar de arte, si, como yo 
lo creo, el arquitectónico no es otra cosa que la ex- 
presión sincera del objeto de una construcción, im- 
presa en su íorraa sensible, según los materiales de 
que se ha dispuesto, y que no hay por qué ocultar. Su 
enemigo mortal es lo enfático, lo superfluo engañoso, 
que, como la cascara de una fruta puesta en otra, es- 
conde^ en vez de revelar con gracia decorativa, la vid.*i 
interior, o denuncia la falta total de vida. Nadie deja 
de distinguir un edificio muerto de \xno vivo, aunque 
ambos sean recientes y estén habitados. La naturaleza 
no es lujosa; las estrellas son pobres; la vida es gra- 
tuita. 

Otros han dicho ya, en otra forma, más o menos 
transparente, mucho de esto que yo digo, no lo dudo; 
pero lo que yo quiero expresar aquí de personal es el 
deleite que a mi me causa la idea de que aquello de 
que gozo y me satisface es barato, sin valor venal o 
poder de cambio; casi gratuito, como el aire del cam^ 
po y la luz de la luna. No lo tengo para cambiarlo, 
sino para mí, y para los demás, que es el objeto de la 
propiedad: mío, no quiere decir sólo para mL Yo pa- 
garía mucho dinero por tener cosas baratas, produ- 
cidas por mi ingenio, sin dinero, salvando de la des- 

[7] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



trucción lo que parece inútil, un pedazo de madera, 
una herradura, un cajón vacío, mientras dejo pasar 
sin pena de mis manos a las ajenas los grandes valo- 
res. Hasta llego a creer que es perdido para mí todo 
lo que no doy. Es acaso el defecto de mi vida: del 
predominio del sentido estético, casi identificado- con 
el religioso, sobre los otros instintos y facultades; 
tengo la avaricia de lo que no vale; la tacañería de lo 
que no quieren los otros. Y el menosprecio, en cam- 
bio, acaso irracional, de lo que otros buscan como 
objeto de la vida, y que les cedo ¡qué le hemos de 
hacer! sin resistencia ni pena, y sin llevar cuentas. 

rir 

¿Dónde encontraré la poesía? me preguntaba una 
vez irónicamente un cierto buen hidalgo particular, 
que desdeñaba el arte« 

¡Oh, señor mío!, le decía yo" con sinceridad; la 
encontrará usted en todas partes o en ninguna. 

La belleza, efectivamente, la dicha relativa, única 
accesible al hombre, está junto a nosotros, nos toca 
la cara. Creemos que la felicidad y la belleza son algo 
extraordinario, que está siempre allá, del otro lado; 
que debemos encontrarlas en forma de un grande y 
pesado lingote, sin advertir que, reducidas a polvo de 
oro, las tenemos bajo nuestros pies. Es preciso dete- 
nerse a recoger polvo, pues. Sólo el reposo es el pro- 
genitor de lo bello, y es inseparable de la dicha. Si 
lloras por el sol, no verás las estrellas^ dice el poeta. 
Entre el sol de hoy y el de la mañana está la noche 
esti^ellada. 

La felicidad, sin embargo, es una cosa hecha de 
tantas piezas^ que siempre falta alguna que se ha per- 
dido; no hay que contar con ella en absoluto. 



[8] 



ENSAYOS 



Y asi la belleza, que ni siquiera nos es dddo definir 
COTI alguna precisión. Acaso pudiera decirse que es 
un recuerdo que tiene el alma del país en que nació, 
de su vida anterior a la materia. Y todas las almas 
proceden de ese país lejano; todas son compatriotas. 
Y lo serán tanto méís, cuanto más recuerden la región 
nativa, que no es otra cosa que la mente de Dios. 

El arte es realización de esa belleza, como sabemos, 
por medio de signos sensibles: color, forma, sonidos, 
palabras; pinhura, escultura, música.,. Son bien no- 
torias, fuerza es confesarlo, las discrepancias de los 
hombres al respecto; imos creen bello lo que los otros 
feo; pero así como existe una conciencia universal so- 
bre lo bueno y lo malo, no e$ posible dejar de reco- 
nocer una conciencia estética, que es, a la sensibilidad, 
lo que la ley natural al entendimiento. La belleza es 
la verdad; y la verdad en las cosas es el carácter. Ob- 
tener el carácter de un hombre feo es hacer cosa bella: 
Velázquez y sus enanos o sus bobos. 

La virtud moral no consiste tanto en realizar sonantes 
actos heroicos, cuanto en cumplir los deberes habitua- 
les, que pueden dar ocasión a pequeños heroísmos. £1 
cultivo de la virtud estética no es tanto la realización 
o el goce de valiosas obras de arte, cuanto el esfuerzo 
por saber hallar lo bello en todo cuanto nos acompa- 
ña. El hombre no puede vivir sin grandeza, y ella tiene 
que estar a nuestro lado, como los demás elementos de 
existencia. Todo puede ser grande; todo lo es. La mú- 
sica sinfónica; la escultura, la pintura son incidentes 
de nuestra vida, y propiedad sólo de algunos; pero 
todos somos dueños de la belleza difusa, de la armonía 
G el orden que sale de las cosas que nos rodean, entre 
las cuales estáj en primer término, como el canto de 
los pájaros, la casa que habitamos; ésta será tanto 



[9] 



JUAN ZORRILLA DiS SAN MARTIN' 



más artística cuanto más hecha para nosotros mismos, 
para cada uno de nosotros, no para todo el mundo* ea 
decir, para nadie* 

La casa no debiera ser, efectivamente, el individuo 
de un rebaño, que no deja de ser tal rebaño por estar 
compuesto de borregos de tipo convencional aristocrá* 
tico, y de grandes carneros de la familia; ella será^ 
por el contrario, tanto más bella cuanto más tenga de 
la del caracol, hecha de la propia sustancia, voluta 
perfecta. Debiera^ como ésta, nacer con su dueño, pa- 
recérsele, crecer con él y aun sobrevi virio, como el te- 
jado de la tortuga, que sirve de vivienda a las crías. 
La permanencia de la casa no se obtiene con dinero. 
La del millonario desaparece, y queda la del aldeano* 
Y hay más de nosotros mismos en nuestra casa que 
en nuestro sepulcro. 

Algo de eso tiene, o ha querido tener mi casita de 
Punta Brava, cuya historia es casi la mía, la de mi es- 
píritu. Comenzó por sus cuatro paredes y su techo de 
zinc; era todo cuanto yo podía hacer cuando la hice; 
era todo lo mío. No carecía de interés, con sus dos 
ventanillas y su graciosa solana o soportal de madera 
sobre la puerta; pero le faltaba estatura: no veía casi 
nada a su alrededor, Y la idea de darle el órgano de 
la visión nació de su propia naturaleza* Así nace el 
concepto de torre o atalaya. Una pequeña habitación 
saliente que tenía adosada creció por sí misma; con 
levantarle las paredes, hacerle en lo alto un pretil o 
parajjeto almenado, y abrirle un agujero ojival que 
diera luz a la habitación superior, la torrecilla apareció 
airosa y robusta como la que más. Y perfectamente 
Util, por cierto, y razonada. Proyectada sobre el azul 
del mar, ella me recoge la porción de sol que a mí me 
toca en el universo. No necesito más para la vida, y 
queda sol de sobra para todos los vivientes. 



[10] 



ENSAYOS 



Otro día, como se demoliera por su nuevo dueño la 
vieja y amplia casa que fue mía, y que construyó hace 
casi un aiglo, el bisabuelo de mis hijos, procer de la 
primera patria, obtuve una de sus puertas, y la hice 
entrada de mi casa« Se ajustó a ella a maravilla; sirve 
para entrar y salir; pero, sobre todo, para recordar y 
estar en reposo, viendo cómo corre el tiempo y se di- 
sipa. Y para hablar también, si a mano viene, de la 
historia de ésta mi buena tierra del Uruguay, que, sin 
ser tampoco muy grande, lo es bastante para llenar mi 
corazón, es decir^ para ser la más grande de las patrias, 
pues sólo ella puede hacer eso, que no es poco: llenar- 
me el corazón» 

El día en que aquella construcción, con sólo crecer, 
hubo de cobrar su fisonomía definitiva y revelar una 
intención o pensamiento arquitectónico, llegó también. 
Se le agregaron entonces, a un lado y a otro, dos cuer- 
pos cuadrados de edificio: bajo el unoj con su chime- 
nea; alto el otro, con su tosco balconcillo de madera 
y su cobertizo de tejas en el ángulo, como las casonas 
montañosas; se corrió entre ambos cuerpos un portal 
de tres arcos lisos, de medio punto; se cubrieron los 
techos de tejas coloradas; se utilizaron viejas puertas 
y ventanas conocidas, azulejos arrancados a casas de- 
molidas de la ciudad antigua, alguna alacena de laa 
que se empotraban en el espesor de los muros» rejas 
desdeñadas auténticas, y otros materiales inservibles* 
Cobró así todo aquello el carácter de casona española 
que hoy tiene; pero no como simple fantasía, como 
hubiera podido cobrar el de un chaUl suizo o el de un 
vilüno italiano, comprados con dinero, sino como ex* 
presión de su vida interior, como la casa del caracol, 
hecha de vida y de recuerdos. Esta misma descripción 
de mi casa colonial, más que una descripción, es toda 



[U] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



una doctrina, como se ve: es la que informa este libro 
o sermón caritativo, que quiere hacer amable lo pro- 
pio, sin odio a lo ajeno y sin envidia; que ofrece algún 
bienestar a quien con recto corazón lo lea. 

Esa es la historia, pues, digámoslo así, de mi cas- 
tillo. Y cotno, sobre ser obra no de dinero anónimo 
sino del ingenio mío y de los míos, está lleno de re- 
cuerdos tristes y alegres de algunos años, puedo lla- 
marlo mío, como los recuerdos que lo habitan y le son 
inseparables^ mientras no sea ¡ay! demolido por algún 
nuevo dueño del terreno, cuando éste deje de ser tierra 
para ser ciudad, y valer mucho dinero destructor. 

Ese nuevo dueño embellecerá el barrio, agregando 
SU casa al rebaño arquitectónico que por allí caminará 
en larga hilera; las construcciones, atrailladas^ recos- 
tadas las unas a las otras, tendrán entonces sus peri- 
nolas o grandes trompos de metal estampado, sus tapas 
de sopera a guisa de cúpula suntuosa que nadie ocu- 
pará, sus puertas por las que nadie entrará, y sus ven- 
tanas de invierno (how Windows) para verano. No le 
faltarán sus columnas, que no soportarán peso alguno, 
y sus ménsulas o repisas de fino material y extraña 
forma historiada. 

No será todo eso regulado por el gusto o la concien- 
cia estéticos, sino por otras facultades que los sustitu* 
yen: el prurito de ostentación que lisonjea la sensibi- 
lidad mental, que no es la estética; el deseo de copiar 
al vecino y superarlo si es posible, y demás análogas 
extravagancias* Pero no hay tampoco por qué mirar 
con ojeriza esas humanas debilidades de que todos su- 
frimos, quien más quien menos. Los demoledores o 
restauradores de mi torre podrían ser mis propios nie- 
tos, sin ser por eso dignos de vituperio. Que el hombre 
es más hijo de su tiempo que de su madre. 



[12] 



ENSAYOS 



IV 

Pero si mía es la casa, lo son^ sobre todo, los árboles 
que allí he plantado, y. regado, y defendido de las abo- 
minables hormigas. Sí, muy trabajadoras y ahorrati- 
vas, las hormigas; son pueblos industriales y fuertes, 
los hormigueros; naciones conquistadoras. Pero no son 
los cultivadores de frutos y legumbres, a buen seguro, 
quienes les consagran fábulas apologéticas, con menos- 
cabo del honor de las cigarras cantantes» La inerme* 
cigarra no atesora, efectivamente; vive sólo del sol, sin 
quitárselo a nadie, como vive de sombra y de humedad 
el sapo, criatura también buena, y amable y musical, 
objeto constante, sin embargo, de desprecios y perse- 
cuciones de lo más injusto que conozco, por parte de 
los muchachos, sobre todo, sin duda porque no corre 
ni muerde* Ese pobre sapo es, como la cigarra, inofen- 
sivo, indefenso, benéfico; su voz de oboe coreada por 
las castañuelas de plata de las ranas que piden agua o 
la agradecen al cielo, y por el trémulo grito de los 
grillos, es una de las voces respetables de la naturaleza ; 
hay un momento en ésta caracterizado por la voz del 
primer zorzal, y lo hay señalado por la del primer sapo. 
Son dos notas fundamentales de la grande orquesta. 
La misma enigmática figura del sapo, aunque lo vemos 
generalmente en cuclillas, en actitud de ídolo suplí- 
cante, no carece de cierta dignidad. Muy pocos le han 
observado los ojos resignados y pacientes; que, a ha- 
berlo hecho, no lo mirarían con tanto desvío y antipa- 
tía* Bien pudiera ser un ente superior, un príncipe con- 
vertido en fea bestia, en castigo de algún pecado de 
amor impuro, el desventurado sapo. 

Hay entre esos mis árboles algunos de singular mé- 
rito; los ombúes que allí tengo, por éjemplo, ocho o 



[131 



JUAN ZOHRII-LA DE SAN MARTIN 



diez, son magníficos. £1 ombú, dicho sea de pag!o, es 
el árbol que yo prefiero, no sólo por ser el que con más 
pasión se abraza a su madre, y madre mía, la tierra en 
que ambos nacimos; no sólo por su opulenta forma, 
sino porque no se come; no despierta apetitos; no e9 
maderable; ni siquiera sin^e para el fuego, Pero nos 
da sombra, el mejor fruto del sol. nueglro mejor ami- 
go: sombra. 

No es esto decir, claro está, que yo no estime en lo 
que valen los árboles frutales que allí cultivo; los pe- 
rales, pongo por caso. Los hay, plantados por mí, que 
han producido hasta una docena de peras, y aún más, 
perfectamente maduras, como hay higueras que han 
dado sus higos, y algunas palmas ron su gran racimo 
de cocos, que^ sí bien un poco agrios, fcocus campes- 
tris) tienen una piel amarilla azucarada, muy buscada 
por las avispas. 

No pueden faltarme las flores, por supuesto; pero, 
para no caer en prolijidad de mal gusto, sólo mencio- 
naré las enredaderas, cuyas campanillas azules se abren 
por la mañana, y se cierran cuando anochece. Las ma- 
dreselvas, sin embargo, que respiran en las tardes de 
verano y las llenan de olor a miel de abejas, deben ser 
aquí también recordadas, porque son, para mí, las flo- 
res por excelencia, Y mucho más cuando su olor se 
mezcla al de los jazmines. Hablo de los del país, de los 
jazmines blancos, de los fríos que vuelan en la planta, 
y que parecen estrellas de muselina ; no de los llamados 
del Cabo, carnosos^ neurálgicos, casi comestibles» 

Las tardes realmente bellas son ésas: las que huelen 
a madreselva ; por ellas he llegado a creer en este nues- 
tro pobre sentido del olfato, tan desacreditado por al- 
gunos. Y no hay para tanto. Que si bien está en lo 
cierto quien afirma que ese sentido tiene mucho de 



[14] 



ENSAYOS 



contacto material, y no la pureza de la vibración so- 
nora, no es tan irracional como pudiera creerse la ana- 
logía entre una ráfaga de madreselvas y una melodia 
de Bellini, que, al caer de la tarde, sale, de un piano 
desconocido, por una ventana abierta en lo alto. Yo 
concibo perfectamente un poema hecho de olores; el 
de la madreselva me trae vuelos de risas en el aire, vo- 
ces de niños que juegan antes de irse a dormir; el de 
las azucenas parece cantar la Salve en mi memoria, 
como una voz de annonium. 

V 

El paisaje natural que allí me rodea tiene todo cuan» 
to es dado desear: nitidez de dibujo, riqueza y armonía 
de tonos, luminosidad, expresión definida. £1 Rio de 
la Plata^ que ocupa todo el horizonte y se Uega con 
sus aguas hasta mi puerta, es el protagonista, como no 
puede menos, de mi drama de color. Es una fiesta de 
los ojos ese nuestro río como mar de los indígenas. El 
\erde azulado, que es su tono ordinario, se transforma 
y tornasola, pero sin que el agua pierda su fluidez, ni 
olvide su terrestre procedencia. Unos días predomina 
en él el verde esmeralda; otros el azul cobalto; nunca 
el ultramar del Océano, o el lapizlázuli del Meditcrrá- 
neof que parecen resistir todo abrazo afectuoso con los 
verdes y los ocres de la tierra, a la que no reconocen 
como madre; son hijos de la infinita transparencia. 
En el Plata, hijo de las ausentes montañas, todo es ate- 
nuado: los tonos y el movimiento, los peñascos y las 
olas. La proyección del verde de los árboles, del ver- 
dinegro de los eucaliptos, entre otros, sobre aquel azul, 
forma una armonía de color, uji color interno, como 
no he visto en otra parte. 



[15] 



JUAN ZORRILLA DE SAI^ MARTIN 



Las corrientes, o los vientos, o los reflejos del cielo 
lo parten, en los días serenos, en simétricas franjas, 
como largas piezas de distintas telas de seda, o la po- 
nen añadidos irregulares; la luz lo siembra de estelas 
con sus lentejuelas chispeantes de acero; las olas saltan 
sobre su superficie, como salidas del aire. Creo que yo 
distinguiría entre mil el color de esas aguas, la forma 
de esas olas, la temperatura de esos vientos. 

Nuestro suntuoso estuario recorta sus perfiles en la 
dentellada costa de piedras negras, y forma como el 
relieve de un mapa continental: las ensenadas^ los pro- 
montorios, las islas. Cuando el mar baja, (nosotros 
llamamos indistintamente mar o río a nuestro Plata) 
cuando el mar baja, las piedras que deja en seco alter- 
nan con las lagunas saladas y con los pastos; cuando 
crece, todo queda en el agua verde ondulante ; las rocas 
más salientes aparecen y desaparecen, como cabezas de 
náufragos. 

Esas costas, que, en dirección al Norte, se extienden 
hasta perderse en una punta lejana^ terminan hacia el 
Sur, muy cerca de mi casa, en el pequeño promontorio 
de Punta Brava, casi aislado, sobre cuyas rocas acanti- 
ladas se yergue muy graciosa la redonda torrecilla del 
faro, con su linterna amiga; algunas rocas negras, con* 
tinuación submarina de la punta, salen del agua a al- 
guna distancia, y a ellas de llegan las espumas y las 
gaviotas. 

El cuadro es noble y transparente por dondequiera 
que se le mire: una acuarela de tonos ocres y violetas, 
que pudiera borrarse con una esponja. Una gaviota 
blanca^ qtie se abre sobre el cielo azul, basta para ani- 
mar el aire, como si fuera una palabra; el amable pá- 
jaro se acerca silencioso, permanece a pocos metros 
de nuestras cabezas, nos deja ver bien su cuerpo mode- 



[16] 



EN S AYO S 



lado en algodón, los movimientos de su cabeza triangu- 
lar terminada en largo pico amarillo, sus ojos como 
cuentas de vidrio. Una hilera de negros patos marinos, 
zaramagullones, {biguás les llamaban los indígenas) 
pasa de vez en cuando, apresurada, con rumbo desco- 
nocido, como una procesión de cruces de hierro que 
agitan los brazos escuetos; con los cuellos de tortuga 
extendidos, se dijeran estilizados, escapados de los cuar- 
teles de un blasón heráldico. La voz de un chingólo 
que hace sus gárgaras sonoras, terminadas en un que- 
jido, o la de una ratonera^ especie de juguete mecá- 
nico que hace sonar sus pequeños besos en semicor- 
cheas, y salta, más que vuela, entre los alambres del 
cercado, bastan, con el grito de algún hornero^ para 
dar su voz a este paisaje de simplicidad encantadora, 
tachonado en verano de golondrinas, que persiguen la 
propia invisible sombra en el aire. 

Con sólo andar doscientos pasos hacia el Sur, y des« 
puntar la colina que defiende mi casa de los vientos 
del Oeste, se llega a la punta del faro. A medida que 
se adelanta, la ciudad, que está detrás de esa primera 
cuesta, va saliendo del extremo de la segunda, prece- 
dida de su Cerro; la sorprendemos, pues» de espaldas, 
ocupada en mirar hacia ese Cerro o pequeño monte que 
le da su nombre, Montevideo, y que a su vez la mira 
de frente, bahía por medio. 

No gozamos del aspecto de anfiteatro que distingue 
a nuestra ciudad, tan alabada de esbelta; pero la colina 
que por este lado desciende al mar no es menos armo- 
niosa, con su blanco caserío que se dijera pintado so- 
bre su espalda, y que se desgrana a medida que baja 
a la orilla: el cementerio que asoma sus cipreses detrás 
de las tapias, una cúpula redonda, torres finas y chime* 
neas allá lejos, el horizonte gris azulado, por fin. , . 



[17] 



CAPITULO II 



LA IBEA DE PATRIA 
I 

¡Cómo vuelan!, decía el niño campesino, cuando 
veía por primera vez las torres da la ciudad* 

Y lo que volaba no eran las torres; eran las golon- 
drinas, que parecían salir de ellas* 

Nosotros, en presencia de nuestro paisaje, oiremos 
el vuelo de lo que canta más allá de las gaviotas y de 
las golondrinas; el de las ideas que salen también de 
tod^ las cogas, como el pensamiento del universo. 

No hay tal pensamiento del universo, sin embargo; 
sólo el hombre piensa entre las criaturas visibles. Lo 
que yo encuentro en la naturaleza no está en la natu- 
raleza; está en mí mismo, sin que esto sea poner en 
duda la realidad objetiva, por supuesto. Es otra cosa. 
Llevamos en nuestra fantasía la mañana y la noche, la 
primavera y el invierno^ la voz del trueno y la del pá- 
jaro. Y las palabras insondables» y las ciudades desha- 
bitadas, y los desiertos llenos de voces. 

Afirmar que los objetos son tristes o alegres porque 
nos producen tristeza o alegría, es como suponer que 
tienen memoria porque nos despiertan recuerdos» jLa 
memoria de las cosas, de los colores, de los sonidos ! 

La alegría de la oscuridad es la risa de un ciego ; la 
tristeza de la luz es el llanto de un niño diáfano ; la in- 
fluencia de las cosas en nosotros es la memoria del uni- 



[18] 



ENS AYOS 



verso de que íonnamos parte. Que uno no se acuerda 
más que de sí mismo» en resumidas cuentas. 

La expre&ión ¿es acaso memoria? ¿E» memoria el 
arte, por consiguiente? Pueden ser: memoria de cosas 
interiores, no sentidas. 

Cuando en nosotros no hay paz y alegría, las cosas 
no son nuestras amigas; no nos acompañan. Se llenan, 
en cambio^ de serenidades, y de pensamientos caritati* 
vos, y de consejos, cuando les damos la resignación 
de nuestras almas. 

Cuando no hay alegría, dice un hombre bien pen- 
sado, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo, 
y hace de él su cubil. De cuando en cuando, da un 
aullido lastimero, y enseña los dientes a las cosas que 
pasan. . . 

Y además, cuando no hay alegría, creemos hacer un 
atroz descubrimiento: percibimos, con extraña eviden* 
cia, la línea negra que limita cada ser, y lo encierra 
dentro de sí mismo, "sin ventanas hacia afuera"... 
Ese es el descubrimiento que hacemos por medio del 
dolor, del fíbico sobre todo, como por medio de un 
microscopio: la soledad de cada cosa. Seguimos^ con 
la mirada, la espalda curva, rendida, de cada cosa, que 
sigue a su vez su trayectoria solitaria. 

Es lo contrario de eso, efectivamente, lo que yo he 
sentido y siento habitualmente, ante el paisaje que miro 
largas horas desde mi torrecilla: siento "la sociedad de 
las cosas''. Ellas también, las cosas, sin excluir las es- 
trellas, han nacido, como los hombres, y como las na- 
ciones, para vivir en sociedad, no me cabe duda. 

Hermano lobo, hermano sol, hermana agua, herma- 
no fuego, decía San Francisco, el pobrecito de Asís. 
San Francisco de Asís no estaba nunca solo; la oscu- 
ridad, como la luz, era su hermana. 

5 



JUAN ZOHRILLA DE SAN MARTIN 



Lo que es "propiedad'^ en el agua que busca su nivel, 
es "instinto" en el pájaro que busca materiales para el 
nido, y es "facultad'^ en el hombre que anhela el bien- 
Propiedades, instintos, facultades, he ahí las potencias 
de este inmenso organismo de la creación, sociedad de 
cosas visibles e invisibles, hechas por Dios las unas 
para las otras, y todas para gloría de su nombre* 

Nada en la naturaleza está aislado, efectivamente, 
por más que sea la unidad el manantial de todo: la 
unidad, lo entre ¡as cosas. No hay raya negra en los 
contornos de los objetos; todo se auxilia y compenetra 
en el ambiente de luces y sombras; los reflejos de unas 
cosas en otras, de las visibles y de las invisibles, for* 
man la armonía de las esferas, que es la paz. Darse 
cuenta de que Dios no ha sido menos bueno al darnos 
la sombra que al darnos el sol es la sabiduría. Si así 
como ponemos un poco de agua en nuestro vino, 
aceptamos un poco de dolor en nuestra dicha, la 
hacemos más sana, por más en annonia con el universo, 
y máa soluble en la dicha, siempre relativa, de los de- 
más. No desentonamos; no trazamos las rayas negras 
de la tristeza y de la negra envidia. El hombre bueno 
y generoso, cuando es muy feliz^ debe mentirse endeu- 
dado y casi avergonzado ante los que sufren. El dolor 
ajeno es el deleite de los perversos; la suprema diver- 
sión del hombre pagano fue siempre el espectáculo del 
dolor y de la muerte de su semejante, 

II 

Nadie ha dejado de traslucir, sin embargo, en mi 
amor ingenuo a mi paisaje y a mi casa rústica, el pre- 
dominio, en mi vida psíquica, de un sentimiento que, 
como las golondrinas, alrededor de las torres, se ve 



[20] 



SKS AYOS 



volar en torno de todo esto, y que se relaciona con esa 
sociedad de todas las cosas de que tratamos; hablo, 
claro está, del amor a la tierra en que uno ha nacido, 
y que es la casa de la Patria; del propósito de estilizar 
su bellezai y de hacerla amable del mayor número, y 
respetada. 

No es otrOj efectivamente, el propósito que me con^ 
duce al detenerme tanto en estas frivolidades; hacer 
sensibb el concito verdadero de patria y de patriotis* 
mo, que, si es realmente una virtud, y no un feo vicio, 
tiene que ser una cosa muy distinta de lo que general* 
mente se cree. El problema de la guerra no tiene más 
solución que ésa: la depuración evangélica del con- 
cepto de patriotismo. 

Ese sentimiento de patria, o tena patrum, o patri- 
monio colectivo, existe en el fondo de todo amor hu- 
mano a la naturaleza; radica en él quizá. El universo 
se divide para el hombre en dos fracciones: la patria 
de un lado, todo lo demás del otro; pero sin que exista 
entre ambos la raya negra. Ese concepto de patria, con- 
tinuación o ensanche de la propia casa habitada por 
los recuerdos, es, a mi juicio, el solo verdadero. Como 
mi solar de terreno es tanto más amable cuanto más 
cultivado por mi mano, la patria es tanto más patria 
cuanto más la hemos servido y honrado con nuestro 
amor, o ungido de nuestro dolor. Su historia es la de 
mis árboles; su bandera nos recoge todo el sol que el 
universo produce para nosotros. El resto ahí se quedar- 
es de los demás vivientes; para las oirás banderas. Y 
no lo necesito para ver bien los colores de la mía, y 
sentir la vida en su plenitud. 

Ese amor, '^elevado del rango de sentimiento al de 
virtud^\ es lo que se Uama patriotismo; hecho pasión 
desordenada o irracional, es el vicio colectivo que he- 
mos de extirpar. 



[21] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Bien es sabido que algunos innovadores (Tolstoi ea 
su más sonado intérprete) dice que el patriotismo "es 
sentimiento egoísta, inspirador de guerras, y destinado 
a desaparecer, para ceder su puesto al sentimiento de 
fraternidad universal"; pero esos han tomado por pa- 
triotismo lo que no es tal cosa; han visto en él un sen- 
timiento principalmente negativo o de exclusión, siendo 
asi que ea esencialmente positivo^ de solo amor» La 
ciencia no tiene patria, le decían una vez al francés 
Pasteun No, no tiene patria, contestaba él; pero los sa- 
bios sí. ¡Quién me diera ser sabio, digo yo, ser grande 
entre los hombres, para que mi patria me tuviera! El 
mundo entero no me importa tanto* 

No es otra la causa de por qué "no se es profeta de 
su patria". Nada más puesto en razón, ni más ocasio^ 
nado a la virtud del patriotismo. El amor de la propia 
tierra, el de los hombres que la habitan, nuestros pró- 
ximos hermanos, es y debe ser el más precioso, el más 
caro por consiguiente; el que ha de conquistarse, por 
lo tanto, con mayor esfuerzo, y a costa de mayores 
contratiempos. No te irrites, pues, contra tu patria, 
porque te dé ocasión de ser fuerte, es decir, virtuoso. 
Merécela, si la quieres* 

III 

Uno tiene necesidad, no cabe duda, de concentrar la 
tierra, para hacerla objeto de su cultivo espiritual, en 
un pedazo de su habitable superficie* ¿Has de romper 
todo el planeta con tu arado? 

Y como el de la tierra, uno concentra y cultiva el 
amor al hombre en el que profesa a los que le son más 
próximos o parecidos, y le están ligados por el amor 
común a las cosas, y por las comunes cualidades y de- 



[22] 



ENSAYOS 



{ectos. Sólo por ahí se va al amor a la humanidad, y 
hasta al amor a Dios. Si no amas a tu hennano a quien 
ves, dice Juan, el Evangelista» ¿cómo amarás a Dios, a 
quien no vea? 

Los hombres buenos hablan de su tierra como de 
una parte de sí mismos. Los hijos de las montañas sun- 
tuosas nos suelen hablar de ellas con cierto orgullo de 
heredero rico. Que sea en buena hora. Yo, hijo de este 
Río de la Plata sin horizontes, y de sus colinas, me 
sentí abrumado, debo confesarlo, cuando vi por pri- 
mera vez una cordillera; casi tuve envidia. Pero bien 
mirado^ aquello me imponía sin impresionarme. Un 
pensamiento extravagante quedó vibrando en mi espí- 
ritu: me pareció que allí casi no había tierra habita- 
ble para el hombre, porque toda ella^ y hasta gran parte 
del cielo, estaban ocupados por sus formidables dueños, 
las montañas. El hombre se me antojaba allí un hués- 
ped, un transeúnte; los edificios, por suntuosos y ci- 
mentados que sean, siempre parecen chicos, provisiona- 
les, siempre recién hechos, al lado de aquellas enormes 
arquitecturas antiquísimas, sin puertas ni ventanas, en 
que la tierra proyecta hacia afuera los relieves y la 
forma de su vida interior, con el sentido oculto de sus 
profundidades* No hay torre que resista la proximidad 
del "Corcovado'^ de Rio de Janeiro; no hay construc- 
ción posible, al lado del "Pan de Azúcar ' ; los hombres 
andan en las rugosidades de aquella tierra sublime, 
que no modifican con su presencia, como si guardaran 
silencio, como conspiradores encarcelados. Las mismas 
piedras, al formar el edificio, han obedecido, más que 
d la voluntad del hombre, a una fuerza incógnita que 
las devuelve a las canteras maternales. 

Tampoco la llanura ilimitada me causa impresión 
amiga, debo confesarlo; echo en ella de menos los se- 



[23 1 




JUAN ZOSKILLA. DE SAN MARTIN 



gundos términos ; me parece el peldaño inmenso de una 
escalera de tm solo peldaño. La llanura^ la pampa, es 
para pasar lo más aprisa posible, no para quedarse; es 
para otros que vienen detrás. £n la llanura se siente un 
solo angustioso deseo; ]iegar, llegar a alguna parte. La 
extensión enorme es, para mí, tan inadaptada a la ex- 
presión profunda del alma humana como la montaña* 

Otra cosa es la docilidad de la colina verde; se di- 
jera que se inclina, como el dromedario, para recibir 
el peso de su dueño; una choza humana toma posesión 
de ella, y la hace vivir; la ocupa por completo, y la 
transforma ; una cúpula la engrandece y la llena de glo- 
ria, como el jinete a su corcel. 

La cúpula de Miguel Angel se levanta como señora 
sobre las colinas de Roma, que son su proporcionado 
pedestal; se la ve en todas y de todas partes; el cielo 
sale de ella como el nimbo del casco de un arcángel. 
Colocada en el Apenino, moriría estrangulada; en el 
desierto, se la tragaría la Esfinge. £1 pequeño cerro de 
la bahía de Montevideo, de que hemos hablado, seria 
sólo una sinuosidad graciosa del terreno, si no tuviera 
la antigua inocente fortaleza que tiene en el vértice. 
Con ella, el armonioso montecillo es un guardián oe> 
ñudo y formidable de la ciudad. La vieja construcción 
es el espíritu o el pensamiento del monte, símbolo, a 
su vez, de la patria fuerte^ señora de sí misma, señora 
nuestra, 

IV 

Sea de ello lo que fuere, y mientras admiro el genio 
de los grandes montes ajenos, y dejo correr las llanu- 
ras hacia sus horizontes, yo concentro mi amor al uní* 
verso m este paisaje mío que me rodea, y cuyo con- 



[24] 



ENSAYOS 



torno, determinado por la línea que traza el mar en la 
tierra hospitalaria, se pierde en el azul de las lejanías, 
hecho de muchos azules.,. Veo a lo lejos, desde mi 
terraza rústica, la isla de Flores^ posada en el sitio im- 
preciso en que el agua se separa del aire. Son tres pe- 
dazos de tierra o de roca, que parecen salidos a nado 
de nuestra eosta, para tomar posesión de nuestro hori- 
zonte, y sentarse en nuestra puerta con una luz en la 
mano. Son bloques de mármol blanco, algunas veces, 
que toman coloraciones distintas, según la hora y el 
estado de la atmósfera ; pequeños promontorios negros, 
otras veces, cuando se envuelven en sus nieblas y en- 
cienden su lámpara acompañante, de relámpagos ami- 
gos. Se nos ofrecen más o menos próximos o alejados, 
según los caprichos de la luz difusa; hay momentos en 
que, revelados por ésta, se dijera que acaban de apare- 
cer en el horizonte, blancos, ingenuos, y que los vemos 
por primera vez; en otras horas, los busco y casi no 
los encuentro; se han ido, o se han escondido en el 
aire. 

Mucho más lejos, cuando éste es diáfano, ae distin* 
guen, con bastante precisión, en el horizonte del Este 
y del Norte, las alturas de nuestra costa altántica, como 
ligeras nubes: la Sierra de las Animas, Pan de Azúcar, 
los montes de Maldonado^ que nos exploran el mar. 
Esas montañas no son tales, propiamente hablando: 
son sólo elevaciones de las colinas, por las que asoma 
la osamentación granítica de la tierra. Como todo lo 
de la nuestra, esas alturas o asperezas son ponderadas 
y armoniosas, grandes pero no enormes, elevadas pero 
no inaccesibles ; lo son, hasta sus cumbres, al hombre y 
a la espiga, al águila y al jilguero, al caballo y a la per- 
diz: son todas de panllevar; más que brotadas del fon- 
do de la tierra, parecen caídas del aire, y arraigadas 



[25] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MAJ^TIN 



en las entrañas del suelo, que las ha envuelto en su 
mantillo verde. 

La unidad, la proporción armoniosa, gon rasgo dis- 
tintivo de esta mi heredad nacional, como lo fueron de 
la antigua Grecia, nuestra abuela, en la que dieron na- 
cimiento a los bellos mitos inmortales* JEl mar, color 
de vino o de violetas, era allí propicio al navegar de 
barcos con velas de púrpura, movidos por remos al son 
de flautas; un chorro de agua transparente, un pedazo 
de roca con un poco de musgo y un arbusto eran bas- 
tante para habitación de una divinidad riante; una 
pequeña montaría, el Olimpo, era digna residencia, y 
armoniosa, de los dioses todoa que no ex:Í5tieron. 

En esas mis melodiosas montaiías uruguayas viven 
esos dioses. 

Estos no existieron, peio viven en alguna parte, y 
tienen sus creyentes. 

V 

Guiado por las lejanas serranías, sigo yo, con el pen- 
samiento, la costa de la patria^ en que resuena la voz 
de nuestro pedazo de Atlántico, lleno de dioses; ade* 
lanto en dirección al Norte, hasta nuestra frontera con 
el hermano Brasil, y, torciendo entonces, tierra aden- 
tro, hacia el Oeste^ hasta dar con el río del Uruguay 
que nos da su nombre, desciendo por ése nuestro fuerte 
progenitor, entre las islas innumerables, en busca de mi 
punto de partida. 

Y de nuevo frente al JRío de la Plata, al Cerro de 
Montevideo; de nuevo en la casa blanca y chica de que 
he partido, y que es el centro de mi universo, me pa- 
rece que he recogido mi país todo entero con los dos 
bracos; que él no es sino un ensanche espléndido del 



L26] 



ENSAYOS 



pedazo de tierra cultivado por mí, sin nada exótico, 
nada que no sea mío y de mis hermanos: la lengua es- 
pañola adaptada a nuestro acento; los ríos que alimen- 
tan al Uruguay; los bosques indígenas que beben en 
esos ríos; las colinas gemelas que ondulan en su "di- 
vino silencio verde", y en que los ganados innúmera* 
bles, vacas, ovejas, caballos, comparten su pan con el 
avestruz salvaje y con el venado; los árboles de nom- 
bres primitivos, que cantan en sus pájaros tonadas de 
la misma lengua, afinadas al ruido de los arroyos bor- 
dados de camalotes, al olor de los pastos, al vuelo de 
los pájaros: de los sonoros "íeTuteros" que anidan en 
la tierra; de los ^^orncros^' fabricantes de cúpulas; de 
las palomas torcaces que viven en los cardales, y de las 
garzas luminosas que alegran el juncal. Todo ello está 
en armonía con el hablar de los hombres y el reír de 
las mujeres; con el canto de las madres que amaman* 
tan niños; con los nombres pintorescos habitados por 
la historia que nos es querida. 

Sin que esto constituya todo el sentimiento de pa- 
triotismo^ hemos de convenir en que esa sociedad del 
hombre con la naturaleza forma parle integrante de ese 
amor a algo terreno que. debe sobrevivimos a nosotros 
y a nuestros hijos; de algo perdurable en el tiempo, y 
que parece sagrado. 

Yo estoy persuadido, por ejemplo, de que mi frivolo 
alegato en favor de las lomas, en su pleito estético con 
la montaña y la llanura, ha causado alegría a los hijos 
de las colinas, mis hermanos. 

Se han creído personalmente aludidos en la defensa; 
se han sentido colinas, como yo. 

Una vez, una de tantas, percibí, con particular in- 
tensidad^ esa fuerza de cohesión entre el hombre y las 
cosas. £1 hecho ocurrió, en uno de mis viajes al través 



t27] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



del mundo, cuando visité el jardín zoológico de Ma- 
drid, muy rico y ordenado, por cierto. 

¿Y no tienen ustedes ejemplares de la flora ameri- 
cana? preguntaba yo al reputado dueño de aquella 
casa, don Miguel Cohneiro, después que me hizo cono- 
cer sus tesoros. 

Allí hay un ejemplar del *'Ptrcunia Dioica", me dijo 
el amable sabio. 

Y fuimos a ver el ''Pircujiia Dioica^* . . . Me cuesta 
confesar que casi sentí una lágrima en los ojos, ésa es 
la verdad, cuando advertí que el árbol que me mos- 
traba era un '*ombu\ el árbol de mi tierra, que allí, 
con un nombre exótico^ fuera de su clima, crecía en- 
teco y doloroso, ¡Ni siquiera sabían cómo se llamaba! 

Aquel árbol me pareció un hermano enfermo, que 
me estaba esperando antes de morirse de frió en su 
soledad. Sentí el deseo de abrazarlo, de consolarlo. El 
sabio botánico no sabía nada de eso: del abna del ár- 
bol; de sus relaciones con la mía. 

Es menos frivolo de lo que parece este recuerdo. No 
quiero decir que esa comunicación del hombre con la 
naturaleza sea la causa del ahna nacional; pero si que 
es su inmediato efecto y su BÍmbolo. Un árbol es tanto 
o más que una bandera. No es porque amamos esas co- 
sas, árboles y banderas, por lo que constituimos un 
alma colectiva; pero ese amor nos Iñ revela; nos hace 
sentirnos el alma. 

Los filósofos distinguen con bastante precisión el ca- 
rácter subjetivo de la imagen interna, engendrada en 
el hombre por la sensación. Uno de ellos observa cómo 
cada individuo tiene su modo peculiar de imaginar; 
llama al hecho ^Ha personalidad de la imaginación^** Me 
parece muy bien. Aunque la visión de un caballo, por 
ejemplo, es la misma de un negociante, en un "sport- 



[28] 



ENSAYOS 



mati^', en un pintor o en un indiferente^ '^el fantasma'^ 
que cada cual se forma del caballo, en su ausencia, es 
completamente distinto. Esa observación se hace exten- 
siva a las razas» a los pueblos^ a las épocas, y el arte 
la confirma» El fantasma de un toro no es el mismo en 
un torero y en un cabañero, en un hombre inglés y en 
un español» £1 fantasma de una mujer era distinto en 
el egipcio y en el griego, sin confundir esa transforma* 
ción colectiva con la transformación de la mujer ama^ 
da, por ejemplo, en el cerebro del amante, que, si bien 
análogo, es obra del corazón de cada uno. Pero la 
obsen^ación es aplicable, sobre todo, al puro concepto 
de Patria, que yo quiero inculcan El fantasma de las 
cosas de la tierra nuestra es distinto en nosotros y en 
los demás; es el mismo en loa de la misma tierra* La 
imagen o fantasma del **onibú" en mi espíritu no es 
idéntica, ni mucho menos, a la del ^'Pircuma Dioica^* 
en el del botánico español; pero sí muy parecida, quizá 
idéntica, en el alma de todos mis compatriotas* 

De eso procede lo que suele llamarse "estilizar^' en 
arte: son las cosas copiadas del original interno que 
se forma, no en un hombre, sino en un pueblo o una 
raza; de ahí la creación artística. 

VI 

No es esto decir, por supuesto^ que no puedan existir 
y no existan patrias verdaderas, grandes y complejas. 
Las hay, no lo dudo, que, por su intensidad de espíritu, 
serían dignas de ser pequeñas; pero observemos que, 
en ese caso, la patria grande, tanto más precaria cuanto 
menos próxima de la unidad espiritual, es una conglo- 
meración de patrias chicas, unidas, más aún que por 



[29] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



el corazón, por el entendimiento, cuando no por la 
fuerza. Y confesemos que la extensión es, si no la 
causa, 3a ocasión próxima del pecado opuesto a la vir- 
tud del patriotismo. £1 tamaño heterogéneo satisface, 
no pocas veces, un sentimiento de orgullo, que no es 
propiamente virtud, amor patrio; éste es "contento", 
es decir, "conlinencia", plena satisfacción con el objeto 
del amor; el otro puede llegar a ser ^'incontinencia", 
torpeza, dispersión o disipación de las energías afecti- 
vas. Estar contento es estar contenido; lo dice la pala- 
bra. Y contento es sinónimo de bienestar, y aun de fe- 
licidad. 

El patriotismo -virtud dispone a la defensa del suelo 
en que radica, como el amor filial al de la honra de la 
madre: con resolución firme, pero sin énfasis, sin pro* 
vocaciones, sin proclamaciones, que hasta parecen po- 
nerla en duda. El otro, el orgullo de lo complejo, el 
culto del tamaño, incita a la jactancia provocativa, ge- 
neradora a su vez del anhelo de agrandarse, de poseer 
cuerpos sin ganarse las almas, de gozar sin amor; no 
diré que sea, pero sí que pueda llegar a ser algo pare- 
cido a la voracidad de las especies inferiores. 

Lo que yo llamo una patria, en su más intenso sen- 
tido, es la patria unidad, simple, homogénea, armo- 
niosa, amada, no por lo que tiene, sino por lo que es, 
> porque es obra nuestra, de los que somos una sola 
fuerza, un solo amor a objetos o imágenes comunes, 
Tecuerdos, nombres, colorea, paisajes, construcciones, 
ruinas^ sepulturas, en que se concentra todo lo existente 
en el tiempo y en la eternidad. 

En el amor a la patria dilatada, rica, fuerte, fuerte 
sobre todo, puede haber algo de eso, no cabe duda; 
pero hay mucho también, si no me equivoco, de la idea 
de reciprocidad, de recibir una compensación, aunque 



[30] 



ENSAYOS 



sea de orgullo. Tal hombre de mente y corazón supe- 
riores, que, por ser hijo de una nación poco notoria, 
ve pasar su vida inadvertida, hubiera gozado el deleite 
de una gloria resonante, a haber nacido en un Estado 
poderoso. Tal otro, en cambio, no hubiera salido de la 
multitud anónima, sin el reflejo protector de su patria 
que lo ilumina. 

El peligro de hacer de la nación a que se pertenece 
una especie de prolongación o ampliación de si mismo 
es grave, cuando esa nación es muy fuerte o demasiado 
grande; se ve en la propia persona una concentración 
o reducción de la fuerza nacional; se la cree llevar con- 
sigo, como un título de superioridad sobre los demás 
hombres. Un alemán puede sentir el instinto de creerse 
la Alemajiia; un francés la Francia; un angloameri- 
cano la América, cuando se encuentran con otros hom- 
bres por el camino. Pero no tanto la Francia o la Ale- 
mania benéficas, inteligentes, amigas, cuanto la Fran- 
cia o la Inglaterra o la América fuertes, capaces de 
vivir sin contar con nadie, casi amenazantes. 

No es raro ver algo de eso, como sabemos, aun en 
los hijos de naciones secundarias materialmente, cuan* 
do, por el contraste con otras que juzgan más débiles, 
llegan a imaginarse que ellas son fuertes^ es ley de la 
miseria. Se pronuncian entonces palabras irreparables, 
de incalculables consecuencias, asi sean dichas por un 
niño, o por un tonto. 

De esa identificación de las personas físicas con las 
internacionales o colectivas procede la vieja idea de ver 
en los hombres otras tantas personas internacionales^ 
como si su piel estuviera teñida de los colores de la 
bandera; su piel y hasta su sangre. £1 hombre, si no 
tiene un carácter representativo, no es tal persona de 
derecho internacional, sin embargo; no anda con la 



[ai] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



patria a cuestan ni en el bolsillo, como si fuera un 
arma defensiva y aun ofensiva. 

Bien es verdad que esa jactancia de que hablamos, 
cuando es acompañada del desdén sobre todo, eatá en 
razón inversa del mérito personal de cada hombre; pero 
no son muchas las veces en que ese mérito es tan 
grande, que no sea mayor aquella humana flaqueza. 
Se la encuentra lo mismo en el gañán que en el caba- 
llero ; lo mismo, o poco menos, en el sacerdote que en 
el sargento. 

El soldado que, valiente y también cruel en las filas, 
pide clemencia no bien se siente aislado, es frecuente 
en la guerra^ según dicen. Y lo es, en la paz, el hombre 
que, amable y modesto como tal, se torna desdeñoso 
y casi agresivo^ como inglés, como español, como ita* 
liano. 

Y lo son también las naciones, en razón directa de 
sus soberbias, madres de las tinieblas y de la guerra. 

El *^civ€s romanus suirC' de la Roma de los Césares, 
se repite aún, como un anacronismo, en medio de las 
democracias. Nuestra educación histórica greco-romana 
ha contribuido a ello no poco, preciso es confesarlo; 
y, no sin fundamento, alguien, coincidiendo con el ruso 
Tolstoi, que llama al patriotismo sentimiento egoísta, 
ha dicho que las guerras modernas son el fruto de los 
estudios históricos, Pero lo son de los rutinarios; no de 
la filosofía de la historia, que debe ser algo más que 
una galería de batallas y de personajes oficiales. Hay 
mucho más que personajes oficiales en la vida de los 
pueblos: Don Quijote es tan digno del honor de la bis* 
toria coníio don Felipe II, y acaso más; la filosofía de 
Sancho, o la del bufón del Rey Lear« son más profun* 
das que la de muchos autores de manuales científico? 
experimentales o no. 



[32] 



ENSAYOS 



Esas filosofías, la del bufón inglés y la del escudero 
español, las verdaderamente experimentales, son las 
que han de iluminarnos en esta hora de tinieblas que 
atraviesa la humanidad, por falta acaso de sentido 
común . . « , qtie no siempre es el más común de los 
sentidos. 



[33] 



PROPOSICION 



CAPITULO I 

LA GUERRA 
I 

Lo que el falso concepto de patria ha influido en la 
formación de la enorme tempestad de estos tenebrosos 

años en que hemos vivid o ^ y vivirnos aún, y viviremos 
sabe Dios hasta cuándo, es asunto de meditarse. Ahora^ 
después de desatada la catástrofe, y ante el fuego em- 
bravecido, todos se proponen el problema de "quién 
luvo la culpa'*. 

Hay una culpa, pues; se ha cometido un espantoso 
crimen. En eso todo el mundo está conforme: un es- 
pantoso crimen. 

Y, como la sombra al cuerpo, la idea de castigo 
acompaña a la de delito. 

Convengamos, ante todo, en que, si realmente que- 
remos dar con el delincuente, no hemos de ir a bus- 
carlo entre los pueblos contentos o contenidos, que yo 
he simbolizado en mi paisaje, y en mi casa, y en mi 
pedazo de mar azul. No fue, efectivamente, de mi torre 
almenada de Punta Brava, ni de sus inmediaciones, de 
donde partió el primer mortífero disparo. 

Entre los hombres y los pueblos inconfeníos o incon- 
íinentes está el culpable, o no lo está sobre la tierra. 
Lo castigaremos, una \ez convicto y confeso; pero sin 



134] 



ENSAYOS 



deleite vengativo, Iraacimini et nolite peccare, dice el 
libro santo. Irritaos, pero no queráis pecar. 

Hay un germen de mal, bien a la vista está, que 
contamina a todo pueblo que se congrega y levanta una 
bandera. El hombre ha sido concebido en iniquidad, no 
hay que ponerlo en duda. Desde cl instinto que aficiona 
al niño a jugar con soldados de plomo y a seguir a loa 
de carne y hueso cuyas musicales bayonetas brillan al 
sol; desde el amor preferente de la mujer al hombre 
vestido de uniforme, hasta el numen inspirador del 
poeta que canta al dios de la guerra y lo llama Gloria, 
todo nos revela que estamos bajo el enorme misterio 
del bien y del mal y de la muerte. 

Con la sangre de Remo han de consagrarse los ci- 
mientos de la ciudad de Rómalo, su hermano. Es la 
eterna fábula, llena de verdad. Y hay que robarles las 
mujeres a los sabinos* Todos quieren ser, no sólo fuer- 
tes, sino más fuerte que alguno» 

Es ése un detestable sentimiento; detestable, no cabe 
duda. Y. sin embargo, él esfá en el fondo del instinto 
humano, en esas energías sobrantes que se quedan sin 
empleo en nuestro corazón... no sé dónde. ¿Quién 
podrá decir que no lo ha sentido en el nacer de su 
propio sentimiento de patria? 

No se trata, pues, de prescindir de él, sino de anali- 
zarlo y transformarlo por ei cultivo. Tal se cultivan 
esos tubérculos amargos, y hasta dañosos, de que pro- 
ceden, al través de inteligentes selecciones, las más no- 
bles sustancias que alimentan la vida: la patata, por 
ejemplo, entre muchas otras; la patata que hoy come^ 
mos procede de un tubérculo amargo, casi daiiino. 
Transformar aquel instinto mortífero en virtud o fuer- 
za vital ea la obra del culto del patriotismo, obra de 
misericordia. 

[35] 



6 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Como hay heridas en la ostra que, al cicatrizarse, 
se convierten en perlas, hay vicios en el hombre que, 
como queden bien extirpados^ pueden transformarse en 
preciosas virtudes: la soberbia, en noble carácter; la 
sensualidad, en amor desinteresado y puro; la ira, en 
valor sereno; la envidia o anhelo de ser más que los 
otros, en deseo de ser mejor. Si la sabiduría cousigue 
cicatrizar las heridas de soberbia en el corazón de los 
pueblos, la paz y la libertad serán alimento de log 
hombres. Y si no, no. La paz y la libertad son cosas 
del orden moral. 

£1 proceso cicatrizante tiene que ser más o menos 
lento, sin embargo. Ni los tejidos vivos, ni las virtudes 
activas se crean de la nada; han de formarse de la pro- 
pia sustancia los primeros; de la repetición de actos 
buenos, gimnasia de la voluntad, las segundas. No te 
apresures a arrancar las vendas de tus heridas; no te 
precipites ni desesperes. Que te baste y te aliente la 
satisfacción de yer morir tus vicios, uno por uno, antes 
que tá. 

II 

¿Y para qué quieres ver tan armada de todas armas 
tu amable bandera, oh hijo de la patria no sólo grande 
sino más grande? 

Para imponer a ésta un deber desinteresado, un mi- 
nisterio, un sacrificio; para que sea patria-providencia 
de las demás. Así me lo dijo uno. 

Para que sea rica, dicen otros. Estos, los más grose- 
ros, no ven, en todo esto de guerra y paz, otra cosa 
que un problema económico; mercados, colonias^ di- 
nero. Los héroes, para ellos, no son otra cosa que em- 
presarios; marcas de fábricas son sus banderas. La ri- 



[36 1 



ENSAYO S 



queza no es instrumento de gloria; es la gloría misma, 
por lo visto. 

Para que pueda repeler las agresiones, dice, por fin, 
el otro, y considerarse plenamente libre y soberana; 
bastarse a si misma ; no depender de nadie ; no temer 
aunque ofenda. . « £s el derecho de ser malo. 

Pues bien: nada de todo eso es verdad, según el 
bufón de Shakespeare; lodo es ruido de palabras in- 
sensatas que van rodando; y con las que juega el bu- 
fón, como con su tirso de cascabeles. 

Lo primero, lo de la patria-providencia de las demás, 
y maestra, y civilizadora, es una fuerte mentira de la 
soberbia. Mira bien en ti mismo, buen hombre, y no 
hallarás, en tu patriotismo armado, ni un átomo del 
sentimiento de que me hablas; hay en 3. más egoísmo 
que virtud, si bien lo miras. No tienes cara de Pro- 
videncia, tú. Asi creeré yo en eDa, cuando menos, como 
agarrar un escorpión por la cola. 

Lo segundo, lo de la riqueza, es lo más grosero que 
darse puede, como hemos dicho. ¡Matar al hermano 
para comerle el pan que lleva a la boca! También hace 
eso el perro. No hablaremos aquí de los errores eco- 
nómicos de tal pensamiento, porque debemos hablar, 
sobre todo, de las torpezas morales. Que, aunque no 
lo parezca, los valores morales tienen todavía su valor. 
No faltan, bien lo sé, quienes no lo creen; hay quienes 
juzgan que, en el mundo, no se piensa más en eso, en 
moralidades, si ya no es como decoración exterior del 
anhelo de vivir cada uno lo más cómodamente posible; 
pero esos hombres distraídos, ignorantes de las grandes 
realidades y de sus causas, no se dan cuenta de lo que 
está pasando en el silencio, lleno de gérmenes. Hay la* 
boratorios que estudian los mejores métodos de con- 
serv^ación de carnes; pero la ciencia experimental está 



[37] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MABTIN 



cayendo en la cuenta de que debe buscar el mejor pro- 
cedimiento de conser\'ación de almas; de que el alma 
es también una sustancia, que puede ser objeto de cul- 
tivos, y que no se alimenta de legumbres ni de lenguas 
saladas; que no se conserva con las mismas sales que 
impiden la putrefacción de los cuerpos comestibles o 
no coi:nestib)e9. 

Esa parece ser, en esta hora de tinieblas, la grande, 
obsesión del pensamiento científico: la psicología ex- 
perimental; el cultivo de trigo para los espíritus; del 
pan de cada día. "Vivimos, dice un gran jiensador, en 
una época de misticismo tal^ que no se la encuentra 
semejante desde la época de las cruzadas". 

He aquí por qué este libro tiene que ser, quieras 
que no, un libro místico, de lecturas espirituales. 

Que el misticismo, si lo hemos de entender como es 
debidO) tío es otra cosa que la elevación del- objeto de 
nuestro amor y de nuestra acción hacia lo sólo amable 
en absoluto* Pero hacia lo absoluto realidad, entendá- 
monos bien^ io absoluto personal o absoluto persona, 
que es todo; no lo absoluto abstracto, que no es nada. 
En eso 5e distingue él divino misticismo de Teresa de 
Jesús, por ejemplo, la mujer fortísíma y santa, de esos 
misticismos a lo Ruysbrock o Novaíis o Emerson o 
Maeterlinck, que son poleas locas, sin el más mínimo 
engranaje en la realidad divina. Bien es verdad que 
tampoco la tienen en la humana; son temas de filoso- 
fía, no reglas de conducta; no sirven para nada que 
no sea pasatiempo. 

No hablaremos» pues» del patriotismo económico, del 
que quiere matar a su hermano^ hombre o pueblo, sin 
pensar en que le es necesario para trabajar juntos con 
provecho recíproco; del que mata la gallina de los hue- 
vos de oro. Hablaremos del otro: del anhelo do ver ar^ 



[38] 



ENSAYOS 



mada la Patria paia que sea Ubre y soberana, dueña 
absoluta de si misma. 

En esa idea está el más temible de los errores, Y lo 
eslá, si bien se mira, por lo mismo que tiene algo, y 
acaso mucho, de verdadero. Un error es tanto más pe- 
ligroso cuanto más verdad contiene. 

Es mucho verdad que, así como un hombre debe 
estar siempre dispuesto a defenderse y a defender a los 
suyos de los malhechores, y de las bestias feroces; asi 
como un varón, so pena de dejar de serlo, está obli» 
gado a ser valiente, y ha de sobreponer su persona a 
su vida, una nación debe estar siempre apercibida a 
guerrear con honra y por ella; todos sus hijos varones 
han de ser aptos para soldados, y se les debe la instruc- 
ción militar como cualquier otra, por lo tanto. Pero 
de eso a considerar el estado de guerra como el nonnal 
del hombre y de los pueblos, y a apreciarlo como la 
suprema virtud, y la gloria por excelencia, hay tanta 
distancia como del día a la noche. Es la que media 
entre el caballero y el valentón o matamoros, entre el 
duelista y el soldado. 

Ese imensato pensamiento supone que, en la vida 
orgánica, ser ¡uerie es lo mismo que ser forzudo, Y no 
es asi, como no lo es que en la esencia de la libertad 
esté la facultad de optar por el mal como ma)« El mal 
es una negación; no es una cosa, ni el objeto de una 
facultad humana. Y la guerra por la guerra es nega- 
ción precisamente, perturbación de la realidad o del 
orden. 

¿No te has encontrado nunca con el hombre de enor- 
me fuerza muscular, herido, sin embargo, de muerte, 
en las entrañas? Tiene sudores en las manos, cavernas 
en los pulmones, durezas mortales en las arterias. Has 
de guardarte de él si se le despierta el orgullo de los 



[39] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



músculog, porque te romperá la cabeza; pero no es te- 
mible porque es fuerte, sino por todo lo contrario: 
porque es enfermo; porque está más cerca de la muerte 
que tú. 

Ser fuerte no es otra cosa que ser sano> 
¿Las naciones en cuyos dominios no se pone el sol? 
¿Acaso han sido más seguras y permanentes, menos 
llevadas y traídas por el viento, más sanas, que las 

que han recogido la parte de sol que Ies tocaba en 
suerte? ¿No las hemos visto morir, o poco menos, de 
insolación? 

La juventud es corta en esos pueblos; desastrada 
suele ser en ellos la vejez. Acaban por devorarse las 
propias entrañas, viviendo de recuerdos o jactancias, 
cuando no de rencores. 

III 

¿Dónde ha estado el fuerte, y dónde el débil en ab- 
soluto, entre los átomos sacudidos por la tempestad 
que aún suena en los horizontes, y sobre cuyos escom- 
bros andamos? 

La Francia o la Inglaterra ¿fueron acaso más fuer- 
tes, es decir, más libres en el obrar, que la Bélgica, 

cuando sopló el huracán de nuestro siglo? Tan nece- 
saria fue la alianza de Francia con Inglaterra, como la 
protección de ambas a Bélgica, no ya para proteger a 
ésta, por cierto, sino para impedir la conquista de todo 
el sol por el nuevo Rci Sateü, ¿Fue más protectora 
Inglaterra de Bélgica que Bélgica de Inglaterra o Fran. 
cia? Veremos cómo los Estados Unidas fueron a la 
guerra "porque, al decir de Wils on, no les concedieron 
el derecho de ser neutrales''; por debilidad, pues. 



[40] 



E N S AYOS 



Imaginemos a Bélgica entregada sin resistencia al 
invasor de su suelo. Y pensemos. Pensemos en lo que 

hoy seria del mundo, si suponemos al germano dueño 
del Paso de Calais, y señor de los mares; en lo que 
sería de ésta mí tierra del Uruguay, que habla en cas- 
tellano. 

Y por no haber necesitado las unas de las otras para 

vivir, han dejado de ser del todo grandes esas nacio- 
nes, para serlo a inedias. Es una majadería hablar de 
*'la pequeña Bélgica". El tamaño desapareció ante el 
hui^acán que hace acurrucarse en sus cavernas a los 
gatos salvajes^ lo mismo que a los leones; todos gatos, 
manadas de gatos. El pánico es la ley de igualdad de 
naturaleza, que se unpone en los organismos vivos, 
como el rubor es la luz de la culpa. 

Es entonces^ en esas horas de verdad, es decir, de 
muerte, cuando aparece lo sólo grande: la unidad; lo 
sólo capaz de virtud y de heroísmo: el hombre. 

El hombre es, en resumidas cuentas, la medida del 
univeiso: metrocosmos lo llama Novalis, Es el solo 
sujeto de gloria. Mira ese muerto belga tendido en el 
campo; a su lado está un inglés, muer lo también; un 
francés ha caído más allá; y un itaíiano, y un ameri- 
cano más allá., . Mide esos cuerpos con tu cartabón, 
¿Juzgarás del tamaño de esas cosas sagradas por la 
fuerza o el tamaño de sus patrias? 

jOh, tú, el muerto por la patria chica! Tú engran- 
deces a lu vecino inmó\ál. porque se parece a li; por- 
que, como lú, no pensó en el tamaño de su bandera, 
sino en sus colores, para amarla hasta morir por ella* 

La mujer de Sócrates lloraba la muerte a que fue 
condenado el hijo de Solón, 

— ¡ Oh, con cuánta injusticia lo han hecho morir esos 
malvados jueces I — decía. 



[41] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



— ¿Preíerirías acaso, le dijo Sócrates, que lo hu- 
bieran hecho morir con justicia? 

Si ha de haber verdugos y víctimas, no prefieras tú 
ser hijo de los primeros. Obrar bien es necesario; vivir 
no es necesario. La más noble progenie, la ejecutoria 
de nobleza en la sociedad de los pueblos, si éstos han 
de ser personas o unidades morales, no puede ser el 
crimen ni sus frutos. 

Y si el hombre es la niedida del universo, las patrias- 
hombres, las no medidas por el tamaño, gon las que 
marcan el grado de civilización y dignidad de la so- 
ciedad humana. Todo conjunto se aprecia por la natu- 
raleza de sus unidades, y éstas por la naturaleza de 
sus funciones, apreciadas, a su vez, por su objeto. El 
mismo respeto mutuo entre los Estados, en tanto deja 
de ser mi acto de miedo, tan instintivo como el del 
bruto^ para serlo de valor moral o virtud, en cuanto 
tenga por objeto a Estados que no ofenden ni amena- 
zan. 

Esa verdad aparece, como un meteoro, en los mo- 
mentos de angustia provocada por la soberbia, mater 
íenebrarum, madre de las tinieblas. Todos reclaman en* 

tonces, para demostrar "que no han tenido la culpa", 
el título de devotos místicos de las patrias chicas, y 
hasta sienten el deseo, más o menos fugaz, de ser chi^ 
eos ellos mismos. 

De ahí nace la idea que primero se ocurre como so- 
lución del conflicto: el desarme. Pero es el desarme de 
los brazos dejando armada la fantasía y enconado el 
corazón; la admiración a las patrias chicas, pero con- 
servando el carácter de patria grande o forzuda. El 
verdadero desarme, el de las almas^ sólo puede ser rea- 
lizado por quien ejerza soberanía sobre las almas, so- 
bre las conciencias. Y una vez realizado, el de los bra- 



[42] 



ENSAYOS 



Z05 está hecho: las armas se caen solas, como los higos 
de una higuera sin hojas. 

Si escuchamos algunas de las fuertes voces que sona- 
ron en las grandes horas, cuando se desataron los vien- 
tos, oiremos eso, repetido sin cesan Es el vizconde de 
Grey, por ejemplo, el inglés, quien dice, en octubre de 
1916: ^'Nosotros lucharemos hasta que hayamos resta- 
blecido la supremacía y el derecho de libre desenvol- 
vimiento, en iguales condiciones, cada uno según su 
carácter, de todos los Estados, grandes y pequeños, for- 
mando una familia la humanidad civilizada". 

Bien dicho está eso, no hay que ponerlo en duda; es 
preciso tomar esa palabra. Pero la oye el otro poderoso, 
el enemigo, y reclama para sí, también él, el mismo 
título de honor- El canciller Bethmann Hollweg, el ale- 
mán, lo dice en el Reichstag; él espera "que la guerra 
establezca unas condiciones políticas que hagan com- 
pleta justicia al libre desenvolvimiento de todas las 
naciones, lo mismo de las pequeñas que de las grandes» 
Entonces los principios de justicia y libre desenvolví- 
miento, no sólo en el continente sino en los mares, 
deben ser hechos válidos". 

Y así han hablado, más o menos, en sus dialectos 
oficiales, los hombres fuertes desde sus patrias forlisi- 
mas, predestinadas a repartir el sol equitativamente, y 
las tierras y los mares y los cielos. Y a poseerlos con 
tal objeto: con el solo objeto de repartirlos. 

Es un hablar muy divino, pero sin Dios, si no me 
engaño. Son los dioses, las pasiones carnales diviniza- 
das, los que envían sus alados mensajeros a dictar esas 
palabras; las reservas mentales, escondidas en las grie- 
tas de la palabra misma, hacen de ella una cosa muerta» 
muchas veces. 



143] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



¿Que quién ha sido el culpable? 

Si queréis saberlo buscad esas divinidades. Son las 
que soplan en los oídos el silbido de la serpiente para* 
disíaca : seréis como dioses. 

El perro corre tras de la piedra que le tiran, y la 
muerde; pero el hombre busca la fuerza ocuUa que 
tira la piedra desde el corazón orgulloso. 

Y os encontraréis con pasiones humanas^ con las de 
un hombre, con las de muchos hombres, uno por uno, 
metidas en sus agujeros, como sabandijas» 

No son cristianos; no cieen en Dios hecho carne, 
pero sí en la carne hecha dios. 

El cristianismo es la hazaña de un cordero» 



[44] 



CAPITULO II 



LA UNIDAD 
I 

Cerrados están^ entretanto, los horizontes, en torno 
riel naufragio de Europa: se oye un tiro en la oscuri- 
dad, de vez en cuando, que asesina un hombre; hen^o- 
res de multitudes que se matan a sí mismas; gritos de 
vientos; naciones flotantes que reclaman vida; oleajes 
que azotan los cascos; voces de nautas que dirigen el 
salvamento. . . Entre éstas distingo, y me llama la aten- 
ción, entre dos ráfagas de viento, la voz de Lloyd Geor- 
ge, el inglés, que grita en uno de sus discursos reso- 
nantes: "'Centinela, ¿qué ves en la noche?..." Y en 
el que dirige, mientras se celebra la Conferencia de 
Genova, a los periodistas angloamericanos, dice a és- 
tos: "No veo, por mi parle, más camino de salvación 
que encauzar la política internacional por la vía cris- 
tiana del amor, . 

No es esa una doctrina jurídica, como se ve; no lo 
es tampoco económica, ni parece cosa científica; más 
que la opinión de un estadista, se dijera la estrofa de 
un poeta o la visión de un místico, o cualquier otra 
cosa por el estilo» Y es un estadista, sin embargo, y un 
inglésj "el primer ing;lés'^ según Nitti, quien lo dice. 
Yo no sé cuál es el primer inglés, ni tampoco el se- 
gundo. No creo que Nitti lo sepa mejor que yo, a cien- 
cia cierta; pero todos sabemos que ese Lloyd George 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



es un inglés digno de atención porque es un estadista 
en un poeta. El no dijo las palabras que citamos en o\ 
seno mismo de la conferencia, por supuesto; hablar de 
amor en un congreso de naciones parece cosa infantil 
en Europa, y aun en otras partes. El poela y el estadista 
parecen excluirse. 

Conviene, sin embargo, saber si hay en este mtmdo 
algún sitio habitado en que no se excluyan del todo, 
y en que pueda hablarse, sin caer en ridículo, o apa- 
recer como anticientífico, de eso que dice Lloyd 
George: del amor entre pueblos. Y veremos de averi- 
guar si hay alguno en que ese amor haya sido real- 
mente una fuerza. 

El cardenal Gibbons y otros angloamericanos muy 
dignos de respeto, han reclamado para la América in- 
glesa la posesión del idealismo; pero es en nuestra 
América española, ?i no me engaño, donde podemos, y 
aun debemos creer en aquella fuciza y proclamarla, sin 
por eso hacer coro, por supuesto, ni mucho menos, a 
los que afirman, como un postulado, que la consíruc- 
ción de aquella portentosa nación angloamericana es 
obra única y exclusivamente de las fuerzas materiales. 
Eso es un desatino^ que no seré yo quien comparta. 
Las solas fuerzas materiales no pueden hacer semejante 
cosa. 

Bien será nos demos cuenta, ante todo, de que el 
amor no se concibe sino entre semejantes, entre seres, 
digámoslo así, de la misma especie, y capaces de cono- 
cerse mutuamente. Dice Porfirio en sus '^Principios de 
la Teoría de los Inteligibles", "que el semejante no es 
conocido sino por el semejante"; que **la condición de 
todo conocimiento es que el sujeto se forme semejante 
al objeto". 



t46] 



ENSAYO S 



Conocimiento es condición previa del amor, por otra 
parte. No se ama lo que no se conoce en algún modo. 
Amar es tornarse cada vez más semejante. 

Estoy persuadido de que la causa más honda de la 
actual catástrofe fue la convicción de no ser de la mis- 
ma especie de los demás pueblos o razas, abrigada un 
momento, en mala hora, por el imperio alemán; la 
tendencia a prescindir del espíritu en la formación de 
los conglomerados, El amor es entonces imposible. El 
hombre no ama al perro ni al caballo; su inclinación 
a esos animales o a otros es algo análogo al movi- 
miento que puede inclinar el perro o el caballo hacia 
el hombre: simple ^oce de la naturaleza, movimiento 
fisiológico, como el amor al agua o al sol. Fue Lord 
Byron, si mal no recuerdo, quien dijo que, cuanto más 
co^pcÍE^ a los hombres más amaba a su perro; pero 
éso no era sino la expresión llamativa, indolente, iba 
a decir, de la extinción de todo amor en su alma; la 
más fuerte fórmula de su desdén o de su rencor orgu- 
llosos: la confesión de su propio pecado de sensuali- 
dad, pecado del amor; y de su soberbia* pecado contra 
el amor, sensualidad de espíritu. El amor a su perro no 
era otra cosa, en esc bombre ensimismado, que el amor 
a sj misino en su perro. El del hombre pagano hacia su 
enclavo o su esclava, que no juzgaba de su especie, y a 
quien no creía libre de no amar a su amo, era también 
de ese género: amor de perro. Amor de perro es el que 
suelen cantar los poetas de la lujuria. 

Claro está, que no es ése el que invoca Lloyd 
George ccmo la solución única del problema interna- 
cional. El habla del amor entre unidades libres de 
una misma especie, términos tínicos de caridad recí* 
proca. Dios mismo, el Amor Increado, hizo al hombre 
a su semejanza con ese fin: para que existiera esa 



[47] 



JUAN ZORRILLA- DE SAN MARTIN 



criatura inteligente y libre, semejante suya, capaz, co- 
mo tal semejante, de ser sujeto y objeto de verda- 
dero amor, no sólo reverencial, sino de pasión. Haga- 
mos al hombre a nuestra semejanza, a nuestra imagen. 
Dios es el eterno amor a su imagen sustancial. La 
proyección entre los hombres de ese sublime vínculo 
es, efectivamente, tiene razón Lloyd Georga, la esencia 
de la moral, la sola fuente de la paz, que es cosa es- 
piritual, y de origen divino, como toda alegría. 

La consecuencia del amor de Dios a su criatura, su 
semejante, es la redención cristiana. Si se concibe, 
efectivamente, el amor de Dios al hombre como a un 
semejante, ese amor debe ser tal, que no pueda ima- 
ginarse uno mayor. Sufrir por quien se ama, morir 
por él, es el amor mayor que puede pensarse, y ese 
tuvo que ser el amor de Dios al hombre. ¿Y cómo 
concebir la muerte de Dios Creador si no es hacién- 
dose Criatura? Así sólo se entrevé, imaginativamente, 
el misterio de la Redención, la esencia del cristianis- 
mo: Dios hecho Hombre, para morir por el hombre, 
su semejante; el infinilo Amor en acción, "Invoca al 
Espíritu, hijo del hombre, dijo Jehová al Profeta, y 
volverán a la vida los huesos esparcidos en la lia* 
nura**. 

II 

El espíritu de Dios, creador y ordenador, es Unidad. 

El otro, el de contradicción, el del ángel que no amó, 
se llama Legión. La unidad precede a la variedad, 
según el principio aristotélico. La pluralidad origina- 
ria o mitología es el modo infantil de coxicebir el 
mundo, ¿Sabes tú lo que es el número, el número 
mil, pongo por caso? Es la repetición mil veces del 
número uno, de la unidad. Eso, con ser tan viejo, 

[4$ i 



£NS AYO S 



parece el último postulado de la matemática^ que no 
las matemáticas^ como antes se decie. Estas, que han 
dejado de ser una ciencia exacta, por lo visto, como 
han dejado los cuerpos de tener sólo tres dimensiones, 
nos hablan de fracciones o quebrados. Y no hay tal 
cosa. Después del entero, viene . . , otro entero, has- 
ta. . , he ahí el problema; hasta dónde, hasta cuándo. 
El hombre puede separarj dividir; pero no puede ani- 
quilar en absoluto; no puede crear la nada. La mate- 
ria es lo que consta de partes, como sabemos; es esen- 
cialmente divisible, por lo tanto. ¿Pero hasta dónde 
y hasta cuándo es divisible? Decir que lo es hasta lo 
infinito es dejar en pie la pregunta, y sacarnos, no sé 
por dónde, del tiempo y del espacio: de la matemática» 
Yo, por mi parte, para dar con el número uno o ex- 
tremo de la materia, buenamente, imaginativamente, 
quiero concebir algo divisible y no separable. La elec- 
tricidad no es ima fuerza sino una sustancia, dicen 
ahora por ahí; ese electrón^ su elemento primordial 
imponderable, el electrón negativo, es un ente, me 
dicen. Tiene que serlo, efectivamente, si es lo que es, 
es decir, una verdad. Veritas est id quod est Pero « . . 

He aquí que nos hallamos en las puertas de la me- 
tafísica, Y no podemos franquearlas; nos quedamos 
de este lado . . , Pero, desde este lado, entrevemos "lo 
entre las cosas", el influjo de la Unidad Infinita^ a la 
que todo converge; las cosas inferiores o cuerpos, por 
la simpatía; las almas, cosas superiores, por el amor. 
El amor es espíritu, vinculo entre espíritus. El del 
Grande Espíritu Creador con su criatura es Religión. 
Ya dijimos que, una vez concebido el amor recíproco 
entre Dios y el hombre, el sacrificio y aun la muerte 
de Dios por el hombre se entrevén racionalmente. 
Y la Religión del Dios Crucificado se nos aparece 



[49] 



JUAN zomaxA de san uartin 



como la sola digna de Dios. La puerta del enorme mis- 
terio se dijera entrearbierta, Se cierran los ojos ins- 
tintivamente. Y, al través de párpados internos, una 
vaga claridad sale del alma, de la séptima morada. 

III 

¿Tu no crees en el alma, en el entero indivisible 
e invisible? ¿No crees en el principio, y hablas de 
un fin? ¿Ya dónde vas, quién eres tú, oh ente que 
no eres^ abstracción sin principio ni término? Tú no 
puedes hablar de amor, bien se me alcanza. El amor, 
sociedad de las almas, función de un orden superior 
al fisiológico, presupone la existencia de dos unidades 
distintas, capaces de vivir la una en la otra, de fun- 
dirse sin confundirse, sufriendo o esperando en la 
esperanza o en él dolor ajenos. Y también gozando en 
]a alegría de su semejante, el más puro e intenso de los 
goces, privativo del hombre, inaccesible al bruto: ha- 
cer felices a los que amamos. Resignarse a ser dichoso 
porque con ello hacemos felices a los que amamo< 
puede ser una virlud de la tierra. Podemos aquí pen- 
sar que el cielo mismo es también la aceptación de 
nuestra eterna felicidad en obsequio de la de Dios; el 
deleite o la alegría de ver a Dios eternamente feliz 
en si, con felicidad accidental^ por obra también núes* 
tra, del coro de sus criaturas inteligentes y libres. Eso 
se siente con tanta mayor intensidad cuanto más se 
es capaz del deleite de hacer felices. El egoísmo no lo 
comprende; la caridad lo adelanta. 

La persistencia de la unidad en relación al tiempo 
y a todo cambio constituye, por otra parte, la identi* 
dad o permanencia del Yo, sujeto y objeto del amor. 
La unidad absoluta, que es tota] simplicidad o indivi- 



[50] 



ENSAYOS 



^ión del ente, es el manantial de toda vida. Y lo es, 
en el orden del Universo, la unidad relativa, conglo- 
merado primordial, que especifica las cosas. De una 
gota de agua surgente de la altura, procede este Rio 
de la Plata que tengo ante los ojos. La gota contiene 
el río; en ella están ledas las funciones del tiempo, 
del espacio y de la materia o energía. Ella Ira jo la ley 
de las profundidades a laa superficies; resbaló por 
las vertientes que la esperaban, y se unió a otras go- 
tas, seres de su especie, sus semejantes, animadas de 
su vida y su destino. Esa masa de olas que van co- 
rriendo es una unidad. La gota no es sólo hidrógeno y 
oxígeno y demás componentes químicos; es agua, 
Pero no sólo gota de agua^ sino gota de río, agua en 
congénito movimiento, con una especie de alma, se- 
mejante a la del punto de una línea curva, idéntico al 
de una recta, idéntico como punto, pero distinto como 
punto de curva, animado de otra cosa parecida al alma. 
Eso, gotas de agua animadas, es el Río de la Plata 
que estoy mirando, lo mismo que el Manzanares o el 
Sena o el Missíssippi o el Iguazú: unidades que persis^ 
ten o permanecen, sin depender la una de la otra; 
notas de la vida universal o armonía de las esferas. 
No es más insensato querer hacer volver el Niágara 
a sus fuentes que devolver a las suyas el Sena o el 
Manzanares. 

Bien es, puta, recordemos, para hablar de amor 
entre pueblos o naciones, que aquella es más nación 
que más se acerca a la total simplicidad o indivisión 
del ente, al número uno primordial. Y, para no pres- 
cindir del todo de las más corrientes clasificaciones 
o clásicas nomenclaturas, digamos también que aquél 
es más estado político soberano que más se aproxima 
a ese concepto sociológico de nación o pueblo. Esta- 

[51] 

7 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



mos^ pues^ muy lejos de esos distingos que corren en 
manuales y enciclopedias; hay cosas que nos inte- 
resan, más arriba de los negocios de Estado, y de los 
políticos, económicos, diplomáticos y demás. 

El alma de un pueblo, como la de un hombre^ no 
puede ser considerada una resultante, sino una sola 
fuerza sustancial, en que los diversos modos de ac- 
tividad colectiva no han de ser distribuidos entre su- 
jetos diferentes. Esa alma de pueblo, por otra parte, 
como el alma de hombre, es forma de un cuerpo or- 
gánico, no hecho por conglomeración, sino engendra- 
do, conglutinado por el alma misma. La naturaleza 
parece conservar o proteger las razas, no los híbridos; 
éstos vuelven a su tipo primitivo au galop. Sería, 
pues, según eso, el pueblo más perfecto, y más fuerte, 
y más sano, aquel que fuera de más puro origen y 
estructura; su vida sería más larga; más limpia su 
ejecutoria. Ese sería el verdadero sobermo. 

Las naciones se cuentan; no se miden. Medir es 
comparar una cosa con otra convencional, simple tér- 
mino de relación, y ver cuántas veces la una contiene 
a la otra; contar es agregar unidades homogéneas, 
simples, indivisibles» Aquello es pura relación; esto 
es realidad. Que la realidad no es simple relación; 
precede a ésta, como el cuerpo a su sombra; es su 
causa, y no su efecto. Los pueblos son espíritus, ante 
todo ; formas sustanciales de los cuerpos colectivos que 
se nutren de un pedazo de planeta. 

Por eso se ha dicho, y ge lia dicho bien, que el 
único medio de salvar una nación que decae o se des- 
naturaliza, es volverla a sus orígenes, recordarle su 
unidad primordial, en que reside la facultad de amar- 
se a sí mismo, y a sus semejantes como a sí propio. 
Es el objeto de la estatua del héroe: recordar el ori- 
gen. El amor entre naciones es más difícil de concebir 



[52] 



ENSAYOS 



que el egoísmo, convengo en ello; es una gravitación 
hacia arriba, hacia la unidad originaria; pero esa gra- 
vitación existe en la altura y nos atrae, sin que nos 

demos cuenta. En las alturas reinan vientos no anota- 
dos por los observatorios meteorológicos de las mon- 
tañas. 

espíritu de imiversalidad'\ dice £mile Boutroux, 
que resulta de la naciente unidad de la sociedad hu- 
mana, tendrá que conciliarse con la diversidad de 
almas nacionales, que, por consecuencia del progreso 
de las luces y de la conciencia, se ha convertido en 
una realidad más concreta y consistente que nunca^'. 

IV 

Es a eso, pues, a lo que llamaremos d ábna inter' 

nacional: a ese espíritu de aniversalidad que atrae 
hacia un centro misterioso las almas nacionales, nú- 
cleo a su vez de rotación de las humanas. 

Como las nacionales se forman de la acción reci- 
proca o cooperativa de los hombres, el alma interna- 
cional, nexo potente, efluvio divino a que rendimos 
cierto culto, se forma de la misma acción entre los 
Estados. Hablamos, pues, del alma internacional como 
hablamos del alma humana. No es aquélla una cosa 
distinta de ésta; es también alma humana. También 
es alma nacional ; pero considerada en un modo de ac- 
tividad que gira en torno del polo remoto en que vive 
el arcángel que ve a Dios de continuo, y regula, con 
cadencia y número, proporción y armonía, los desti» 
nos de los pueblos y constelaciones. 

La psicología colectiva es hoy un capítulo de la 
ciencia que, con el nombre de psicología experimen- 
tal, parece reclamar los fueros de una ciencia nueva 



[53] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



en los humanos conocimientos. Esa ciencia de los fe- 
nómenos psíquicos que dependen de una comunidad, 

(psicología experimental colectiva) no confunde, ni 
debe confundir, el alma de las multitudes con la de 
los pueblos. Aquélla es la estática^ el motor de un 
conjunto heterogéneo; ésta es la dinámica, el estudio 
de las sociedades humanas naturales al través del 
tiempo V del espacio, tenidas en cuenta las influen- 
cias étnicas, climatéricas, sociológicas, históricas, etc., 
que. como forman las razas humanas en el orden an- 
tropológico, forman, en el sociológico, los pueblos o 
naciones o Estados más perfectos* 

Ciencia rudimentaria, esa psicología colectiva ex- 
perimental tiene aun mucho que aprender y que ense- 
ñarnos; pero hoy estamos ya habilitados para creer en 
ese dinamismo, y para contar con él, y ver de penetrar 
el misterio de su esencia, cuando meditamos en los pro- 
blemas de la vida entre naciones: lo entre las cosas* 

La psicología de esa alma internacional es más hon- 
da, si cabe, que la del alma humana» Hay en aquélla, 
como en ésta y como en las nacionales, regiones pro- 
fundísimas, en que no penetra la sonda, que se queda 
en las funciones de la inteligencia, de la voluntad li- 
bre, y en la esfera de ciertas visiones imaginativas. Y 
en esas regiones misteriosas, más altas que la inteli- 
gencia humana, suena "el ruido de las grandes aguas 
que están sobre el firmamento". Y en ellas se forman 
las tempestades. Y de ellas descienden los silencios 
como Uuvias. 

Hay algo más que simples fenómenos eslabonados 
del entendimiento y de la voluntad del hombre en los 

acontecimientos que rompen o mantienen los ejes del 
mundo internacional. La reaparición del hombre inci- 
vilizado con sus barbaries ciegas o impulsos irracio- 
nales; los desprecios de la vida; las tristezas trascen- 



[54] 



ENSAYOS 



dentales; el dolor de vivir y las pasiones ignotas; el 
odio y el amor nuevos, distintos de los del homtre; 
las expiaciones que están en nosotros y no son de 
nuestra alma individual, lodo eso, que alguien llamaría 
atavismo, o cosa por el estilo, todo es algo más que 
fenómeno histérico o consuetudinario; es asunto de 
psicología, efectivamente; historia de un alma que no 
es la del hombre, y que es humana, sin emhargo. 

Debemos, pues, analizar esa alma internacional en 
naciones en reposo; no en los momentos de tragedia 
exterior, visible, sino en los silenciosos, en los remo- 
tos orígenes. Las verdades parecen salir de la quietud 
que llena los peldaños rotos de nuestros raciocinios, 

Y hace aparecer eso que hoy suele llamarse intuición^ 

V que no es o 'ra cosa, a mi parecer, que raciocinios 
incompletos o inlernimpidos, que, en ciertos momen- 
tos, se integran, y producen las certezas entrevistas; 
simple función, por lo tanto, de nuestra facultad per- 
ceptiva o intelectiva, que se ilumina de un relámpago 
y halla una palabra . . . 

V 

Es eso, quizá, lo que me hace abrigar la idea de 
que puede ser en nuestros pueblos americanos, jóve- 
nes y turbulentos, confusos, como es confuso todo lo 
que naturalmente nace, según Carlyle, pero muy pró- 
ximos a su origen, donde puede hallarse la recta apli- 
cación de la ley de amor entre personas colectivas de 
la misma especie, la sola salvación del mundo, según 
el inglés. Y es eso lo que me mueve a decir estas cosas 
ingenuas. Creo que los americanos, por el solo hecho 
de serlo, con tal de sólo oírnos a nosotros mismos, 
tenemos algo que decir, digno de alguna atención, y 
aun de mucha. 



[55] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



No hay en el mundo, efectivamente, que yo sepa, 
un conjunto de pueblos en que las atracciones y re- 
pulsiones congénitas, hayan determinado, como en este 
continente^ la formación de unidades naturales seme- 
jantes. Sí diría que forman una especie dentro del 
género ínternacionaL Formados por hombres de todos 
los pueblos, no son, sin embargo, una reunión de cau- 
sas; son una sustancia compuesta, sin las propiedades 
de sus componentes, con propiedades distintas, y hasta 
contrarias muchas veces. En ellas, el amor entre los 
hombres de distintos pueblos y razas, contiene el ger- 
men del amor entre las razas mismas, entre los mismos 
pueblos; está en ellos, por consiguiente, el primer 
coágulo cósmico de esa sociedad de las naciones en 
que tanto se piensa. 

Y no es la Am'érica inglesa, por cierto, con ser tan 
América como la nuestra, no es ella la que mejor 
puede ofrecerse en esto como tipo y ejemplar, según 
decía; es la nuestra» la hispánica o ibérica, la que, 
sin haber realizado la unión legal o constitucional que 
halló la otra, ha ofrecido esa diversidad de almas na- 
cionales de que habla Lloyd George, conciliada con la 
unidad de la sociedad humana, que llamamos el alma 
iiUerjiaciomL 

Es frecuente oír hablar en Europa de la América 
española como de una sola entidad sociológica, y 
hasta poKtica. Y es porque allí no se conciben fácil- 
mente dos personas distintas si no son antagónicas, 
cuando no enemigas. Es la influencia de los viejos 
dioses. En Estados Unidos suele creerse algo de lo 
mismo, aunque por otra razón: porque no se ha estu- 
diado aún nuestra historia, y se confunde la conglo- 
meración sociológica con la política. 

No hay tal cosa, sin embargo, ni cosa parecida. No 
es más distinta Francia de It^ia o España que Méjico 



[56] 



ENSAYOS 



de Chile; Colombia o Centro America son de una es- 
tructura sociológica muy diferente de la del Uruguay 
o la Argentina o el Paraguay, Bien es verdad que flota 
entre todas esas personas colectivas un grande espí- 
ritu, un verbo en constante actividad vital que las 
vincula; pero esa alma internacional, que puede ofre- 
cerse como tipo, lejos de atenuar los rasgos biológicos 
que diferencian y especifican los nacionales y les im- 
primen interesantísimo carácter, es precisamente el di- 
vino agente que, infundiendo el respeto a la vida aje- 
na, crea la conciencia de la propia en su plenitud; 
habilita para el amor, principio único de vida« No 
comparto, pues, el dictamen de los que consideran un 
mal congénito de la América española su división en 
varios Estados soberanos. No es ésa la causa de sus 
flaquezas^ y bien puede serlo de su futura fuerza y de 
su grandeza: la simplicidad de las unidades. 

La congénita dispersión en varios Estados, por ejem- 
plo, de lo que fue el antiguo Virreinato español del 
Río de la Plata, y la no menos fuerte conglomeración 
de lo que constituyó la antigua Gobernación de Gua- 
temala, pueden darnos de eso una idea concreta. Ahí 
están, efectivamente, esos cinco Estados independientes 
que ocupan el gran istmo, entre los dos océanos. Hon- 
duras, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Guatemala. 
Disgregados por causas accidentalesj sienten, sin em- 
bargo, la existencia de xma sola patria centroamerica- 
na que los llama. Esta puede no existir^ pero es. Nin- 
gún costarriqueño, jiingún hondureno creerá que ha 
perdido su patria por la constitución de la que compar- 
ta con el hijo de Nicaragua, o de El Salvador, o Guate- 
mala. Son gotas del gran río; con la ley de las super- 
ficies salieron de las profundidades. Se ha estado tra- 
bajando y se trabaja por encauzar esa natural co- 
rriente; se llegó a constituir la República Centroame- 



[57] 



JUAN ZORRILLA D£ SAN MARTIK 



ricana, con Guatemala, El Salvador y Honduras. No 
entraron en ella Nicaragua y Costa Rica; pero se es- 
cribió en la constitución de la nueva república este 
artículo: "La nación reconoce que, por razones étni- 
cas, geográficas e históricas, también deben integrarla 
los Estados de Nicaragua y Costa Rica* De consiguien- 
te, la federación seguirá considerándolas como parte 
integrante de la familia centroamericana". He ahí un 
caso nuevo en la historia de las constituciones: la in- 
corporación, a la ley positiva, de una intención, deseo, 
anhelo o lo que sea, convertido en mandato sin más 
sanción que la moral, y cuyo cumplimiento se espera 
del tiempo, de las fuerzas naturales conglomerantes* . . 
del amor, en una palabra. 

No ocurre otro tanto con los cuatro Estados del 
Plata, Bolivia, Argentina, Paraguay y Uruguay, que 
aquí nacieron juntos con la común independencia. 
Tan hermanos como los del istmo austral; tan predis- 
puestos como éstos a la constitución, más o menos re- 
mota o próxima, de la familia platense, precursora 
de la hispánica, esos Estados han sido, y son, sin em- 
bargo, resistentes a toda cohesión que signifique des- 
aparición o menoscabo de la propia persona, una, in- 
divisible, perpetua. Un siglo de vida no ha hecho otra 
cosa que vigorizarlos, sin menoscabo del mutuo afecto. 
El amor es aquí disgregante en cierto modo. Las más 
duras pruebas, guerras intestinas, pobreza, soledad, 
desalientos de los propios a amenazas o desdenes de 
los extraños, han sido otros tantos elementos de con* 
centración del carácter en todos y cada uno de ellos; 
se han endurecido en el dolor y la prueba. Si alguno 
de ellos mereciera mención especial, como tipo de uni- 
dad, acaso pudiera ser, no el más grande y próspero, 
sino el menos favorecido hasta ahora de la fortuna 
materialmente. Quiero hablar de ese amable y recio 



[58] 



£NS AYOS 



Paraguay, que no tiene aduladores, pero es mirado con 
respetuosa predilección por sus semejantes en nuestra 
América. 

Ese pueblo, aislado durante algunos años, pareció 
quedar extirpado, allá a mediados del siglo pasado, 
por una guerra encendida entre nosotros por el diablo, 
por un demonio exótico, y de la que no es el caso de 
hablar; sólo le quedaron mujeres, porque los hom- 
bres, aun los niños, murieron en las filas. En los úte- 
ros de esas íuertes hembras paraguayas quedó, sin 
embargo, todo el Paraguay, tanto o más incólume que 
nunca, más que nunca dispuesto a ser lo que es: a so- 
portarlo todo con austera y resignada dignidad. Es un 
ente casi incorpóreo, con la menor cantidad de cuerpo 
posible para contener un alma inmortal; es, pues, lo 
más próximo a la unidad primordial, indivisible. Si 
hemos de estar al ultimo cálculo demográfico, al del 
economista ruso Rodolfo Ritter, aceptado y aprobado 
por el director de estadística^ Juan Vicente Ramírez, 
el Paraguay tenia 600.000 habitantes el año de 1921. 
Puede contener cien millones, con la densidad de Bél- 
gica. 

Si el economista ruso se hubiera visto en el caso 
de decirnos en cuál de esas dos naciones, su patria, 
su enorme Rusia, y el Paraguay, debemos reconocer 
una nación, una persona en cuerpo y alma, una uni- 
dad, un todo, creo que se hubiera visto perplejo, cuan- 
do menos, ante el espectáculo que hoy ofrecen las 
Rusias, chicas y grandes, que andan por el mundo en 
busca de sus almas. LrOs paraguayos son más paragua- 
yos que los rusos rusos» Seria necesario matarlos a to- 
dos, uno por uno, para matar al Paraguay, Y cui- 
dando de no dejar una mujer paraguaya encinta de 
un varón. 



[59] 



CAPITULO III 



LUCES Y SOMBRAS 
I 

Gracias a ese espíritu recóndito, es en nuestra Amé- 
rica, en la hispánica, donde quizá pudieran encon- 
trarse los casos ejemplares de amor entre semejantes 
colectivos, que, imposible al parecer, es, sin embargo, 
la sola estrella que ve el inglés, con ser inglés, en la 
noche del presente. Bien será recordemos algunos de 
esos casos^ 

En esa guerra del Paraguay de que hemos hablado, 
por ejemplo, nuestro Uruguay republicano, aliado al 
entonces Imperio del Brasil y a su hermana la Repú- 
blica Argentina» fue de los beligerantes; sus soldados 
fueron dignos, por cierto^ de los paraguayos. Que no 
es el valor guerrero lo que falta en el corazón ameri- 
cano, ni lo que más distingue un pueblo de otro. 

Yo no sé quién venció en aquella malhadada guerra, 
ni me importa saberlo; creo que, en resumidas cuen* 
tas, todos fuimos vencidos por el diablo que la encen- 
dió. Pero el desangrado hermano paraguayo, caído 
sobre el escudo, hubo de reconocerse deudor a sus 
enemigos de una suma de dinero; de eso que suele 
llamarse indemnización de guerra, . . o no sé cómo. 

Y bien. En nuestro Museo Nacional se custodiaron, 
durante algún tiempo, los llamados **trofeos de la 
Guerra del Paraguay": algunas banderas, tambores 



[60] 



ENSAYOS 



agujereados por las balas, unos cuantos fusiles. . . Eso 
estuvo allí durante varios años . ♦ . no sé cuántos^ 

Pero llegó un momento en que un presidente del 
Uruguay, que por ese solo cuarto de hora de su vida 
merece ser salvado del olvido, (se llamaba Máximo 
Santos) movido no de un pensamiento pero de un 
espíritu, tuvo lo que suele llamarse una corazonada: 
tomó todo aquello, banderas, fusiles, tambores aguje- 
reados, y, de buenas a primeras, lo devolvió a su due- 
ño, el Paraguay, diciéndole, además^ que no sólo no 
debía nada de dinero a su hermano el Uruguay, sino 
que éste se sacaba un gran peso de encima, al darle 
lo que era suyo, del Paraguay. Y que sólo le pedía, 
en cambio, la devolución de su afecto sin reserva al* 
guna. 

Yo no sé si eso era correcto según la constitución 
escrita: no lo sé, ni quiero saberlo; sólo sé que el 
pueblo uruguayo, todo él, como obedeciendo a una 
ley más fuerte que todas las escritas, hizo suya la co- 
razonada de Santos, de quien, no sin causa, estaba di- 
vorciado. Y que el Paraguay salió, con lágrimas en 
los ojos, al encuentro de la embajada que le llevaba 
sus viejos tambores y sacras banderas, besó aquellas 
reliquias, y dio al Uruguay lo que éste le pedia en 
pago de aquello: todo su afecto. 

Eso si que puede llamarse un tratado de paz y de 
amistad. Lloyd Ceorge no lo conoce, a buen seguro; 
no está entre los clasificados en los textos. 

Si no más expresivo, fue más original, si cabe, un 
movimiento afectivo análogo que sintió el Brasil, ya 
constituido en república, hacia su hermano y vecino el 
Uruguay, separados, al parecer, por históricas viejas 
malquerencias. Fue, también, una devolución; pero 
no ya de trofeos o símbolos, o dineros, sino de una 



[611 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



porción Ae territorio, Ün lago y un río limítrofes^ la 
laguna Merín y el río Yaguaión, estaban, tiempo ha- 
cía, y a consecuencia también de tratados de paz, en 
poder del Brasil, Era aquello algo así como un agua 
cautiva o irredenta; agua estancada, nido de veneno* 
sos mosquitos y sabandijas. También existia una deU' 
da. 

El Uruguay había reclamado justicia, sobre lo pri- 
mero especialmente, pero en vano; todo se iba en di- 
laciones, en dimes y diretes, como es de práctica: em- 
bajadas, protocolos, avaluaciones, proyectos de com- 
pensaciones, dignidades nacionales. No habían faltado, 
por supuesto, descortesías, y hasta groserías, palabras 
que parecían "irreparables**, de parte del que se con- 
sideraba más fuerte^ con sus naturales represalias, 
también irreparables, al parecer. Y los rencores entre 
uruguayos y brasileños, y los malos deseos, crecían 
en aquellas aguas, como los mosquitos en las estanca- 
das y llenas de verdín. 

Pero nada había de irreparable en todo eso. Que 
llegó un buen día en que apareció en tierra brasileña 
un hombre de entendimiento y corazón bastante claros 
y fuertes para sentir que aquello no era bueno; que, 
a despecho y pesar de todos los tratados, la mitad 
de la laguna aquella, y la mitad del río divisorio o 
fronterizo, eran del Uruguay. Y el día menos pensado, 
buenamente, sin que mediara oircunstancia alguna oca- 
sional, devolvió al Uruguay lo suyo, sin pedirle otra 
cosa que lo que éste bahía pedido al Paraguay: afecto, 
buenos deseos. • . amor, pues, si hemos de emplear la 
palabra inverosímil de Lloyd George. La forma en 
que aquello se hizo, ahuyentó toda idea de reserva 
mental, y desconcertó todos los recelos o suspicacias. 
Ya no una condición, pero ni una palabra que pudiera 



[62] 



ENSAYOS 



considerarse molesta, menoscabó la recíproca dignidad 
de aquel acto; la deuda se destinó a la construcción 
de obras fronterizas de utilidad común, y las aguas se 
dividieron buenamente» 

El autor de aquella extravagancia internacional se 
llamaba Río Branco; era un luso^americano^ un his^ 
pánico de buena cepa, (yo llamo Hispania a toda la 
península) estadista de ideas propias^ no librescas, 
noble carácter, corazón bien puesto: un poeta, lo que 
se llama un poeta. El pueblo brasileño hizo también 
suyo aquel salto del corazón. Y en el del Uruguay 
nacieron deseos de felicidad común; la vida de un 
alma en otra. 

Todo esto tiene por causa el convencimiento de que, 
en América, la guerra ha sido un mal o enfermedad 
que podríamos llamar esporádica, en contraposición 
de las endémicasy es decir, de las que son propias de 
la región, con sus causas permanentes: meteorológi- 
cas, telúricas, de habitación, de costumbres, etc.: espo- 
rádico^ disperso, exótico^ o como quiera llamársele. 

Así lo expresó muy bien, y conviene recordarlo, la 
República Argentina, nuestra hermana predilecta, que 
había estado en guerra con el Paraguay, y que, excu- 
sado parece decirlo, siente y piensa como sus herma- 
nos, ni más ni menos* Esa misma guerra del Para- 
guay, y sus vestigios, le dieron también ocasión de 
expresarlo en términos ¿e veracidad suma. El canci- 
ller argentino, en 1922, se dirigió al Congreso, propo- 
niéndole la ley de condonación sin condiciones de la 
deuda paraguaya. 

Y le dice: 

"Con el profundo convencimiento de que ha desa- 
parecido para siempre toda posibilidad de vicisitudes 
entre nuestra nación y cualquiera otra de América, 



[63 1 



JUAN ZORRILLA DE SAN MASTIN 



creo que es imperioso borrar, cuando menog, la ma- 
terialidad de todo recuerdo doloroso, a fin de vivir 
tan sdlo identificados en los ideales de mutuo engran- 
decimiento y de solidaridad hacia nuestros comunes 

destinos". 

**Exisle, continúa el Ministro, la deuda de guerra 
del Paraguay. Pues bien. Por log fundamentos que 
inspiran este mensaje, cuya sola enunciación basta 
para que sean debidamente consagrados, debe decla- 
rarse extinguida esa deuda. El Poder Ejecutivo, seguro 
de interpretar el sentimiento nacional^ somete a V. E. 
esta condigna solución histórica"'. 

Estos actos de amor internacional parecerán un 
cuento a los estadistas del viejo mundo. Conocida es la 
frase del llamado '^Canciller de Hierro", constructor 
de la unidad alemana, hija del Dios Pan: pangerma' 
nismo: "Un pueblo que deja de conquistar, decía ese 
Príncipe de Bismarck, y comienza a devolver, es un 
pueblo muerto". [Muerto! He aquí que el Brasil ha 
devuelto, y no es un pueblo muerto, ni mucho menos; 
está vivo, en la plenitud de su vida; "Cort libertad ni 
ofende ni teme'^, como dice el mote del escudo de nues- 
tro Artigas, el primer maestro de amor internacionaL 
Esa gran palpitación de las entrañas brasileñas ha 
sido, precisamente, la revelación más clara de vitali- 
dad que ha tenido esa nación en su historia. No se 
escribirá ya la del derecho internacional sin recor- 
darla como el albor de un nuevo día, que ha salido 
del sol iberoamericano. Y bien vale esa gloria^ que los 
otros pueblos envidiarán, ya no digo un pedazo de la- 
guna, y un poco de agua de río, pero las aguas todas 
del océano, con sus olas y rompientes. 

Son esos los signos de igualdad de especie entre los 
pueblos, la existencia de semejantes, condición sine 



[64] 



ENSAYOS 



qua non, de ese amor entre naciones que entrevé Lloyd 
George, el centinela, como la sola luz en la noche; es 
ésa la base en que podría fundarse la existencia de un 
Derecho Inteniacional Americano de que tanto se ha 
hablado, si él existe realmente. Que si eso no fuera 
la locución "derecho americano" carecería de todo 
sentido racional. No hay más que un derecho entre 
ahna y alma, como no hay más que una línea recta en- 
tre punto y punto. Todas las demás son torcidas; 
jamás darán con el punto; se dispersarán en el vacío. 

II 

Es la falla de esa luz lo que hace tan lóbrega la 
noche europea en que se ve envuelto Lloyd George, 
y lo que induce a muchos a creer que el derecho in- 
ternacional no existe» El estadista inglés no lo ve^ por 
lo mismo que no vemos nuestras pestañas: por tener- 
las demasiado cerca de los ojos. Imaginemos, por 
ejemplo, que un buen día^ Inglaterra se sintiera bas- 
tante fuerte para devolver a España, buenamente, no 
por miedo, ese pedazo de piedra que le tiene clavado 
en el corazón, ese endiablado peñón de Gibraltar en 
que está de centinela, sabe Dios para qué. Para nada 
bueno puede ser. Una nueva Inglaterra, más fuerte 
que nunca, aparecería en el mundo, si tal acaeciera. 
Y éste creería, entonces, que la Gran Bretaña entró 
en la última guerra, efectivamente, en defensa de la 
neutralidad de Bélgica: por honor y por amor. Y los 
hispano-americanos, los españoles de acá, les quedaría- 
mos tan reconocidos como los de allá; tan reconocidos 
o más. 

Pero no está eso tan próximo como fuera de desear, 
ni muchísimo menos. Los pueblos europeos, tan dis« 



[65] 



JUAN ZOHHILLA DE SAN MARTIN 



tantes de sus orígenes confusos, no sienten bien, al 
parecer, la propia unidad en torno al corazón, ni la 
de sus semejantes; no son, con ser tan viejos, perfec- 
tamente maduros; buscan siempre algo que les falta; 
se están conglomerando, integrando; parecen almas 
que buscan sus cuerpos; almas en pena» que se miran 
de reojo las unas a las otras. 

Estamos viéndolas salir de entre los escombros que 
ha amontonado la guerra; pasan dolorosas o irritadas 
ante nuestros ojos, como las que cruzaban, por las 
sombras infernales, ante los de Dante y Virgilio, Po- 
demos interrogar, como el poeta, a ésas que han salido, 
por ejemplo, de la enorme Rusia, para que nos digan 
el secreto de su noche. Bien es verdad que la barbarie 
rusa era proverbial en Europa; rascad al ruso, solía 
decirse, y encontraréis al cosaco; rascad al cosaco y 
hallaréis al bárbaro. Pero eso tendría mucho que ob- 
servar. Dígase lo que se quiera, la enorme Rusia era 
considerada por las naciones europeas conio un seme- 
jante, como una noble persona. Tenía, efectivamente, 
su grandeza, su literatura, su música, Y su alianza 
política era buscada de todos con empeño. Cuando yo 
oí decir a Félix Faure, el presidente francés, en el 
banquete de Marsella, aquello de "las dos naciones 
amigas y aliadas", sentí grande alegría; todos nos ale- 
gramos al saber que Francia no estaba sola en el con- 
cierto europeo* ^'Concierto'* era llamado aquello. jLa 
barbarie rusa! El puente monumental Alejandro III, 
que cruza el Sena, es nube que pasa, con ser de pie- 
dra; la república conmemorando y glorificando al Zar, 
es de lo más curioso que darse puede, no cabe duda. 

No había allí, sin embargo, en la Rusia del Zar, tal 
persona capaz de amor; ni como sujeto, ni como ob- 
jeto. Se examinan los pedazos de ella que la guerra 



[66] 



ENSAYOS 



ha hecho saltar a los cuatro vientos, y se ve en esos 
cascos otras tantas vidas, con sus respectivos corazo- 
nes. Y la persona, si no es un inonstruo« no puede 
tener más que uno; doa o tres corazones en una mis- 
ma cavidad torácica rompen las costillas. Por eso esas 
entidades son incapaces de amor» Mal pueden amar 
a sus semejantes, si no pueden amarse a sí propias. 
Llevan en sí mismas la contradicción, la cuerra. Nu- 
bes, como el puente; nubes de piedra. Finlandia, lie- 
tonia, Estonia, Liluania, Besarabia, Táuride, Cáucaso, 
Siberia, Ukrania... ¿qué sé yo?, todos esos cascos 
de Rusia, todos reclaman su derecho a no ser Rusia* 
Aun hay ruso, sin embargo, que juzga necesario volver 
al enorme conglutinado, para que la Rusia exista. No 
ve que la primera condición, la sola esencial, para 
ser TUSO, como para ser uruguayo o francés, es, aun- 
que no lo diga la Constitución, querer serlo. Para mí, 
cuando menos, el que no quiere ser uruguayo no es 
uruguayo. Puede irse a su casa; debe irse; no nos 
hace falta. 

Entretanto^ ahí queda la Moscovia, con sus cuatro 
o cinco millones de kilómetros, me parece, y sus ciento 
veinte millones de pobladores, si no me engaño, que 
no se sabe lo que son ni lo que serán, y que forman 
el núcleo, al parecer, de la gran Rusia que, extenuada 
y en harapos, tiende la mano a los transeúntes de los 
grandes caminos del mundo. 

Pero 81 no se sabe hoy dónde estaba Rusia, se sabe 
perfectamente dónde no lo estaba. No lo estaba, por 
cierto, en ese pedazo de Polonia, por ejemplo, que 
ha saltado el primero del gran conglutinado, y que no 
puede confundirse; ha salido, después de siglo y me- 
dio de sepultado en Rusia, como esos seres vivos que 
aparecen en el cuerpo de una piedra cuando se la 

[67] 

6 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



parte; han vivido sin comer, ni beber, ni respirar» Un 
corazón, que no era piedra, latía en la piedra* sin em- 
barco: una vida permanecía. 

Todo el mundo sabe de aquelVa brutalidad que 
dividió a Polonia en trozos, uno para cada uno de los 
imperios, que, Uevados de la voracidad, cayeron sobre 
lo que creían un cuerpo sin vida- ¡Como si las almas 
pudieran alimentarse de cuerpos muertos! Bien será 
observar que esa Polonia no fue descuartizada por los 
tres imperios, sólo por devorarle la carne; lo fue, con 
la complicidad de la Europa paralítica, para extirpar 
el espíritu democrático, mág o menos embrionario, que 
animaba aquel organismo secular. Sus gobernantes 
eran elegidos por el pueblo; la misma corona era otor- 
gada por la nación, como la del Justicia de Aragón, 
en España. Por eso, principalmente, fue sacrificada» 
no por los otros pueblos, pero por los dueños de éstos, 
Aegir, Thor, el dios Pan: por los demonios polimorfos 
patronos de los cesares que han encendido siempre las 
guerras: Belzebú, Belíal» la Gran Bestia. 

Es el mundo romano, la Francia democrática, sobre 
todo, quien ha libertado a Polonia. Cuando uno re- 
cuerda que en esa nación, de estirpe y lengua eslavas, 
se habla latín casi como lengua doméstica, se siente 
conducido a las más remotas causas. Y esa águila 
blanca sobre fondo carmesí que flota en la bandera 
de Polonia; y esos cantos polacos campesinos que no 
han dejado de resonar en los oídos del mundo, como 
la voz de un pueblo sepultado vivo, como la de Israel 
en Babilonia; y ese poeta Mickewiz, ese poeta, sobre 
todo, en cuya voz se siente el vuelo del águila blanca, 
y el viejo canto, y la lamentación inextinguible, y el 
anatema tempestuoso, todo es símbolo de eternidad: 
posesión perpetua y simultánea de vida interminable. 



[68] 



CAPITULO IV 



SIGNO DE VIDA Y PAZ 
I 

Los otros pedazos de Rusia que, con Polonia, ha 

hecho saltar el cataclismo no son tan fáciles de reco- 
nocer; pero los hay, Ukrania, pongo por caso, que se 
nos ofrecen como verdaderas almas. Elijo como tipo 
a Ukrania, no porque yo conozca, más a fondo que a 
otras, a esa nación, pero precisamente por lo contra- 
río: porque puedo mirarla con el candor del niño 
campesino, que no veía en las torres otra cosa que las 
golondrinas; como se mira el alma de los paisajes: 
cerrando algo los ojos. Así procedía ese Carlyle, gran- 
de historiador de que suelo yo hablar muy a menudo. 
Porque no vio peligro de que lo tomaran por maho* 
metano, ese inglés eligió a Mahoma, como caso tatrn- 
bien, para estudiar el héroe profeta: lo mira cerrando 
los ojos, reduciéndolo a su significado genérico: lo 
estiliza. 

Estilizaremos, pues, a Ukrania. Que nos perdería- 
mos en tinieblas impenetrables, si, para reconocerla 

como semejante, como persona biológica, nos empeñá- 
ramos en penetrar y resolver los problemas geológi- 
cos, étnicos, fisiológicos, históricos, espirituales que 
nos ofrecen los escombros de Rusia. Aquello está lle- 
no de larvas, verdaderas larvas, que consfruirán o no 
su capullo, que tendrán o no la fuerza de la mariposa 
para romperlo, y que contrastan con estos Estados 



[69] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



americanos de que hemos habladoj con el Paraguay, 
con Centro América, que parecen otro género de vi- 
vientes: fortísimas mariposas, fuertes como águilas. 
No se sabe a qué ley natural de vida recurrir, efecti- 
vamente, para juzgar de aquellos conglomerados o 
desprendimientos. Rutenos, polacos, rusos, ukrania- 
nos.** ¿Dónde están allí los seres semejantes, es de- 
cir, capaces de amor reciproco con los colectivos de 
su especie? 

Carlyle nos da, como piedra de toque, la religión, a 
la que llama símbolo divino. Yo no pongo en duda la 
eficacia del recurso; pero sería necesario que nos con- 
venciéramos, en los casos concretos, de que la religión 
es, en un pueblo, una realidad espiritual, no una sim- 
ple fórmula política o litúrgica. Que lo es en Polonia, 
no cabe dudarlo; la religión católica es allí la patria, 
como lo es en Irlanda. Y por eso resucitan de entre 
los muertos. Pero no lo veo tan claro en Ukrania. Los 
ukranianos rusos, hermanos de los rutenos, que ha- 
blan su lengua y tienen sus costumbres y su común 
historia, y que formaron en el conglomerado austro- 
húngaro, estaban amarrados a Rusia por la religión 
cismática ortodoxa, con el Zar por Pontífice; alli como 
en otras partes, la religión era un simple instrumeri' 
tum regrd, cosa muerta, nada. Ahora vemos a Ukra- 
nia desprenderse de Rusia y revelarnos, según parece, 
lo recóndito de su espíritu. A mediados de octubre 
de 1921, mientras la Rusia boisfaevigui reniega de toda 
religión y quiere fundar la unidad en el vacío espiri- 
tual, se reúnen todos los representantes de la iglesia 
rusa de Ukrania, y acuerdan^ por unanimidad, sepa- 
rarse de esa iglesia cismática, reconocer la autoridad 
del Pontífice Romano, hacer traducir los libros litúr- 
gicos católicos al ukraniano por monjes católicos (ba- 



[70] 



ENSAYOS 



silios), reconocer, por fin, como metropolitano al Ar- 
zobispo católico de Lemberg, que se encargue de lle- 
var 9U mensaje al Papa, y llame las diversas órdenes 
religiosas para la evangeUzación católica de Ukrania. 

Y no es eso, sin embargo, debo declararlo, lo que 
me hace entrever la unidad de vida personal en ese 
casco de la vieja Rusia* No veo, entornando los ojos, 
si es eso, o no, el conglomerante de aquellas almas» 
La Iglesia puede ser cosa exterior; es difícil de per- 
cibir, a la distancia, hasta qué punto está agarrada al 
corazón del pueblo, y emerge de él como *'símbolo 
divino''. No es eso lo que he oído y me hace tomar a 
Ukrania como modelo de paisaje. 

II 

Como la voz de un pájaro nativo, he oído, en cam- 
bio, allí, la voz de un poeta ukraniano. Taras Scewe- 
renko, realmente ukraniano, tanto como Mickiewiz po- 
laco. Y es ése, para mi, el signo inconfundible, tam- 
bién divino, de la existencia allí de una vida. 

Claro está que, al hablar de esa persona poderosa, 
el poeta, no hablo, ya no digo del versificador, pero 
ni siquiera del hábil cincelador de palabras musicales, 
y aun de ideas armoniosas» poesías, estrofas, prosas 
rítmicas, etc., que también es llamado poeta, Y lo es en 
cierto modo. Su primoroso artefacto satisface ese an- 
helo de contemplación desinteresada que tiene el hom- 
bre, como tal hombre, y que lo distingue del bruto; 
es obra» por consiguiente, de alta dignidad. Pero el 
poeta de que hablo no es eso; es otra cosa. No es un 
peldaño más en la escala ascendente que íorraan el 
artesano, el artífice, el artista, sino la obra de arte de 



[713 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



un pueblo que en él se siente a sí mismo, se manifiesta* 
y tiene su expresión perdurable; en él ama, espera, 
recuerda, sufre, se arraiga en su pedazo de tierra, con 
su cielo correspondiente, y sus golondrinas o sus tém- 
panos de hielo. Las palabras que se forman en su voz, 
no son un artefacto sino cosas naturales, como el vien- 
to; sus creaciones suelen ser, como todo lo recién na- 
cidoj balbucientes y hasta deformes, pero esas pala- 
bras, una vez dichas, lo son para siempre; ios que 
quieren imitarlas dicen tonterías, como pintan o mode- 
lan tonterías los que imitan a los primitivos. 

Ese Taras Scewerenko, el ukraniano de que hablo, 
es uno de aquéllos, me parece* Aunque sólo lo he visto 
a través de referencias y estudios críticos, veo en él 
lo suficiente para encontrarme con un alma nacional 
distinta a las demás; veo a Ükrania reflejada en sus 
ojos, como "el divino silencio verde de Ja llanura" que 
veía el poeta en los grandes ojos del buey. 

Taras Scewerenko es el verbo musical del movi- 
miento separatista de Ukrania, que data de principios 
del siglo pasado, y que busca su espíritu en las leyen- 
das populares, y en los recuerdos que viven en la ima- 
ginación de los cosacos. El famoso Gogol fue quien 
llamó la atención y despertó el interés de sus compa- 
triotas sobre su tierra, sus leyendas, su vida espiri- 
tual; un grande historiador, Miguel Hrushewiski, pro- 
fesor de la universidad austríaca de Leniberg, ha es- 
crito una historia monumental, en que sostiene la tesis 
de la nacionalidad ukraníana, con fecunda elocuencia; 
pero es el poeta, es ese Scewerenko de que hablo, 
quien, historiador por excelencia, ha condensado real- 
mente el alma de aquel pueblo, y creado la República 
de Ukrania. 



[72] 



ENSAYOS 



Aquel pobre hijo de unos campesinos sernos, na- 
cido en 1914, que, tras una infancia triste en que 
guarda ganados y sigue la vida de la estepa, se ins- 
truye y vuelve a su villorío, para inspirarse en su tie- 
rra y d'irle su vo2 musical, es todo un fundador; más, 
por supuesto, que los hambres de guerra. Su vocación 
fue su desgracia. Acusado de escribir en lengua ukra- 
níana versos peligrosos a la seguridad del Estado, es 
enrolado, y desterrado por fin. Comienza su martirio; 
sus cartas en el destierro y la soledad son un grito de 
angustia. Repatriado, lo vemos de nuevo echar a volar 
desde su corazón las estrofas vivas, y de nuevo expul- 
sado, con la expresa prohibición de leer y escribir. 

Consigue gracia; vuelve a Petrograd y a Kiew; pero 
allí produce nuevas poesías, y hasta compone una se- 
rie de manuales de lengua ukraniana para sus jóvenes 
compatriotas. La lengua, el verbo, es su fe. Rigurosa- 
mente vigilado, y agotado con los destierros y sufri- 
mientos morales, muere el 26 de febrero de 1867. Co- 
mienza, pues, a vivir la vida del poeta. Sus obras con- 
sisten en una colección de poesías tituladas '*Kowsar^^9 
y en una especie de epopeya **Haidamakr^ en que se 
glorifica la lucha de los cosacos contra sus opresores. 
"Una sencillez conmovedora, dice el crítico que me sir- 
ve de guía, el amor a la tierra ukraniana que ellas ins- 
piran, son los valores principales de esas poesías» En 
**Haidamakir palpita el dolor de un pueblo, ya libre y 
vagabundo al través de las estepas, ya obligado a vol- 
verse sedentario y esclavo". 

El alma de esos cantos lo es de aquel pueblo, que 
se conglomera en torno de su poeta, y que ya no 
puede morir, porque el verbo de Ukrania es en él in» 
mortal. 



[73] 



JUAN ZORftILLA D£ SAN MARTIN 



III 

Reconocer en eso, en las palpitaciones de un cora* 
zórif las unidades vivas de nuestra especie, y, una vez 
conocidas, respetarlas, es el solo medio de llegar al 
amor recíproco en que ve Uoyd George, no sin mu- 
cha causa^ la sola luz amiga en la noche tenebrosa. 
Que sólo asi nos es dado aproximarnos, si no llegar, 
a aquello divisible y no separable, de que hemos ha- 
blado: a la unidad espiritual, sujeto único y único 
objeto de pasión. Los pueblos, a su vez, todos y cada 
uno de ellos, al verse a sí mismos en sus rapsodas^ se 
sentirán el alma, es decir, tendrán conciencia de la 
propia integridad personal* Y esa dignidad, alejando 
de ellos la envidia, el más ruin de los vicios, el contra- 
puesto a la virtud de caridad o amor. Ies dará la fuerza 
de la quietud. Y sólo así la tendrán: cuando se sien- 
tan del tamaño de la propia alma concentrada en sus 
rapsodas* El genio es la región de los iguales. Ingla- 
terra es del tamaño de Shakespeare, y Portugal lo es 
de Camoens. Imaginemos a Italia sin Dante, y a Es- 
paña sin Cervantes; y, advirtiendo cuánto se achican, 
nos daremos cuenta de por qué son grandes. Grecia, 
a no ser las palabras que habló, no existiría» Y Roma, 
aun después de ser dueña del mundo por la fuerza, lo 
fue de sí misma sólo cuando creyó sentirse, en Virgi- 
lio, libre de Grecia, su prisionera; cuando se sintió 
del tamaño de Homero: una persona resonante en su 
verbo latino» 

Entonces cerró el templo de Jano. Estuvo en paz, 

en quietud. Ni Ofenda Ni Temo. . . 

Estas páginas no son estatutos, ni proyectos de leyes 
positivas^ ni siquiera promesas, sino simples buenas 
lecturas o ejercicios espirituales. 



[74] 



ENSAYOS 



En el culto de los pueblos a la Palabra, al propio 
Verbo, que es unidad, está la paz. Ese dios Pan, que 
hoy tanto se invoca, es la guerra. Polimorfo, extra- 
vagante, negación de la unidad espiritual, ese dios 
Pan es el enemigo del Verbo, del alma: pangerma- 
nismo, panisUmiismo, paneslavismo.., awi paname- 
ricanismo. 

Bien es recordar que esa raíz griega "pan" encierra 
el concepto de *'todo". Pero ese dios Pan^ el del ve- 
lludo cuerpo y patas de cabra, que comenzó por ser, 
en Arcadia, como sabemos, la divinidad de los pasto* 
res y los rebaños, el dios del viento ligero y armo- 
nioso, o el de los caramillos y dobles flautas sonoras, 
acabó por revelarse lo que era: el genio siniestro, in- 
continente, que hoy anda por el mundo. Comenzando 
por ser el dios de la vida universal sin regulador, el 
universo marino, el gran Todo^ el anhelo de lo inac- 
cesible, acabó por transformarse en el genio de los 
pánicos, de los pavores; el que persigue a loa perdidos 
en la soledad, a quienes infunde los miedos o terro- 
res homicidas. En los últimos tiempos del paganismo, 
veo a ese dios Pan en la categoría de los demonios, 
genios no inmortales, intermedios entre el hombre y 
la divinidad. 

Es ése, si no me equivoco, el que ha llegado a noso- 
tros: el gran patrono del pan-theismo, todo dios o 
todos dioses, es decir, negación de Dios, silbido de 
serpiente. Que asi habló la primera: Seréis como 
dioses. 

Ese demonio de la pluralidad originaria, negación 
de la unidad sustancial, ángel que no amó, ni siquiera 
a sí mismo, es el que sugiere los armamentos contra 
enemigos no existentes, hijos engendrados por el pá- 
nico en la soberbia, mater tenebrarum, madre de las 
tinieblas. 



[75] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Las que nos envuelven no son otra cosa: pánicos 
de los seres colectivos, sin unidad, inquietos por eso, 
y recelosos. Tan hijas de ese dios Pánico son las con- 
glomeraciones irracionales, como la irracional divi- 
sión; ambas suelen ser la misma sugestión: la inquie- 
tud incontinente. 

Cuando Rusia quería destruir el conglutinado austro- 
húngaro en beneficio de Servia, y cuando Biamarck 
quería su conservación como necesaria a Alemania, y 
cuando el pensamiento de socorrer a Austria, casi 
moribunda, nace sólo del propósito de impedir que 
ella busque la vida en su unión con Alemania, todos 
prescinden de la sola fuerza que preside las atraccio- 
nes y repulsiones del universo, la sola positiva, cons- 
tructiva. 

Pasan por eso los políticos por millares anónimos; 
permanece algún morrión o casco guerrero, de vez en 
cuando, como la cúpula de un templo desafectado. 
Pero queda, en cambio, colgada en las tortuosas ra- 
mas, la cabeza sonora del poeta, como la alcachofa 
del cardo, llena de semillas aladas, como un nudo de 
la rama misma en que la vida se concentró. 

Y resplandece, en su palabra, el espíritu que vive 
en el fondo de una estrella fija. 

Son ésas las que asoman al borde de sus nubes des- 
pués de la tempestad; vibraciones de la unidad pri- 
mordial, o canto de las esferas que se mueven con 
cadencia y número. 

Y el espíritu de Amor, Señor y Vivificante, va ca- 
minando sobre las aguas del caos. 

Y, distribuido en lenguas de fuego, se posa en las 
cabezas vibrantes y armoniosas. 
Et lux in tenebris bicet 



[76] 



PERORACION 



CAPITULO I 

AMERICANOS EN ESPAÑA 
I 

Aunque no destinadas propiamente a los hombres 
de ciencia, conviene al buen resultado de estas amenas 
lecturas darles el prestigio que generalmente se atri- 
buye a las llamadas científicas. El número de los que 
juzgan incompatibles la verdad y la belleza es grande, 
no cabe duda; y, si no se demuestra, cuando menos, 
que lo que uno siente intensamente, bajo su aspecto 
bello inclusive, no es por eso irreflexivo, se corre el 
riesgo de ser tenido en menos. No lo son, por cierto, 
no son improvisados los pensamientos que animan y 
sostienen las imágenes de este libro de imágenes pen- 
sativas^ Yo dije lo que aquí, o cosa parecida, hace al- 
gunos años, y es el caso de recordarlo ahora, por sí 
o por no. Cabe ese recuerdo en la índole de estas pá« 
ginas, con tanto de pintorescas, porque lo era el ama- 
ble cuadro de que mis ideas sobre derecho formaron 
parte, y que no es otro que el que ofrecía, allá por el 
año 1892, la reunión que» en torno de la nación que 
llaman madre, y no sin causa, tenían las repúblicas 
todas de la América española. Se conmemoraba el 
cuarto centenario del descubrimiento de América» 

Fue aquel un espectáculo que llamaré ejemplar para 
dar idea de la existencia del alma internacional de que 
aquí hablamos; no creo que lo haya habido de mayor 



[77] 



JUAN ZORRILLfV DE SAN MARTIN 



interés; es verdaderamente inolvidable. Todos los re- 
presentantes de los Estados del continente nuevo, todos» 
sin una sola excepción, unidos por el verbo común, 
estaban allí. Se fue en peregrinación al Monasterio 
de la Rábida, al puerto de Palos, a todos los sitios 
memorables. Las fiestas fueron muy lucidas: repro- 
ducción notabilísima de las tres carabelas de Colón, 
revistas militares y navales, exposiciones, procesiones 
históricas, congresos y conferencias; todo muy lucido, 
sin duda alguna. El aire estaba poblado de los colores 
españoles abrazados a los hispanoamericanos, y las 
banderas estaban alegres como pájaros salidos ayer 
del nido» Allí teníamos también al embajador de Ita- 
lia, que reclama el alto predicado de patria del Almi- 
rante. Y también al de Portugal, la otra nación des- 
cubridora, como era razón. Los reyes, el infortunado 
Carlos de Braganza, y Amelia de Orleans, fueron a 
Madrid; la hermosa reina vestía los colores españo- 
les. No podía faltar, por supuesto, y no faltó, el sun- 
tuoso hijo de Portugal) nuestro buen amigo el Brasil. 
Era aquella una fiesta ibérica^ fiesta de las Españas. 
Me gusta mucho esa locución, "las Españas", para 
expresar nuestro concepto, The English Speaking 
World, dicen los ingleses. Mundo de lengua española^ 
debemos decir nosotros, de lengua hispánica, mejor 
dicho, para incluir el portugués: las Españas» No era 
el dios Pan, sino el Verbo, el que nos unía. 

Una nota de especial interés para nosotros fue, sin 
embargo, la concurrencia, a todos aquellos actos, de 
los Estados Unidos de América, los de lengua inglesa, 
que, con visible empeño, querían compartir nuestra 
fiesta de familia, como hijos que se dicen siempre de 
Colón. Ese es otro problema, que reclama capítulo 
aparte, libro aparte, mejor dichos y lo tendrá^ si Dios 
es servido. 

[78] 



EN S AYOS 



España correspondió, como se sabe, a esas expre- 
siones de afecto de los Estados Unidos, en una forma 
no menos expresiva: ccm el obsequio de las tres cara- 
belas, admirablemente reconstituidas, y que, con ese 
objeto, cruzaron de nuevo el Atlántico, no más pro- 
fundo que esas lecciones de la inírahistoría. 

El francés era hablado allí por todos, naturalmente, 
como lengua complementaria de la propia, de la in- 
glesa, de la portuguesa, de la española. Nada de ger- 
mánico, por supuesto, ni de eslavo. 

Era de ver, no hay duda, y me es muy grato recor- 
carlo, el espectáculo que ofrecía aquella amable y 
gloriosa España» en cuyos dominios hubo un tiempo 
en que el sol no se ponía; era de verla conforme, 
contenta, por fin, de compartir ese sol con las que 
habían sido sus colonias, y eran entonces sus hijas 
emancipadas, pero de lengua castellana: íes Españas, 
Sólo una espina, bien lo recuerdo^ nos punzaba algu- 
na que otra vez las profundidades, y obstaba a las ex- 
pansiones plenas: la isla de Cuba, colonia entonces 
todavía. Nosotros sentíamos, todos, los españoles in- 
clusive, que Cuba era una hermana no nacida, pero 
que iba a nacer: una unidad. No se podía, eso es lo 
cierto, pronunciar aquel amable nombre, sin embargo. 
Si aparecía alguna vez, españoles y americanos nos 
mirábamos las caras > . . y guardábamos silencio. 

II 

Contentas estaban también, por cierto, las hijas 
emancipadas, y dispuestas a darlo todo a la venerable 
madre antigua, una vez aceptada por ella la gloria de 
ser definitivamente grande, es decir, madre de varo- 
nes. . * 



[79] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



No creoj a decir verdad, que el universo pueda ofre- 
cer un espectáculo semejante a aquel de 1892, cuyo 
complemento fue la presencia, en 1910, de una infanta 
española en América, para celebrar con nosotros el 
centenario de nuestra emancipación o independencia. 
También estábamos entonces^ en Buenos Aires, todas 
las repúblicas americanas, contentas de la compañia 
de la vieja madre, que reía en la buena risa de la in- 
fanta Isabel de Borbón, amable y franca y digna per- 
sona. Don Alfonso, el rey, vendrá también a visitar- 
nos, según se dice. No lo sé a ciencia cierta. Pero a 
fe que, ai tal ocurre, será recibido como él lo merece: 
como el represeintante de la nación amiga por exce- 
lencia de América, y como el gentilhombre que todo 
el mundo conoce y quiere bien. 

Pudiera creerse que eso de que no pueda ofrecerse 
espectáculo semejante al de 1892 en España, es, cuan- 
do menos, algo enfático; pero no, no lo es tanto como 
parece. El afecto que congrega a estas antiguas culo 
nias españolas con el pueblo que las evangelizó y les 
dio su lengua^ no tiene semejante* que yo conozca; el 
que vincula, por ejemplo, a los de la lengua inglesa 
con su vieja metrópoli, puede existir, no lo pongo en 
duda; pero no es lo mismo. El inglés no quiere al 
angloamericano sin muchas reservas mentales; ni el 
angloamericano al inglés. Y la causa es clara: el im- 
perialismo inglés persiste; vive su último período his- 
tórico; el español ha terminado, felizmente, el impe- 
rialismo material. El moral, en cambio, el anhelo de 
dominar el mundo por la lengua, por el verbo, que 
es dominio de amor, ése nos es común con España. 
Vemos en nuestra lengua, menos que otros pueblos, 
me parece, un buen agente de comercio. Cervantes es 
nuestro héroe: y quien dice Cervantes dice Don Qui- 



[80] 



ENS AYOS 



jote, el caballero de la justicia, y de la caridad, y de 
la humildad. También Santa Teresa, con su lengua 
española doméstica, homérica, nos llama y reúne como 
una hermana mayor. Es la demasiada riqueza la que 
acaso impide la conglomeración del mundo de lengua 
inglesa; nosotros, los de lengua española, no somos 
tan ricos. Eso es lo que nos ha hecho más ricos de 
buenos afectos; es la debilidad lo que nos hace más 
fuertes. 

Lo cierto es que, si bien estábamos allí, en España, 
en la Rábida, muchas personas colectivas distintas, 
todos nos sentíamos en casa. Cánovas del Castillo, al 
darnos la bienvenida, dijo una de sus buenas frases, 
cuando dijo aquello de que ^'los americanos seríamos 
en España tan extranjeros cuanto quisiéramos serlo; 
pero no más'\ 

III 

Y a propósito. No creo que se haya sentido tan a 
sus anchas, en tierra germánica, cierto hombre pú- 
blico sudamericano, que, después de la guerra, fue 
objeto de afectuosos agasajos en Berlín; afectuosos, 
y hasta apasionados. El caso puede hacer las veces de 
una parábola o apólogo. Es el protagonista, como digo, 
un ciudadano de una república hispanoamericana, que, 
habiendo sostenido en el parlamento de su país la 
causa de Alemania durante la guerra, fue después de 
ésta a Berlín, en 1921, y dio allí, en la universidad, 
una conferencia contra el Tratado de Versailles y de- 
más, que despertó, naturalmente, mucho entusiasmo 
en el auditorio. Se le ofreció un suntuoso banquete, 
cuyos detalles, llenos de color, nos vienen muy a cuen- 
to. Junto al obsequiado, estaban el mariscal Macken- 



[81] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



sen, vestido de uniforme de Húsar de la Muerte, negro 
y plata; el hijo de Guillermo, Príncipe Eitel Friede- 
rich; y los almirantes Tirpitz, Schróeder y Reuter; y 
los generales Ludendorff, von Dick y von Der Golz; 
y el ex ayudante de campo del Kaiser, conde Dolma, 
y el conde Waldersee, y una docena de los más sona- 
dos oficiales del imperio, llegados de distintas partes 
de Alemania. Hindenburg se disculpó por estar enfer- 
mo* Todos los militares llevaban insignias y condeco- 
racionesy cascos y uniformes de gran gala. Y estaban 
también los jefes del partido monárquico-nacionalista^ 
Wcstarp y Helf ferich . , , 

Yo me imagino la situación de aquel republicano 
de América^ y no vacilo en afirmar que era menos 
cómoda que la nuestra en Madrid. Debo suponer, 
cuando menos, que si no hablaba bien el alemán, poco 
habrá servido a aquel huésped su lengua española, y 
mucho menos la francesa, nuestra lengua auxiliar, que, 
al lado de la alemana, parece nuestra propia lengua; 
puro castellano o portugués o italiano. Eso no obstó, 
sin embargo, a que allí se oyera, en alemán, por su- 
puesto, un buen consejo a los hispanoamericanos, en 
boca de von Tirpitz, el almirante, que habló después 
de haberlo hecho Ludendorff, el mariscal, con gran 
vehemencia. Von Tirpitz encareció a los compatriotas 
del obsequiado, y a todos nosotros, los sudamericanos, 
**la aUanza moral y material con España", 

Convengamos en que la alianza que allí nos acon- 
sejaban, no era la misma que nos vinculaba en Ma- 
drid y la Rábida; era tan distinia como el día de la 
noche. La de la Rábida, la de Madrid, la del Puerto 
de Palos, era una entrañable verdad: la idea de un 
enemigo, que flotaba en el banquete de Berlín, no 
pasaba por allí por cabeza alguna, ni era necesario 



[82] 



ENSAYOS 



para que nos sintiéramos unidos en una afirmación, 
en una fe. Todos estábamos desarmados: los pechos 
sin coiaza, las cabezas sin casco, las caras sin visera. 
Queríamos, y podíamos decimos la verdad sin reser- 
vas mentales» El mismo representante de Estados Uni- 
dos, confesémoslo, tenía la cara menos cubierta por 
el casco que von Tirpitz, 

IV 

Era, pues, aquella, ocasión propicia de decir las 
verdades, y fue al representante del Uruguay, a mí 
precisamente, a quien cupo en suerte la feliz de ser 
uno de los intérpretes, en forma varia, y según las 
circunstancias, del pensamiento y de los afectos comu* 
nes. Estos, los afectos, cobraron forma en un Mensaje 
de América, que yo entregué a España, en las puertas 
del Monasterio de la Rábida, y que ha sido muy rati- 
ficado. Pero fue en el Congreso Jurídico Ibero-Ame* 
ricano, celebrado en Madrid, donde hube de dar forma 
a nuestro pensamiento, al pensamiento español, el de 
las Españas, de que hemos hablado, y que no es otro 
que el que en este sermón de paz o evangélica homilía 
cobra su forma de imágenes. 

En aquel Congreso Jurídico de Madrid emitia yo 
mis opiniones o doctrinas en nombre de la ciencia 
jurídica, de la española especialmente. Pero hablemos 
con franqueza: no hay tal ciencia jurídica, propia- 
mente hablando, en ciertos casos. Lo que se hace, en 
éste y en los análogos, es verter, en el dialecto cientí- 
fico exigido por las circunstancias, las convicciones, 
los sentimientos, mejor dicho, de un hombre o de un 
Eslado, o familia de Estados. Las naciones no pueden 
poner en tela de jucio la propia vida; no la razonan 
generalmente ni la discuten; la viven y la defienden 

[a3] 

9 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



por divino instinto. Nadie con más suntuosidad que la 
Alemania moderna ha vestido de ropa científica su fe 
nacional en los dioses norsos, y en el otro, el dios Pm. 
Primero ha estado el instinto germánico; la ciencia 
ha venido después, esa es la verdad. 

Es de advertir que aun en ésta, en la ciencia, inter- 
viene no poco el sentimiento; aun en las sobriedades 
de estilo del informe científico, cualquiera puede echar 
de ver la suntuosidad; suntuosas son las largas bi- 
bliografíag, los tecnicismos herméticos, las hipótesis 
sibilinas, en que descansa el prestigio de ciertos 
sabios* Los llamados sabios por antonomasia, que 
son los cultores de una parte de las humanas ciencias, 
son a menudo, hoy sobre todo, personas ensimisma- 
das. Hay químicos que creen que si no son primeros 
concertiptag de violín, otros tantos Paganinis, es por- 
que no han probado hacer sonar el violín; que si no 
son grandes poetas^ es porque no se han puesto a ri* 
mar. Si leemos, por ejemplo, a Ramón y Cajal, parece 
que, para el ilustre histólogo, no existe más ciencia 
que la del laboratorio químico-biológico; la literatura 
y la historia son, en su concepto, "arles de recreo y 
atracción, para las que sobran eruditos y comentado* 
res**. España no ha tenido ciencia^ según ellos, por- 
que no la ha tenido experimental; sus teólogos y míS' 
ticos, los experimentales del alma, aunque no tengan 
rival en el mundo de la metafísica, no dan a su patria 
maldita la gloria* Es más descubrir un microbio, que 
un héroe, por lo visto; es más alto y fecundo y cientí- 
fico introducir un suero antirrábico en el organismo 
humano, que inocular un principio de vida y de espe- 
ranza y de alegría en el corazón social. La aparición 
de Pasteur ha hecho desaparecer a Dante, y a Sha* 
kespeare, y a Cervantes, y a Pascal, de los cielos es- 



[84] 



ENSAYO S 



trellados. No seré yo quien comparla esa pobre opi- 
nión. Quiero disentir de ella expresamente. 

La resignación con que los cultores de las letras y 
de la historia suelen hoy; aceptar ese puesto subalterno 
que, en la esfera del pensamiento humano, les asignan 
los otros, es ejemplar; pero debe tener su limite. Lo 
tiene en la dignidad del alma. Es difícil precisar, si 
bien se mira, el sentido de ese concepto de "ciencia'', 
aun el de "ciencia experimental". Que no sólo la ma- 
teria orgánica es objeto da experiencia, observémoslo 
bien; también lo es esa otra "sustancia" que informa 
ciertos organismos, y los separa del mundo inorgáni- 
co; la que distingue una planta de una piedra, y la 
mirada de una mujer del abrirse de una flor azul» No 
por llegar a la poesía, se interrumpe el camino de la 
ciencia, sin embargo; antes se adelanta en él. Los que 
allí se detienen, se quedan atrás» La misma ciencia 
de la muerte es experimental. Bien es verdad que no 
se muere más que una vez; pero es la ciencia de los 
santos; un paulatino descubrimiento de la vida. Hallar 
una palabra, es a veces un inmortal descubrimiento. 

Pese a todo eso, yo hube de invocar en España la 
ciencia para expresar mi fe, porque estaba en un con- 
greso científico. Y quiero recordar algo de lo que allí 
se me ocurrió, no para aspirar al título de inventor o 
de precursor, que tiene tantos aspirantes, sino porque 
hoy, treinta años después, advierto que no tengo nada 
mejor que decir, ni más nuevo; que no he aprendido 
nada desde entonces, con haber sabido, como sé, la 
lección de la guerra inaudita* 



[85] 



CAPITULO II 



LA SOCIEDAD DE LAS NACIONES 
I 

Decía yo, pues, en ese Congreso Jurídico de Madrid, 
y está escrito en mi libro de 1905, nueve años anterior 
a la guerra: "Más que a discutir o a investigar con- 
vicciones científicas, vamos a proclamar en ese Con- 
greso, las que, si son aspiraciones, más o menos con* 
cretas, de la humanidad civilizada, deben considerarse 
axiomas en la gran familia ibero-americana: la paz, 
la justicia, el mutuo apoyo en el orden del derecho 
internacional público; la mayor armonía en el del 
internacional privado; la mayor extensión posible, 
dentro de las soberanías individuales, del imperio de 
las leyes del uno en el territorio del otro" , . , 

No perderemos el tiempo, me parece, ni disonará 
con el carácter de este libro, que quiere ser ameno, 
la lectura de lo que entonces decía el representante 
de la joven república de Artigas, yo, contestando al 
ilustre Cánovas del Castillo, que pronunció un gran 
discurso, y a los esclarecidos portugueses Pinto Coelho 
y Conde de Valengas, que lo habían precedido en el 
hablar. Si alguien quisiera ver un poco de vanidad en 
estas transcripciones, puede hacerlo: no me ofenderé 
por eso. Pero no dejan de ser pertinentes al propósito 
que persigo en estas páginas morales. 



[66 1 



ENS AYOS 



Yo decía literalmente: 

El presidente de esta Academia espera, y no sin 
causa, el concurso de los hombres de ciencia y de ex- 
periencia, para resolver, en las sesiones del Congreao 
que en este acto se inaugura, esos traseendentales pro- 
blemas sometidos a su dictamen. El señor Cánovas del 
Castillo^ que es uno de los grandes pensadores de Eu- 
ropa, ha comenzado ya, en el intenso discurso que 
acabamos de oír, a traernos ese concurso por su parte^ 
cuando nos ha dicho la verdad sobre el universal 
anhelo de evitar la guerra entre los pueblos; él 
nos ha recordado los peligros inevitables, las tristes 
y oscuras leyes, superiores a la voluntad del hombre, 
que perturban el equilibrio internacional, y provocan 
las tempestades; pero también ha expresado una con- 
soladora confianza en la marcha progresiva y cristia- 
na de la ciencia del derecho, que, si no puede hacer 
desaparecer por completo el mal, triste herencia de la 
humanidad caída, podrá al menos atenuarlo mucho, 
en los futuros destinos de los hombres y las naciones. 

Yo adhiero a las doctrinas, y también a los anhelos 
y esperanzas del señor Cánovas del Castillo; ellos arrai* 
gan en las entrañas de la naturaleza o de la persona 
humana, y en la naturaleza, por consiguiente, de las 
agrupaciones de hombres que constituyen las perso- 
nas colectivas, personas de derecho internacional, que 
llamamos Estados independientes y soberanos, y cuya 
coexistencia sobre la tierra constituye, ipso fado e 
ipso jure, la sociedad internacional, como se consti- 
tuye, ipso jure e ipso jacto, la sociedad civil, que nace 
de pleno derecho con la coexistencia permanente de 
las personas físicas en un espacio determinado de la 
tierra. La paz, la armonía, el respeto mutuo, el mutuo 
auxilio, la caridad, son el orden, la ley, el bien; el 



[87] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



antagonismo, la rivalidad, la guerra, el odio, son el 
mal, porque son la perturbación del orden, la viola- 
ción de la eterna Volunlad Creadora^ que, en el amor 
necesario a la perfección infinita de su propio ser. 
que es todo amor, traza la norma del bien absoluto, 
y de la absoluta felicidad. 

Como lo veis, yo creo en lo absoluto, en lo eterna- 
mente preexistente; afirmo la existencia de la cauaa 
de las causas: creo en Dios. Juzgo que, así como los 
radios de un círculo eran iguales, aun antes de haber 
sido trazado el primer círculo; así como el camino 
más corto entre un punto y otro era la línea recta, aun 
antes de haber existido la primera línea y de haberse 
emprendido un camino a la luz del primer sol, así 
existía la ley del hombre^ antes de existir un hombre; 
así la ley de la sociedad civil necesaria^ antes de co- 
existir los hombres formando sociedad; la ley de la 
sociedad internacional^ antes de coexistir los Estados 
soberanos formando el concierto de los pueblos civi- 
lizados. 

Desentrañar esta última ley del estudio del gran 
organismo internacional, y de sus funciones al través 
del tiempo ; promulgarla, sancionarla sobre todo, darle 
forma, y trasladarla de la esfera moral a la jurídica, 
ésa es la empresa en que está empeñada, de siglos 
atrás, la humanidad, que trepa lentamente la montaña 
interminable, como aquel Sísifo que llevaba sobre !a 
cabeza la enorme piedra sostenida con las manos, Esa 
es la obra continuada por estos congresos internacio- 
nales, con los ojos fijos en el ideal cristiano entrevisto 
en la cumbre lejana, pero inclinando de vez en cuando 
la cabeza, para mirar la tierra que pisan, o volviéndola 
hacia atrás^ de vez en cuando, para ver el camino re- 
corrido. 



[88] 



ENSAYOS 



Empujemos hacia ariiba la pesada piedra, con las 
cabezas y con las manos; pensemos y analicemos: es 
el método deductivo; deduzcamos los principios de la 
permanencia o repetición de los hechos: es el induc- 
tivo. Sin loa principios^ los hachos carecen de morali- 
dad; sin los hechos, loa principios no serán prácticos. 
La experiencia sólo puede suministrar lo que es; pero 
no lo que puede y debe ser; y, si bien la historia nada 
tiene que ver con la moral, es indudable que la moral 
tiene su historia, y ésta su influencia y sus le^^ciones. 
Todos sabemos que el derecho internacional es tam- 
bién un derecho consuetudinario; no ignoramos, y es 
un viejo axioma, que la experiencia eg la madre de la 
ciencia, y que la razón, por poderosa que sea, muy a 
menudo yerra, sin el contraste de la observación ex- 
perimental: verdad vulgarísima, de la que me parece 
se ha abusado demasiado en nuestros días, considerán- 
dola un deacubrimiento. No lo ea. 

11 

El señor Cánovas del Castillo acaba de decir que 
el derecho de gentes es la parte más atrasada del de- 
recho general» 

Y se comprende. Las personas que son sujeto y tér- 
mino de esta rama del derecho, y cuyas relaciones 
morales y jurídicas deben regirse por él, son personas 
que viven al través de loa siglos, como los hombres al 
través de las horas; no tienen, por otra parte, como 
los hombres, una vida de ultratumba; su destino se 
realiza en la tierra; sus días, como los genesíacos, son 
épocas históricas; su marcha es muy lenta, pues, con 
relación a la vida del hombre, que> en la tierra, es un 



[89] 



JUAN ZORRIIiLA DE SAN MARTIN 



instante de aurora; su infancia es muy larga, su ma« 
durez tardía. 

Vosotros lo sabéis: la antigüedad fue una larga no- 
che; la edad media, un crepúsculo en que el sol del 
cristianismo rompía lentamente las brumas de la bar* 
barie; apenas son una alborada laa edades moderna 
y contemporánea para el derecho intemacionaL 

Los astros comenzaron a aparecer en España^ como 
lo ha afirmado el señor Cánovas: Suárez, Vitoria, 
Soto, Ayala* Y los astros no envejecen; las doctrinas 
de los teólogos españoles, discípulos del genio de 
Aquino, continuador, a su vez, de Aristóteles, el maes- 
tro griego, parecen resucitar en nuestros días, y resu- 
citarán siempre, porque son la verdad. Nada son el 
tiempo y la distancia en la eterna armonía: el tiempo 
es un misterio; el sol es una estrella de la vía láctea, 
de la infinita nebulosa. La humanidad es im niño de 
ciiaLro mil años. L,a sociedad internacional, que ni 
siquiera ha entrado en su período constituyente, es 
acaso una enorme tribu de ^gantes, sin más autoridad 
que la del más fuerte, ya que la autoridad, que debiera 
residir potencialmente en el conjunto de personas co* 
lectivas, en el conjunto de Estados soberanos, es aún 
una especie de res nullius, cosa sin dueño, que sólo 
pertenece al primer ocupante, al que la ejerce de he- 
cho. 

Y eso acontece porque aún no se ha hallado la for- 
ma de determinar esa autoridad, encamación de la 
Voluntad Suprema, por medio de la voluntad de las 
naciones; esa autoridad que, si no es elemento esen- 
cial de la noción filosófica de sociedad, es, sin em- 
bargo, no cabe duda, un medio necesario para que la 
sociedad civil, y también la internacional, tengan fun- 
ciones ordenadas, y realicen sus destinos: el bien co- 



[90] 



ENS AYOS 



mún de todos los pueblos, en primer término, y la fe- 
licidad de los individuos, de las familias, personas 
físicas o personas colectivas, de cuyo conjunto están 
formadas respectivamente, como término final. 

La sociedad internacional no ha entrado aún, he di- 
cho, ni siquiera en su período constituyente, y mucho 
menos en su período legislativo; ese derecho que la 
rige o debe regirla, está, sí, muy atrasado, como lo 
afirma Cánovas del Castillo con la autoridad de su 
palabra elocuente, Pero lo que debe ser es, en el orden 
moral; ese derecho existe, porque debe existir: está en 
las entrañas de la naturaleza humana, y en la de las 
agrupaciones naturales de hombres que forman los Es- 
tados. Leamos en esas entrañas, como los antiguos 
augures leían sus vaticinios en las entrañas de los 
holocaustos* 

III 

Yo veo en ellas un derecho internacional que, como 
el derecho civil, presenta dos aspectos: el del derecho 
individual y el del derecho social. £1 primero consi- 
dera a los Estados en sí mismos, con las facultades y 
atributos inherentes a su personalidad inviolable, con 
deslino propio, fin de sí mismos; nunca simples me- 
dios para que otros realicen sus destinos; los mira, 
pues, como sólo coexislentes, £1 segundo, el derecho 
social internacional, los considera como asociados, 
miembros de esa sociedad natural y necesaria formada 
ipso jure, antes he dicho, por la coexistencia sobre la 
tierra de personas colectivas de la misma especie, se- 
mejantes, del mismo origen, del mismo destino. 

Pero el derecho social no puede estar en pugna con 
el individual en la sociedad de las naciones como no lo 



[9U 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



está en la de lo5 hombres y familias; son rayos del 
mismo foco luminoso, funciones del mismo organis- 
mo^ notas del mismo acorde» Así, pues, como la so- 
ciedad civil, y el derecho social que la rige, lejos de 
menoscabar la inviolable personalidad del hombre, y 
los derechos de la familia, tienen por objeto esencial 
su conservación, su desarrollo en su ambiente propio 
y su felicidad^ así la sociedad internacional, y el de- 
recho social que de ella emana, y que es su lev, lejos 
de menoscabar la soberanía de los Estados que la for- 
man, tiene por objeto final el conservarla, vigorizarla^ 
desarrollarla. No existe el hombre para el Estado; exis- 
te el Estado para el hombre, para la familia. No existen 
los Estados para la sociedad internacional; pero debe 
existir ésta para los Estados soberanos. Es el medio en 
que nacen, crecen, viven, se reproducen. 

Concebimos, pues, en la sociedad internacional, el 
ejercicio de ios derechos individuales por cada una 
de las personas colectivas en que esos derechos radi- 
can, y se concibe, también, en armonía con él, el ejer- 
cicio de los derechos sociales, o, más bien dicho, de 
los derechos de la sociedad internacional, por la enti- 
dad que pueda invocar legítimamente la personería de 
esa sociedad, y defenderla de los injustos agresores 
de la felicidad común, que sólo puede ser el resultado 
de la individual. 

Llego, por consiguiente, a concebir, y hasta a vis- 
lumbrar en el porvenir, la existencia, no sólo de un 
derecho constitucional de la gran confederación hu- 
mana; no sólo la de un derecho civil y administrativo, 
sino también la de un derecho penal internacioíial, 
entendiéndose por tal, no el apoyo mutuo que se pres- 
tan los Estados soberanos para castigar el delito de los 
individuos, o personas físicas, como lo entienden hoy 



[92] 



ENSAYOS 



los autores al tratar de la extradición de criminales, 
sino el castigo impuesto, no por la fuerza sino por la 
razón, a los Estados mismos ^ con el objeto de restable* 
cer el orden moral internacional perturbado, con todas 
las benéficas consecuencias, en el orden sociológico y 
económico, del reinado de la justicia sobre los pueblos, 

Pero es el caso de saber quién es esa entidad jurí- 
dica que ha de dirimir los conflictos del derecho in- 
dividual de cada Estado, o asumir la personería de la 
sociedad internacional, para ejercitar y hacer preva- 
lecer los derechos sociales que se identifican con el 
orden o la intrínseca armonía; es el de averiguar cuál 
es la racional forma de gobierno de la sociedad inter* 
nacional; quién es el superior entre los iguales, la en- 
carnación del conjunto entre los miembros soberanos 
que lo forman; cómo se determina; cómo se designa, 
por fin, y constituye la autoridad, sin incurrir en un 
monstruoso cesarismo internacional. 

He ahí el problema, cuya solución encierra acaso 
el porvenir; pero que no conoce el presente. La socie- 
dad internacional seguirá, en su desarrollo al través 
de los tiempos, las mismas o parecidas etapas por que 
ha atravesado la sociedad civil o política, con la sola 
diferencia que antes hemos advertido: su marcha será 
más lenta, sus años se contarán por épocas. Que tam< 
bién las sociedades políticas tuvieron su período de 
larga formación; también en ellas la autoridad perte- 
neció, durante mucho tiempo, al más fuerte, al primer 
ocupante, • . Y aún hoy, ¿en que período vivimos? 

Se dice que es la fuerza la que predomina en las 
relaciones entre los Estados, y se reniega por eso de 
la justicia internacional, o se abandona la labor que 
conduce a su conquista. 



[93] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



¿Pero acaso en las diversas sociedades políticas ha 
dejado en absoluto de ser la fuerza el árbitro entre 

los hombres, como suele serlo entre los Estados? 
¿Acaso es hoy un hecho el reinado de la justicia, y 
de su hijo primogénito el derecho, en nuestras socie- 
dades políticas? ¿Acaso las leyes internas de los Esta- 
dos son siempre ordenaciones de la razón enderezada 
sólo al bien común, y promulgadas por la legítima 
autoridad? No por eso se niegan sin embargo, la exis- 
tencia ds la sociedad política o Estado. 

La autoridad que legisla^ que juzga, que ejecuta la 
ley, no es siempre, en la sociedad civil, bien lo sabe- 
mos por desgracia, la encarnación de la eterna justi- 
cia que fluye del eterno amor. Y la injusticia es la 
hija y es la madre del odio, Y el odio engendra la 
guerra, la guerra civil en lo interno, la nacional en 
lo extemo. 

IV 

¡Ah, la guerra! He ahí el enigma que aparece, la 
negación de todo amor, la hija predilecta del arcángel 
que no amó. La guerra es una esfinge que mira con 
ojos inmóviles, de hermosura siniestra. Su beso es 
mortal, y su hija predilecta suele llamarse Gloria, ¿Y 
no ha dado nacimiento a las naciones? 

Es otras veces un genio vengador o expiatorio; es 
otras, un flagelo meteórico, de fulgurante cauda roja, 
que purifica el ambiente sideral. 

Pero sea de ello lo que fuere, ahí está, sentada en 
los horizontes internacionales, con los ojos siniestra- 
mente hermosos, impasibles y gélidos, clavados en no- 
sotros, que pretendemos interrogarla. La miramos, y 
parece muda; no nos contesta si la interrogamos. Y si 
llegara a contestarnos, sus palabras serían más hondas 



[94] 



ENSAYOS 



e impenetrables que el silencio; más oscuras que el 
dorso de nuestros párpados cenados; más frías que 
la piel del hombre muerto ayer. 

La guerra es la tiranía; pero. . . ¡cuántas veces, en 
el hecho, la tiranía o la dictadura es la autoridad, aun 
en la sociedad civil! 

Notemos la marcha que ha seguido la humanidad 
en cuanto al criterio internacional sancionado por la 
guerra. 

Esta fue, durante largo tiempo, la sanción de los 
derechos individuales en la sociedad internacional; 
fue el acto por el cual los Estados se defendían a se 
hacían justicia por si mismos; los pueblos tenían em- 
peño en encerrarse en los derechos individuales; aun 
las doctrinas sobre equilibrios europeos o interven- 
ciones, se fundaban sólo en los derechos de cada Es- 
tado a su propia seguridad, en el derecho individual 
iiLfer nacional. Hoy ya se invoca abiertainente el dere- 
cho social^ el bien común de los Estados, el interés de 
la humanidad, para justificar el empleo de la fuerza. 
Ya es algo más que la intervención de un Estado en 
el réjrimen interno de otro Estado, que provocó en las 
escuelas los anatemas de la mitad de este siglo; es la 
constitución de hecho de la autoridad en la sociedad 
internacional; la aplicación a ésta de los principios 
que rigen la organización de las sociedades políticas. 
La evolución es radical, pero se define con toda preci- 
sión, y parece incontrastable. Es preciso que la ciencia 
se adelante a ella, y la encauce en los límites del de- 
recho. 

Obsérvese bien, y medítese, la acción de un Estado 
que hace una guerra defensiva contra otro que, erigido 
en autoridad, la trae ofensiva, invocando el orden in- 
ternacionaK y nótese la analogía de esa acción con la 



[95] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



de un pueblo que se alza en revolución, para resistir 
al gobierno de hecho, no legítimo, fruto de tiranía, 
que rige la sociedad, y dice defender el orden público. 
Este se proclama autoridad en la sociedad civil, con el 
mismo título con que se atribuye eáe carácter, en la 
sociedad internacional, el Estado agresor que, en pose- 
sión de la fuerza, toma también posesión de la auto- 
ridad, que, como res nullius^ viene a pertenecer, de 
hecho, al primer ocupante. 

En ambos casos existe, pues, la autoridad; en am- 
bos será la fuerza, será la guerra, la que, en definitiva, 
establecerá cuál es, de hecho, la autoridad legítima; 
en ambos, la sanción expresa del pueblo o de las na- 
ciones, que constituiría la verdadera legitimidad, que- 
da sustituida por el silencio, por la resignación de la 
humanidad o del pueblo, y afianzada, en el tiempo, 
por la prescripción o por el hecho consumado. 

Si negamos, pues, la existencia de la autoridad en 
la sociedad internacional, porque es sólo la fuerza la 
que en ésta la ejerce, tendremos que negar también 
su existencia en la sociedad civil, porque también en 
ella concurre muy a menudo esa circunstancia. La his* 
toria de las sociedades políticas no es otra cosa que 
la de sus grandes revoluciones, la historia de sus cons- 
tantes tentativas por hallar lo que también busca la 
sociedad internacional: la forma de constituir la auto- 
ridad legítima, o de hacer práctico el principio abso- 
luto de justicia que debe reglar las relaciones entre 
los hombres o entre los pueblos. 

Caen los Estados débiles, víctimas de los fuertes, en 
la sociedad internacional, como caen, víctima de la 
injusticia de los magistrados o de los otros hombres, 
las personas débiles, físicas o colectivas, en la sociedad 
civiL 



[96] 



ENSAYOS 



¿No se constituyen muchas veces por la fuerza o 
por el fraude las autoridades, en el seno del Estado? 

¿Pues en qué se diferencia esa sentencia política, 
dictada y sancionada en definitiva por la fuerza in- 
terna que prevalece, de la sentencia internacional con- 
tenida en uno de esos llamados sarcásticamente írctta- 
dos, |y tratados de paz! impuestos por el vencedor al 
Estado vencido? 

La consecuencia de todo esto es, a mi entender, la 
siguiente: en la sociedad internacional, lo mismo que 
en la sociedad política, el simple funcionar del orga* 
nismo social, que obedece a una ley divina, tiende a 
la constitución de una autoridad, como tienden los 
átomos, por su propia rotación, a agruparse en torno 
de un núcleo. O esa autoridad se constituye de dere- 
cho, o se constituye de hecho; pero se constituye for- 
zosamente. Sin ella, la guerra es inevilable. 

La solución del vital problema que nos hemos plan- 
teado no debe buscarse, pues, en el rechazo de la au- 
toridad intemaciona], sino en hacer a ésta legitima; 
en dar con el misterio de su forma constitutiva, desen- 
trañándola de los principios y de los hechos» Es el 
secreto del porvenir, como antes lo he afirmado; es 
la labor del presente* 

Sustituir la autoridad de derecho, la autoridad de- 
terminada por la voluntad inteligente del hombre, a la 
simple autoridad de hecho emanada de una fuerza o 
dinamismo ajeno a la razón y a la libertad individua- 
les humanas, ha sido la larga y lenta labor de las so- 
ciedades políticas; ella ha dado por resultado, hasta 
hoy, la proclamación del recto principio de la sobe- 
ranía popular, cuya forma de ejercicio perfecto busca 
en vano la ciencia del derecho consti!ucional, que día 
a día se perfecciona con la educación cívica de los 
pueblos. 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Pues bien; esa misma labor, más larga y más lenta, 
pero no más sangrienta, porque no lo son más las gue- 
rras nacionales que las civiles, esa misma labor es la 
que sigue, al través de los tiempos, la sociedad interna- 
cional; ese mismo ideal de soberanía razonable eg el 
que persigue, sin lograr alcanzarlo, la ciencia del dere- 
cho de gentes; y eso es el ideal que hoy congrega a 
todos los miembros de la gran familia ibero-americana, 
en el congreso jurídico que en este acto se inaugura, 
para solemnizar el cuarto centenario del descubri- 
miento de América. 



Son esas ideas, persistentes en mi espíritu, las que 
han engendrado imágenes en este libro. Ese proceso 
de transformación de las ideas persistentes en imá- 
genes sólidas es de grande interés. Todo hombre tiene 
en sí mismo un poeta que muere niño generalmente; 
él se suele llevar las más claras de nuestras verdades. 

Suyas son las de derecho internacional de este ser* 
món de paz. 

Y todas lo son; hasta las golondrinas que vuelan 
de las torres; hasta las que salen del paisaje que tengo 
ante mis ojos, y al que volveremos a respirar aire de 
paz y caridad. 



[08] 



EPILOGO 



CAPITULO I 

CONTENTO... CONTINENCIA 
I 

Este italiano Guillermo Perrero, gran escritor, por 
cierLo, que leo en estos momentos a la sombra de mis 
ombúes, dice lo que yo ahora pienso y quiero decir, 
precisamente, como epílogo de este mi sermón de paz. 
y no hay por qué me esfuerce en expresarlo en forma 
distinta de la suya, pues no lo diría mejor, ni tan 
bien. Hay casos en que la misma discrepancia de opi- 
niones en ciertos detálles, suele hacer más penetrante 
la expresión de la común verdad. Y éste es uno de 
ellos; éste es el caso. 

Perrero se da a pensar sobre el fenómeno de la 

Alemania moderna, que, con sólo haber dejado correr 
la bola, según él dice, se hubiera hecho dueño del 
mundo, y que, por no dejarla correr, sólo por querer 
apresurar su hegemonía inminente, inevitable, lo pier- 
de todo, y cierra, quizá para siempre, la era germá- 
nica en el mundo, apenas comenzada. La romántica, 
la nuestia, continúa; abre un nuevo ciclo secular. iSe^ 
en buena hora! 

"¿Os ha ocurrido alguna vez, dice el ilustre italia- 
no, echaros a nadar mar adentro, sin tener delante un 

[09] 

10 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



punto al cual diri<2;iros, una barca, una boya, un es- 
collo?" 

"En tales circunstancias, corta uno el agua vigoro- 
samente con log brazos; pero le parece que no adelanta 
nunca uíi palmo; la línea del horizonte no se acerca. 
Para darse cuenta del camino andado, hay que volver 
de tiempo en tiempo la vista atrás, hacia la costa de 
donde se ha partido'\ 

"¡Cuánto mág agradable es, en cambio, nadar hacia 
un punto fijo! A cada brazada que se da, lo reanima 
a uno el ver cómo se acorta la distancia ; sabe adaptar 
su esfuerzo al fin que persigue, y, al llegar a la meta, 
puede descansar y volverse contento, como el que ha 
realizado cumplidamente su designio". 

"Este parangón demuestra la diferencia esencial en 
el modo de entender la vida y de vivir, en Europa y 
en América, antes y después de la revolución francesa. 
Las civilizaciones que precedieron a ese acontecimien- 
to, hasta la antiquísima civilización egipcia, o la greco- 
latina, o la cristiana de la Edad Media, trataban de 
ponei delante de los hombres el mayor número posi^ 
ble de metas, trataban de sembrar el mar de la vida 
de boyas, más o menos próximas o lejanas, A veces la 
tempestad arrancaba esas boyas, y entonces las gene- 
raciones se perdían en las revueltas olas . , . Pero r 
cuanto éstas se calmaban, los buzos volvían a bajar al 
seno de las aguas, para anclar nuevas boyas, Y eran 
muchos los que hacían este oficio de buzos, por tumo, 
o todos a un tiempo: la Religión, la Patria, la filosofía, 
el arte, la literatura, la tradición, la familia^'. 

"La civilización deV siglo XIX suprimió todos esos 
puntos fijos, diciendo que eran otras tantas trabas 
para la libertad del hombre, y puso frente a éste lo 
infinito'^ , , „ 



f 100] 



ENSAYOS 



"En efecto. ¿Que ea la doctrina moderna del pxo- 
greso, interpretado como él aumento indefinido de la 
riqueza y del poder, sino una marcha hacia lo infi- 
tiito, en la que no hay una meta definitiva, ni más lí- 
mite que el alcance de Jas fuerzas propias?^' 

"No hay riqueza ni poder tan grandes que no per- 
mitan imaginar una riqueza y un poder mayores; si 
el ideal y deber consisten en crear riquezas y poderes 
cada vez más grandes, nunca se llegará al término de 
esa escala. Se puede comprender así por que los hom- 
bres modernos están siempre descontentos... Cuanto 
más tienen, más desean. Se puede comprender también 
por qué los alemanes, que, en los últimos treinta años, 
habían tenido gloria, poder, prestigio y riqueza, en 
mayor medida que los demás pueblos, eran precisa- 
mente los más descontentos de todos, a tal punto que, 
para conseguir un poco más, se arruinaron a 9Í mis- 
mos, y con ellos a la Europa entera". 

"La civilización moderna es una civilización insa- 
ciable, que, como la loba del Dante, después de comer 
tiene más hambre. La inmensa catástrofe actual es la 
consecuencia de ese descontento. Y su iniciativa tenía 
que partir del pueblo que, en los últimos treinta años, 
se había mostrado siempre el más exigente de todos, 
justamente porque era el más favorecido de la suerte". 



II 

Descontento... incontento . . . incontinencia.., in- 
quietud. . . tristeza. • • guerra, . ^ 

El diablo es el ángel triste.,, eternamente triste; 
inextinguible envidia. El se entretiene en trazar las 
rayas negras entre las cosas. 



[101] 



JVAn ZORRILLA DE SAN MARTIN 



La felicidad es contento o continencia, alegría, 
quietud, reposo, caridad. 

Paz, turbulento espíritu, dice Hamlet a la sombra 
subterránea. La sombra es la venganza, hambre del 
mal. 

Perrero, como se ve, si bien imputa a Alemania el 
ser la causa del desasiré, considera sus ambiciones 

como causa sólo inmediata, actual No podemos bus- 
car otras, si bien se mira, en resumidas cuentas, para 
fundar las sentencias de la historia. A medida que 
las causas son más remotas, aparece mayor el número 
de culpables; llegaríamos al pecado oríginaL de que 
todos participamos, y al primer homicidio. 

Pero aún dentro de las causas inmediatas, la del 
actual desastre no ha sido, para Ferrero, la ambición 
alemana, sino la civilización moderna, la revolución 
francesa, mejor dicho. Eso pudiera ser aceptado, en mi 
concepto, si esa tendencia a la riqueza, al poder, a la 
dominación, que el historiador italiano atribuye a Ale- 
mania, fuera característica de la edad que comienza 
con la revolución contemporánea, y si ésta no hubiera 
tenido por causas otras incontinencias de los grandes; 
pero nadie sabe mejor que él, él, que nos ha hecho 
meditar sobre ja Grandeza y Decadencia de Roma, 
que no es ése el hecho. El hambre dantesca ha ase- 
diado siempre a las naciones muy grandes, lo mismo 
a las modernas que a las antiguas. Fue el cardenal 
Ríchelieu quien más contribuyó, para abatir al Austria 
y conquistar la hegemonía francesa, a levantar el pe- 
queño reino protestante de Prusia, que tantos dolores 
de cabeza nos ha dado. Lo que acaso pudiera afir- 
marse es que esa enfermedad ha atacado siempre, hoy 
como ayer, a esas personas: a los conglomerados, for- 
mados por el dios Pan, que son materia, más que a las 



[ 102] 



ENSAYOS 



unidades, que son espíritu, verbo, y regulan la histo- 
ria. Fue la pequeña Grecia, por eso, por ser un espí- 
ritu, una dignidad^ y por no aspirar a otra cosa que 
a conservarla, la que, en los tiempos antiguos, antes 
de que Alejandro la hiciera conquistadora, detuvo y 
quebrantó la barbarie asiática, la de los Jerjes y demás 
deíormes entes dañinos, y levantó sus monunienlos: 
Aristóteles, Esquilo, el Parthenón. 

Y ha sido Bélgica, en la época moderna, la que se 
ha ofrecido como el tipo de majestad de una nación 
soberana: patria-almaj unidad moral antes que econó- 
mica. 

Enlre tus necesidades ¡oh liombre! está la de una 
patria a quien amar y servir. Disminuir tus necesi- 
dades es llenar tu bolsa. Cuanto más limites material- 
mente y más concretes y hagas sensible el objeto de 
ese amor, tanto mejor podrás satisfacerlo. Y será más 
puro y generoso. Pon tu boya accesible, ¡oh nadador 
que nadas en el tiempo hacia la eternidad! 

Es bien recordemos aquí, ante todo y sobre todo, 
que la ambición colectiva, vicio del alma nacional, es, 
en resumidas cuentas, la resultante y acción recíproca 
de las soberbias individuales.El nadador hombre ha 
de tener una meta en la vida, y ella no es otra que la 
muerte, la última boya; tener ésta a la vista, y hallar 
en ella el objeto o término del esfuerzo, es la fuente 
suprema de energías. Si la muerte es lo infinito en 
sentido de "Nada" o infinito negativo, el hombre na- 
dador está perdido; si lo es en el de "Todo^* o infi- 
nito esencial, sustancial, afirmativo, el nadador es más 
grande y más fuerte que el mar; éste se achica a me- 
dida que aquel punto se agranda* 

También son nadadores las naciones, y han de tener 
una meta, una boya, es decir, una cosa fuera de sí 



[1031 



JUAN ZOKRILLA DE SAN MARTIN 



mismas a que dirigir su esfuerzo. Si la tienen dentro 
de gí mismas, como lo supone Hegel, por ejemplo, el 
dios-estado, ese nadador sin punto de llegada se hun- 
dirá en su propia extensión oscura, en su descontento 
o incontinencia. Si, por el contrario, tienen como meta 
o boya la felicidad del hombre, como es razón, enton- 
ees el Estado, la Patria terrena, que no es inmortal, 
que vive en el tiempo, participa de la inmortalidad 
del hombre; es grande y noble como un hombre. No 
puede serlo más. La dignidad de la Patria no es otra 
cosa que la virtud de sus hijos; la felicidad de éstos^ 
uno por uno, es su felicidad, su objeto. 

Así sólo se concibe que el hombre muera por la 
vida de la Patria: porque la Patria vive en él y por 
él. Así el hombre, al amar a su Patria, ama su propia 
dignidad, medida por su inmortal destino. No es por 
eso egoísta; obedece a la ley universal. Y la seguridad 
y la dignidad de las naciones, la paz, está también en 
eso: en la igualdad de especie y de destino; en tener 
como objeto de sus funciones la felicidad del hombre 
en concreto; no el aumento de poder y de riqueza del 
conjunto, como entidad abstracta, que deja de ser be- 
néfica, al dejar de ser humana, sin ser divina; al ser 
el núcleo de rotación de esos egoísmos colectivos que 
de todo tienen menos de sentimiento patrio. Este ha 
de ser, para ser virtud, amor al hombre que nos acom- 
paña, por amor de Dios. Si no; si el amor a la Patria 
no es amor al compatriota^ ¿qué es? Si no amas a tu 
hermano a quien ves, dice San Pablo, ¿cómo puedes 
amar a Dios, a quien no ves? 



1104] 



ENSAYOS 



III 

Con ese objeto he escrito yo estas páginas, que, 
como las golondrinas de lag torres, han salido de mi 
casa dada de cal y con su tejado rojo español; con ese 
fin he hecho conocer mi tierra de colinas melodiosas, 
y ofrecido en ella la más grande de las patrias, porque 
es la sola del tamaño de mi corazón* 

Es mi boya, anclada en el horizonte, entre el cielo 
Y la tierra» Nado hacia ella, hacia la gloria y felicidad 
de este pedazo del planeta que Dios me ha dado para 
servir, es decir, para servirlo a El y a mis semejantes 
en le tierra. No tengo ni deseo otra cosa; siento que 
hay en ella bastante para satisfacer mi necesidad de 
llegar a un punto fijo en que descanse: el que ha de 
sobrevivirme en la tierra que será la de mis nietos. 
No es necesario, para ello, ni es parte integrante del 
patriotismo, el creer que todo es grande y bueno en 
la tierra que Dios nos dio con tal objeto. Se puede 
ser buen patriota, sin tener las flaquezas de la Patria, 
como ser buen hijo, sin las enfermedades de la madre. 
¡Oh, el amor a la madre enferma! ]Ser sano para 
ella! 

No dejo de advertir, cuando esto digo, que acaso 
pudiera ser notado de mística en este mi discurso o 
sennón; lo suelen ser, muy a menudo, las meditacio- 
nes de esta índole. No es cosa que me contrarié, a la 
verdad; antes me sirve y da ocasión de entrar en mis 
moradas interiores. Pero no estará demás fíjar el recto 
sentido de ese vocablo: misticismo. Para el hombre 
puramente material, si tal hombre existe, que no lo 
creo, todo aquel que rinde culto ostensible a Dios es 
un místico; lo es el que cuenta con su Providencia y 
la invoca. Pero desde ese primer acto de religión na- 



[105] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



tural basta el amoij no sólo reverencial sino pasional, 
a la Belleza Personal de Dios, que es lo que se llama 
propiamente misticismo; desde el simple buen cris- 
tiano hasta Santa Teresa de Jesús^ por ejemplo, los 
grados intermedios no tienen cuento. 

En alguno de ellos pudieran caber, efectivamente, 
estas lecturas, y tener, por lo tanto, algo de místicas, 
es decir, de inspiradas en un ideal de belleza y perfec- 
ción, cual no puede concebirse más alto; en una pa- 
sión que aniquile todas las facultades o potencias, y 
que concentre en un solo objeto, de fuerza atractiva 
irresistible, todas las humanas energías. Eso puede 
llamarse también idealismo, poesía, belleza esencial, 
vida espiritual... ¡qiré sé yo! No sé si tiene un 
nombre. 

Pudiera también llamarse fe, es decir, ciencia en el 
más puro,, y neto, y práctico de sus sentidos. La cieai- 
cia busca la verdad; pero sólo la fe la posee. Es la 
ciencia experimental de Dios. Querer creer es condi- 
ción necesaria de creer; asi lo enseña San Agustín. 
Pero no basta querer, y mucho menos razonar, para 
poseer la verdad, o, mejor dicho, ser poseído por ella. 
No es esto tampoco "esforzarse en creer que se cree", 
como dice Carlyle, sino creer sin esfuerzo, sin más 
preparación que la humildad racional del hombre ante 
Dios: el pedido aquel del ciego de Jericó: Señor, haz 
que vea. La libre voluntad de entregar a Dios la vo- 
luntad, es la libertad y la dignidad absolutas. "Creo, 
dijo el otro ciego a Jesús; ayuda Tú mi incredulidad", 

"La fe hace bien en no razonar, dice Ramón y Ca- 
jal; ea sentimiento, y no lógica; es amor que crea, y 
no análisis que destruye. Muchos lo han dicho: la crí- 
tica excluye la creencia, porque creer es casi lo con- 
trario de pensar". 



[106] 



£NS AYO S 



Algo de eso dice Santa Teresa, más sabia, en la ma- 
teria, que Ramón y Cajal; pero con una gran diferen- 
cia: la fe no es, para ella, sentimiento propiamente, 
ni lo contrario de pensar; es el "pensar profundo" 
que dice el poeta, el pensar profundísimo, insondable, 
presencia de Dios en lo interior, en lo superior, en lo 
inexplorado del alma, La vida sobrenatural alienta en 
ese remoto silencio: silencio de los sentidos corpora- 
les, en la voluntad o apetito racional que sigue a loa 
actos de la inteligencia, en el pensamiento, sobre todo. 
Se abandona la casa o la morada al huésped que apa- 
rece a deshora, que habla sin palabras, o con palabras 
hechas para nuestros oidos interiores. . . 

La ciencia comienza en un punto de interrogación, 
y termina en un punto de interrogación, ha dicho uno. 
"Produce verdadero terror, dice otro maestro de bio- 
logía química, produce verdadero terror la cantidad 
de sensaciones, de procesos conmemorativos y tróficos 
que intervienen en la formación de la conciencia; la 
complejidad de elementos imponderables o innumera- 
bles que constituyen el yo". 

¡Terror! Es la garra del abismo, efectivamente. 
Santa Teresa sentía ese pánico, y por eso la llamaron 
alucinada: porque veía con los ojos interiores, y oía 
las hablas inverosímiles. Y nadie duda de que hizo 
obra buena. Pero el terror es en ella adoración, arre- 
bato, evidencia de amor, porque ella ve, en d fondo 
del abismo, no a la esfinge sino a Cristo, con sus gran- 
des ojos invisibles puestos en ella; no un punto sar- 
cástico de interrogación, sino una adorable certeza, 
visión intelectual, cuya realidad objetiva verifica o 
comprueba en sí misma, en su paz y alegría interiores, 
en su conducta, en su bien obrar, sobre todo. La bio- 
logía no engendra santos, a decir verdad. Los santos, 



[107] 



JUAN ZOBHILLA DE SAN MARTIN 



en canibio, son los solos sabios de la vida, los solos 
experimentales, lo que se llama experimental. Ellos no 
nos demuestran, pero nos muestran, en sí mismos, 
cómo conviven las dos sustancias inseparables que 
forman el Yo; nos ofrecen el solo reactivo para ana- 
lizar esa doble sustancia, el compuesto humano^ y, so- 
bre todo, las sustanciag espirituales que, unidas a él, 
influyen en sus operaciones. Es ese reactivo, ese preci* 
pitado^ llamémosle asi, la conducta, el único que disi- 
pa, en aquella vela navegante en el arcano llevada por 
el amor, las dudas angustiosas que la asaltan sobre la 
naturaleza del espíritu que anda en el suyo, cuando^ 
sintiéndose arrebatada, no sabe a ciencia cierta si es 
Dios o el demonio quien la lleva, ni adónde« Porque 
ella no cree en aquello de que "el diablo es un asno*', 
que dice el adagio inglés; ella sabe que de todo tiene 
menos de asno ese sagaz espíritu y sutilísimo; que no 
son las cualidades del asno las que lo distinguen. Ja- 
más las tiene todas consigo, la santa insigne; pero 
sabe que el diabio es la eterna inquietud, la honda 
tristeza, y reconoce a Dios en su propio sosiego, en la 
alegría de sus entrañas armoniosas, en su propia cari- 
dad, en su caridad, sobre todo. Esta es en ella, no sólo 
estática contemplación, sino acción pujante, iniciativa 
inteligente, amor al prójimo, deseo de sen irlo, de ha- 
cerlo feliz. Ella no cree, como algunos, que sembrar 
dudas e inquietudes sea buena obra, si ya no es con 
la promesa y como medio de recoger certezas serenas 
lo más pronto posible. Sembrar desasosiegos para co- 
sechar desasosiegos no es trabajo muy útil, que diga- 
mos, efectivamente. El que tiene algo que decimos 
porque está seguro de algo que ha visto, díganoslo, 
bien o mal, en buena hora, incítenos a verlo racional- 
mente; pero el que no tiene una certeza, ni siquiera 



[108] 



ENSAYOS 



la espera, nada tiene que decirnos que valga la pena, 
y es mejor que se calle la boca; que guarde para si 
sus dudas o incertidumbres basta tanto no pasen al 
estado de cosas claras y discretas. Nada más común 
que los hombres que no saben nada y se dedican a 
enseñar. El hombre vive de creer en algo, dice Carlyle, 
no de argumentaciones y de discurrir sobre infinitas 
cosas. Las luces de artificio apagan la luna y las es- 
trellas. No ha visto el Alfa del Centauro quien no la 
ha visto en una noche serena, en las colinas o en la 
pampa. 

El hombre pagano divinizaba las cosas; él mismo 
se adoraba en ellas. Para nosotros, los que formamos 
la cristiandad, las cosas no son adorables sino ado- 
rantes. Y nosotros entre ellas; nosotros, el hombre, la 
mujer, la cosa más perfecta del Universo, en la que 
todas las demás, las flores y las estrellas, piensan, 
aman, vuelan, cantan su canto de alabanza. Y, con no- 
sotros, las patrias que formamos, y que somos nosotros 
mismos: los hombres, las mujeres. 

Es la ley de amor, que refiere toda nuestra vida, la 
afectiva sobre todo, la pasional, a un principio de uni- 
dad: amor divino, efectivamente, vida mística, si asi 
quiere llamársele, belleza suprema que nos mira en el 
dia y en la noche; armoniosa dignidad. Es la boya 
hacia la que el alma va nadando, y que nos acerca al 
término del esfuerzo, con tanta mayor rapidez, cuanto 
con mayor precisión la vemos, con mayor intensidad» 
La espiritualización de nuestro cuerpo, la muerte, será 
una revelación, no cabe duda, una aparición, que ama- 
remos libre y necesariamente, cuando la veamos le* 
yantarse en el último horizonte. . , Entretanto, mien- 
tras ella no se levanta, nos basta con presentirla, con 
mirarla de vez en cuando, con ver de identificarla^ 



E109] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



de no confundirla en la infinita niebla, con saber que 
lo invisible presente está allí, aunque el rayo de sol 
que esperamos no acabe de alumbrarla. 

Nadamos, pues, hacia allá, pero buscando las boyas 
intermedias. Con sólo no apartarse de la dirección ha- 
cia la final, éstas tendrán también algo de divino, algo 
de místico. Todos lo somos, pues, más o menos; todos 
somos místicos, los que sentimos el movimiento de as- 
censión hacia la belleza, y la vemos a nuestro lado, 
en la tierra en que nacimos, en la Patria habitada por 
los espíritus sonoros» 



[110] 



CAPITULO II 



PUESTA DE SOL 
I 

El paisaje que estoy mirando en este momento desde 
mi casona de Punta Brava, y en el que creo ver con- 
centrado el universo, está bañado de la luz de esa di- 
vina ley. Una gaviota blanca, adorante, que parece 
inmensa, se acerca por el aire y me abre las alas sin 
recelo» Ese buen pájaro no ve en mí, como en loa mu- 
chaoho9 que' liran piedras» un enemigo fuerte; casi 
estoy por creer que se da cuenta de que soy su compa- 
triota. Es el espíritu, que, como las golondrinas de las 
torres, brota del río, cual si éste ecbara a volar. ¡Ama- 
ble pájaro simbólico, dios del aire, divino Ibis!... 

No es esto decir que este paisaje sea invariable, 
por supuesto, y que todos mis días de Pu.nta Brava 
(por algo se llama a$il sean tibios y apacibles; los 
suele haber de viento y de frío, y de chubascos. Los 
vientos del Sur, que vienen de lejos, del Cabo de Hor- 
nos quizá, persiguiendo hasta la cosía el rebaño, presa 
de pánico, de las grandes olas, son a veces implaca* 
bles; andan por el aire gritando, como dioses noisos 
conquistadores. Y cuando da en soplar el Pampero, 
viento del Oeste que nos llega al ras del Plata, desde 
las Pampas o llanuras andinas, el tiempo no es apa- 
cible; pierden las gaviotas su equilibrio o divina eu- 
ritmia, y los pájaros dispersos buscan abrigo en los 



[111] 



JUAN ZORRILI^ BE SAN MARTIN 



aleros, caUados o dando chirridos; los árboles pasan 
sus largas horas de desamparo, y yo pienso en ellos, 
cuando despierto de noche, y oigo al huracán, remoto 
o próximo, que anda en el aire. 

Pero^ sobre ser el caso poco frecuente, esos mismos 
vientos pamperos^ como que los conocemos desde ni- 
ños, son menos desaforados para nosotros que para 
los extraños; están en su casa, y hasta tienen algo de 
los amigos importunos o pesados, que se echan de 
menos cuando dejamos de verlos algún tiempo; son 
nuestros pamperos. Ellos nos sirven, por otra parte, 
para apreciar mejor, y gozar con mayor gratitud, de 
las mañanas y lardes de bendición, llamémosles místi- 
cas, que son allí constantes: los aguaceros seguidos de 
sol, con su Arco-Iris del uno al otro horizonte; los 
ponientes gloriosos, con sus nubes en forma de lagarto 
o de palomas dispersas, sus procesiones de arcángeles 
dorados, y sm remotas ciudades caminantes, llenas de 
cúpulas, en el divino silencio . . . 

II 

Una de esas tardes era la de ayer, precisamente, y 
mejor no pudo elegirla, para visitarme en mi rústica 
heredad, un buen amigo mío, hombre de bien a carta 
cabal, persona acaudalada, y de más que mediano en- 
tendimiento. Me encontró solo, trabajando a más tra- 
bajar con el rastrillo. Los árboles estaban alegres, y 
las enredaderas no habían cerrado los ojos azules to- 
davía entre las hojas; mi torre parecía de mármol, y 
el rio de esmalte azul; la cúpula del cielo estaba recién 
dorada por los artistas diáfanos. 

Mostraba yo envanecido todo lo mío, todas aque- 
llas cosas, a mi amigo; mis árboles, mi pedazo det 



[ 112] 



ENSAYOS 



mar, la última porción de sol de aquel día, que me 
quedaba en las paredes de la torre. Y él, después de 
mirar a su alrededor, a lo lejos, hacia arriba, me miró 
a mi, como si hubiera descubierto un secreto que yo 
guardaba, el de mi caudal; me miró riendo, con aire 
de parabienes. ¡Cómo habrán subido ahora de precio 
estos terrenos! rae dijo, por íin; éste es ya un buen 
lote. Pero es preciso adquirir ese solar de al lado, 
para tener mayor frente sobre la rambla... ¿Cuánto 
vale ahora el metro por acá? 

¡Cómo vuelan! decía Bernardino de Saint Fierre, . . 
¡El metro! ¿Pero acaso esto tiene metros, Dios mío? 
¿Es esto realmente un lotey que haya de completarse 
quitando el suyo al vecino? Nada de todo esto es mío, 
pues, desde que tiene precio; nada de esto; lo mío no 
tiene precio . . , Aquel ingroto amigo no había estado 
observando, como yo lo creía, ni el ombú que estaba 
a su lado, con el último toque de sol gratuito, ni el 
horizonte de cobre enrojecido, ni siquiera el mar; ha- 
bía advertido que por allí se había hecho, no por 
culpa mía, ciertamente, una rambla o avenida alqui- 
tranada^ por la que corría, a todo correr, un carruaje 
automóvil, entre una nube de bencina. Y que no tenía 
más objeto que el de adelantarse a otro carruaje, que, 
a su vez, sólo corría por correr, desaforado. 

Y allí, junto a nosotros, tocándonos la cara con las 
ramas, estaba un peral lleno de peras maduras, en 
forma de campana, que parecían naranjas, por la luz 
del sol poniente. Ei árbol, plantado por mí, uno de mis 
predilectos, me miró con la expresión de un inofen- 
sivo animal salvaje acabado de atrapar; me miró como 
si hubiera oído un disparo. Que también los árboles 
sienten el pánico, si los observamos. En poco estuvo 
no lo experimentara yD-'raismD; sentí, cuando menoB, 



[113] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



algo como el eíecto de una amenaza a mis ombúes sin 
valor, a mi casa de poco precio, guardada sólo por un 
perro compañero de mis nietos, a la puerta de log 
abuelos, de débil cerradura. Hubiera querido esconder 
todo aquello, ponerlo a salvo en otra parte, en otro 
rincón de mi tierra, con sus horizontes y sus gaviotas. 

¡Oh las naciones grandes, las confederaciones fuer- 
tes, hijas del dios Pan, el que infunde los pánicos! 

También las grandes fortunas de los hombres se 
forman así: por la conglomeración de las chicas ani- 
quiladas» Y así se amasan los patrimonios suntuosos, 
donde no se pone el sol, y donde no se goza de la no- 
che estrellada, Y así nacen las grandes ciudades, con 
sus palacios impersonales, que desalojan a las bellas 
torrecillas dadas de cal, en que viven las alegrías, y 
anidan las caridades, las continencias, la resignación 
y la paz. 

Y los hombres se enorgullecen de las ciudades, de 
las patrias armipotentes, grandes lotes de muchos me- 
tros, de mucho valor venal, y de mucho humo de ben- 
cina y de pólvora. 

No hay paz para el soberbio, dice el libro sanio. La 
paz es una entidad del orden moral, superior al jurí- 
dico. La quietud, el descanso, el silencio, la riqueza, 
el placer, son cosas del orden material. No está en 
ellos la paz* No te basta con tenderte en la cama para 
estar en paz; ni siquiera en el sepulcro. El descanso, 
el silencio, el mismo sueño, el último inclusive, serán 
enemigos que le inquietarán. La paz es una actividad. 
Si quieres ser feliz, procura ser hoy un poco mejor 
que ayer; aprende a estar contento, alegre; goza sólo 
de aquello que estés seguro que te viene de la mano de 
Dios, y así hallarás el goce, aun en el dolon Y hallarás 
paz en el soñar de la vida, y en el de ]a muerte. 



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ENSAYOS 



Yo luv(i que recibir, sin enibargü. los parabienes de 
mi buen amigo, porque eran bien intencionados. Esto 
libro ha nacido de su visita. Y, como suele salir un 
fiájaio cantando de entre las yedras que envuelven un 
viejo muro, el niño de sesenta años que tengo en el 
corazón, y que en este libro ha pensado, o cantado, o 
dicho místicas ingenuidades, salió de entre las ho- 
jas... Sí, contesté a mi amigo tristemente, mirando 
el mar; efectivamente, deben de haber subido mucho 
de precio estos terrenos. . , ¡qué le hemo? de hacer! . . . 

Y el mar me miraba. . . 

Y yo miraba largamente el mar. y sentía el silencio 
de mis mares interiores. 



11 



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VOLUMENES PUBLICADOS 



1. — Carlos María Ramírt^z: Aktigas 
2 — Carlos Vaz Ferreira: Fiírmentario. 

3. — Carlos Reyles: El Terruño y Primitivo 

4. — Eduardo Acevedo Díaz: Ismael. 

5. — Carlos Vaz Ferreira: Sorre los mopLrMAs socialks. 

6. — Carlos Vaz Ferreira. Sobre la propiedad üe la tierra. 

7 — José María Reyes: Descripción geográfica del terri- 
torio DE la República O. del ÜRUtiUAY. (Tomo I) 

8. — José María Reyes: Descripción geográfica del tfrri- 

TORio DE la Repúbiica O. DEL Urucuay. (Tomo ID- 

9. — Francisco Bauza " Estudios literarios. 

10. — Sansón Carrasco: Artículos. 

11. — Francisco Bauzá: Estitdios constitucionalT'.s 

12. — José P. Massera: Estudios filosómcos, 
IJ. — EJ Viejo Pancho: Paja brava, 

14. — José Pedro BeUan: Doñarramona. 

15. — Eduardo Acevedo Díaz: Soledad y Ei. coivihati? pjí 

la tapera, 

16. — Alvaro Armando Vasscur: Todos los cantos, 

17. — Manuel Bernárdez- Nahr aciones. 

IS. — Juan Zorrilla de San Martín* Tajíari: 

19. — Javier de Vjaiia Gaucha. 

20. — María Eugenia Vaz Ferreira; La isla he los lánticos.